Fíjate que el problema ya no es que discrepes conmigo, sino el tono desde el que lo haces.
Yo estaba hablando de conceptos históricos y lingüísticos, y tú has terminado haciendo valoraciones personales sobre mi capacidad intelectual, mi forma de pensar y hasta mi visión del mundo. Eso no es debatir; es colocarte en una posición donde pareces repartir carnets de quién entiende “la verdad” y quién no.
Y sinceramente, esa forma de discutir resulta bastante dogmática. Porque da la sensación de que no concibes el debate como un intercambio de ideas, sino como una especie de lección magistral donde cualquiera que no comparta tus conclusiones pasa automáticamente a ser tibio, ignorante o intelectualmente inferior.
Además, tus comentarios están profundamente cargados de una visión ideológica muy concreta, lo cual es totalmente legítimo. El problema aparece cuando esa visión se presenta como si fuese una verdad absoluta e incuestionable, y cualquier discrepancia se interpreta casi como un defecto moral o intelectual del interlocutor.
La cuestión es: ¿realmente se puede debatir con alguien que parte de la idea de que ya posee la verdad definitiva y que responde desacreditando personalmente a quien no le da la razón?
Porque una cosa es defender una postura con firmeza, y otra muy distinta convertir cualquier diferencia de opinión en una demostración de ignorancia ajena.