Y U M A N
Shurmano
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El otro día fui a comprar ropa con mi mujer al Corte Inglés. Paseando por la sección de recién nacidos empezamos a mirar mini ropitas para el bebé. Madre mía. Hay más tejido en una servilleta que en esos bodies enanos.
Cuatro bodies por seis euros. No me extraña, me caben en la palma de la mano.
Seguimos paseando, hasta que de repente me fijo en un niño probándose un abrigo. No le di mucha importancia al principio, pero se estaba mirando mucho en el espejo.
Miraba el corte de la manga. El estilo. Cómo le colgaba por detrás...
Me vino a la mente que cuando yo era niño, odiaba probarme ropa. Y como mucho, si me miraba en el espejo, era para ver simplemente si lo que me había puesto me quedaba chulo, nada más.
Pero ese niño... era conocedor de muchas cosas. Yo, a esa edad, no me fijaba en cómo me colgaba una chaqueta por detrás, ni si cerraba bien o mal…
Seguimos comprando, y a medida que me fui acercando al niño, me doy cuenta de algo que me sorprende.
Era una mujer.
Joder, sí, era una mujer. Pero no me extraña haberme confundido. No llegaba ni al metro treinta. Me llegaba a la altura del ombligo. Un puto hobbit.
Primero me hizo gracia la comparación. Pero al momento la miré más fijamente.
Su pelo era horrible. Su cara… fea como un carlino. No creo que fuera discapacitada. Tenía la mirada de alguien con mucha sabiduría. Pero fea de cojones.
Sin embargo, sonreía viendo cómo la chaqueta de niño talla XS le quedaba bien. Sonreía al espejo. Y, aun siendo fea, la vi bonita.
Se sonreía a sí misma. Como quien nunca ha recibido una sonrisa.
Y en ese momento me dio lástima. Sin conocerla, sin entenderla. No me la imagino con nadie.
No me la imagino con marido. Más bien como la típica señora solitaria, con pocos amigos, que vive sola, sin mascotas, en un pisito, y que curra en alguna fábrica.
Empecé a imaginarme su vida. Infancia, adolescencia, adultez, vejez...
Ella seguía mirándose una y otra vez. No exagero si digo que estuvo veinte minutos con la misma chaqueta. Probando diferentes tallas. Delante del mismo espejo.
En un momento, su cara dejó de sonreír. Como si se diera cuenta de algo que solo ella sabía. Entonces se quitó la chaqueta, la plegó y la dejó con pesar encima de las estanterías. Y se fue.
Ya no tenía sonrisa. Tenía su cara natural. El rostro de alguien resignado.
Me dio mucha lástima. No sabría decir exactamente por qué.
¿Os ha pasado?
Cuatro bodies por seis euros. No me extraña, me caben en la palma de la mano.
Seguimos paseando, hasta que de repente me fijo en un niño probándose un abrigo. No le di mucha importancia al principio, pero se estaba mirando mucho en el espejo.
Miraba el corte de la manga. El estilo. Cómo le colgaba por detrás...
Me vino a la mente que cuando yo era niño, odiaba probarme ropa. Y como mucho, si me miraba en el espejo, era para ver simplemente si lo que me había puesto me quedaba chulo, nada más.
Pero ese niño... era conocedor de muchas cosas. Yo, a esa edad, no me fijaba en cómo me colgaba una chaqueta por detrás, ni si cerraba bien o mal…
Seguimos comprando, y a medida que me fui acercando al niño, me doy cuenta de algo que me sorprende.
Era una mujer.
Joder, sí, era una mujer. Pero no me extraña haberme confundido. No llegaba ni al metro treinta. Me llegaba a la altura del ombligo. Un puto hobbit.
Primero me hizo gracia la comparación. Pero al momento la miré más fijamente.
Su pelo era horrible. Su cara… fea como un carlino. No creo que fuera discapacitada. Tenía la mirada de alguien con mucha sabiduría. Pero fea de cojones.
Sin embargo, sonreía viendo cómo la chaqueta de niño talla XS le quedaba bien. Sonreía al espejo. Y, aun siendo fea, la vi bonita.
Se sonreía a sí misma. Como quien nunca ha recibido una sonrisa.
Y en ese momento me dio lástima. Sin conocerla, sin entenderla. No me la imagino con nadie.
No me la imagino con marido. Más bien como la típica señora solitaria, con pocos amigos, que vive sola, sin mascotas, en un pisito, y que curra en alguna fábrica.
Empecé a imaginarme su vida. Infancia, adolescencia, adultez, vejez...
Ella seguía mirándose una y otra vez. No exagero si digo que estuvo veinte minutos con la misma chaqueta. Probando diferentes tallas. Delante del mismo espejo.
En un momento, su cara dejó de sonreír. Como si se diera cuenta de algo que solo ella sabía. Entonces se quitó la chaqueta, la plegó y la dejó con pesar encima de las estanterías. Y se fue.
Ya no tenía sonrisa. Tenía su cara natural. El rostro de alguien resignado.
Me dio mucha lástima. No sabría decir exactamente por qué.
¿Os ha pasado?

