INVICTO
Shurmano Dios
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Van a ingresar a mi abuelo en un centro, lejos de casa, y desde entonces tengo la sensación de que algo en mí también se está quedando atrás. Como si cada kilómetro hasta ese lugar fuera un recordatorio de que el tiempo no perdona ni a los más fuertes.
Y él lo era.
Un hombre de los de antes, de los que se hicieron con las manos, a base de polvo, barro y madrugones. De los que imponían respeto sin abrir la boca. Construyó su hogar, el nuestro, partiendo prácticamente de la nada, y ese hogar se convirtió en la columna vertebral de todo lo que fuimos.
Hoy me descubro caminando por esa casa —su casa— como quien recorre un santuario en ruinas. El garaje donde guardo mis herramientas y cosas de mi pequeña empresa es el único sitio que todavía siento vivo: huele a trabajo, a los sonidos de mi infancia, a mi abuela llamando por la ventana, a mi abuelo afilando algo o limpiando otra cosa “por si acaso”.
Ese lugar me habla. Aunque sea en silencio.
Y justo ahora, cuando más duele ver que mi abuelo ya apenas está, cuando aún llevo dentro la ausencia de mi abuela como una piedra que no se desgasta, aparece la conversación maldita: vender la casa.
Sacar 800k. ( o eso cree mi padre y mi tío)
Convertir toda una vida de esfuerzo en una cifra, en un trato rápido.
Reducir dos vidas enteras —dos luchadores, dos supervivientes— a una única palabra: venta.
Y yo no puedo.
No puedo reunir ese dinero, no puedo impedirlo solo, y mi hermano —once años más joven— no ve esa casa como la veo yo. No la vivió igual, no le duele igual. Para él son paredes; para mí son raíces. Es la última habitación donde aún queda algo de todos nosotros.
No sé qué siento exactamente.
No sé si es melancolía, decepción, rabia o las tres cosas juntas, mezcladas con el miedo a que lo que queda de mi familia desaparezca en silencio, sin siquiera dejar un eco.
Porque si vendemos esa casa…
¿qué queda?
¿Dónde se guarda el esfuerzo, la memoria, la historia?
¿En qué rincón se refugia todo eso cuando las paredes que lo sostienen se van?
Solo sé que me duele.
Me duele más de lo que soy capaz de explicar sin romperme un poco por dentro.
No sé si soy yo un poco dramas o para mi son ambos demasiado importantes y los recuerdos de la casa junto a ellos y pensar que todo eso se va a peder...pese a yo ya tener mi mujer, hijo, mi lugar, etc... pero esto me supera, he pasado gran parte de mi infancia con mi abuela ( en paz descanse ) y del "AVI" que rezo porque dure mucho encerrado en esa mierda de sitio, aún que su estado no dé para mucho más la verdad...) Y otra cosa que me jode hasta no poder más es ver a mi padre y mi tío "encantados" sin remordimiento alguno, como deseando de que llegue esa puta venta y que nada más importe...no sé donde cojones meterme ni qué hacer...
Y él lo era.
Un hombre de los de antes, de los que se hicieron con las manos, a base de polvo, barro y madrugones. De los que imponían respeto sin abrir la boca. Construyó su hogar, el nuestro, partiendo prácticamente de la nada, y ese hogar se convirtió en la columna vertebral de todo lo que fuimos.
Hoy me descubro caminando por esa casa —su casa— como quien recorre un santuario en ruinas. El garaje donde guardo mis herramientas y cosas de mi pequeña empresa es el único sitio que todavía siento vivo: huele a trabajo, a los sonidos de mi infancia, a mi abuela llamando por la ventana, a mi abuelo afilando algo o limpiando otra cosa “por si acaso”.
Ese lugar me habla. Aunque sea en silencio.
Y justo ahora, cuando más duele ver que mi abuelo ya apenas está, cuando aún llevo dentro la ausencia de mi abuela como una piedra que no se desgasta, aparece la conversación maldita: vender la casa.
Sacar 800k. ( o eso cree mi padre y mi tío)
Convertir toda una vida de esfuerzo en una cifra, en un trato rápido.
Reducir dos vidas enteras —dos luchadores, dos supervivientes— a una única palabra: venta.
Y yo no puedo.
No puedo reunir ese dinero, no puedo impedirlo solo, y mi hermano —once años más joven— no ve esa casa como la veo yo. No la vivió igual, no le duele igual. Para él son paredes; para mí son raíces. Es la última habitación donde aún queda algo de todos nosotros.
No sé qué siento exactamente.
No sé si es melancolía, decepción, rabia o las tres cosas juntas, mezcladas con el miedo a que lo que queda de mi familia desaparezca en silencio, sin siquiera dejar un eco.
Porque si vendemos esa casa…
¿qué queda?
¿Dónde se guarda el esfuerzo, la memoria, la historia?
¿En qué rincón se refugia todo eso cuando las paredes que lo sostienen se van?
Solo sé que me duele.
Me duele más de lo que soy capaz de explicar sin romperme un poco por dentro.
No sé si soy yo un poco dramas o para mi son ambos demasiado importantes y los recuerdos de la casa junto a ellos y pensar que todo eso se va a peder...pese a yo ya tener mi mujer, hijo, mi lugar, etc... pero esto me supera, he pasado gran parte de mi infancia con mi abuela ( en paz descanse ) y del "AVI" que rezo porque dure mucho encerrado en esa mierda de sitio, aún que su estado no dé para mucho más la verdad...) Y otra cosa que me jode hasta no poder más es ver a mi padre y mi tío "encantados" sin remordimiento alguno, como deseando de que llegue esa puta venta y que nada más importe...no sé donde cojones meterme ni qué hacer...
