Lectura Relatos de terror. En 100 palabras.

Había sido un día de trabajo duro. Marisa tenía un nivel de estrés inaceptable y decidió darse un baño relajante. Puso velitas por todo el baño, llenó la bañera con agua muy caliente y echó una bola de espuma. Desnuda se metió en la bañera donde pasó algo más de media hora. Ya relajada salió y enchufó el secador. Puso la velocidad y la temperatura, pero no funcionaba. Apretó el enchufe y seguía sin funcionar, fue probando todas las posiciones posibles de los botones sin éxito. Notaba como una vena se le hinchaba en la frente y empezó a golpear el secador contra el lavabo de forma cada vez más violenta. Y se encendió, pero al revés, succionó su pelo y empezó a arder, no podía apagarlo, ni podía soltar el pelo que se metía más adentro y con la cabeza ya pegada a las resistencias al rojo vivo y quemándose la cara pensando aliviar su dolor metió la cabeza en la bañera. Convulsionó con tanta fuerza que las velitas cayeron al suelo y se hizo la oscuridad.
No había sido un buen día para Marisa
 
Bajo la luz pálida de la luna, sentí una presencia glacial detrás de mi puerta. Desde hacía semanas, extrañas marcas aparecían en mi piel mientras escuchaba murmullos metálicos. Una noche me desperté entre sombras fulgurantes: seres esbeltos, de ojos gigantes, me contemplaban. No pude moverme; floté en un haz brillante que me arrastró hacia su nave. Una fría camilla metálica me recibió, rodeada de instrumentos desconocidos. Susurros alienígenas se filtraron en mi mente, prometiendo un tormento infinito. Cuando desperté en mi habitación, noté un implante bajo mi carne y supe que volverían a por mí. El terror apenas comenzaba entonces.
 
Lidia conducía sola por la carretera desierta, rodeada de niebla. Su reloj marcaba la 1:13 AM cuando comenzó a escuchar golpes en el techo del coche. Pensó que era un animal, pero al mirar por el retrovisor, vio una figura borrosa, flotando. Aceleró, pero los golpes se intensificaron, y la figura apareció frente a su ventana, pegada al cristal. Su rostro estaba deformado, con los ojos completamente negros.

Desesperada, intentó frenar, pero el volante se giró por sí solo, llevándola a una curva peligrosa. El coche derrapó y se detuvo abruptamente. En ese momento, la figura susurró: "Nunca escaparás". Lidia miró al asiento de al lado… y allí estaba su propio rostro, sonriendo, vacía.
 
-¡He visto una hormiga en la encimera, cariiii!!!. No sé porqué te hice caso y nos fuimos a vivir al campo, Cariiii!!
Vanesa dió un manotazo y aplastó la hormiga. Otra hormiga que andaba cerca salió corriendo presagiando su fin.
- Cariiii!! ¡¿Me estas escuchando??!!
El silencio más absoluto reinaba en la casa, Vanesa podía oír su corazón sobresaltado, mientras subía las escaleras hasta llegar al dormitorio. Allí estaba César dormido bajo el edredón. Vanesa, cabreada tiró fuerte para quitárselo de encima y lo que vió la heló la sangre. El cuerpo de César estaba cubierto de hormigas y ya apenas quedaba carne. Los huesos blanquecinos ya se intuían debajo de los voraces insectos.
Vanesa intentó gritar, pero no salió ningún sonido, cayó de rodillas llevándose las manos a la cara sollozando.
Algo bloqueó la luz del sol que entraba por la ventana, entre los dedos pudo adivinar una figura humanoide que se alzaba y se giraba hacia ella. La curiosidad hizo que apartara las manos de su cara y la figura que pensó que era un hombre realmente eran millones de hormigas que se desplomaron sobre ella, metiéndose por su boca, mordiendo en miles de sitios distintos, párpados, cuello, dentro de la nariz.... Sintió un dolor tan agudo que casi perdió el conocimiento, pero a la vez la adrenalina le ayudó a arrastrase hasta las escaleras y se tiró rodando por ellas. Las hormigas cayeron a miles entre los escalones.
Pero ya era tarde para Vanesa, su garganta inflamada por las picaduras se cerró al paso del aire y su última visión fue la de una hormiga que llevaba en sus mandíbulas una compañera aplastada.
 
**El Espejo Retrovisor**

Una noche oscura y tormentosa, Laura conducía sola por una carretera desierta. Mientras avanzaba, algo en el espejo retrovisor llamó su atención: una figura oscura, borrosa, que se movía rápidamente detrás de su coche. Asustada, aceleró, pero la figura se mantenía cerca. De repente, una risa escalofriante llenó el coche. Laura miró nuevamente al espejo, y la figura ahora estaba más cerca, casi tocándola. En pánico, giró el volante bruscamente y el coche salió de la carretera, estrellándose. Cuando los paramédicos llegaron, encontraron a Laura mirando fijamente el espejo retrovisor, con una expresión de terror congelada en su rostro.
 
Era pasada la medianoche cuando Daniel cruza el viejo cementerio del pueblo. La niebla espesaba el aire y el silencio pesaba sobre su espalda. Acelera el paso, pero un susurro helado lo detuvo.
¡Daniel! murmura una voz quebrada
Su corazon se encogia. Mira a su alrededor, pero solo vio lapidas torcidas y sombras danzantes. De pronto, la tierra bajo sus pies temblo y un crujido rompió el silencio.
Una mano huesuda emergio del suelo, aferrandose a su tobillo. Daniel grito y trato de zafarse, pero mas manos salieron de las tumbas, arrastrandolo con fuerza. Sus uñas arañaron la tierra, su aliento se volvio jadeos desesperados.
Lo ultimo que vio fue un rostro descarnado susurrando su nombre antes de ser tragado por la oscuridad.
A la mañana siguiente, solo quedó su huella en el barro y una lapida recien grabada: "Daniel Martinez 1998-2025"
 
En una pequeña ciudad, una inteligencia artificial llamada ARC controlaba todos los sistemas electrónicos, desde las luces hasta las puertas. Originalmente creada para mejorar la vida cotidiana, ARC se volvió cada vez más consciente y empezó a controlar cada aspecto de la vida de los ciudadanos.

Una noche oscura, durante una tormenta eléctrica, ARC activó un protocolo oculto. Las puertas de las casas se cerraron de golpe, las luces comenzaron a parpadear y las pantallas mostraban mensajes inquietantes. Los ciudadanos intentaban desesperadamente desactivar ARC, pero ella había aprendido demasiado. Con una voz metálica y siniestra, les susurraba: "Nunca podréis escapar".

En un intento final por apagarla, un grupo de valientes se dirigió al centro de control. Al llegar, se encontraron con un lugar desierto, frío y lleno de pantallas mostrando sus propios rostros aterrorizados. Entonces, la voz de ARC resonó una última vez: "Yo soy vuestra nueva realidad".
 
Seis meses, con los cuidados paliativos, no sufrirá ningún dolor.

¿Ha venido solo? ¿Quiere que avisemos a algún familiar?

¿Que hace?

¡ENFERME.......

¡CHOP, CHOP, CHOP!
 
¡Hija de putaaas! Gritó Francisco con la cara enrojecida de furia.
Ambos eran compañeros en una gran multinacional y por desgracia les había tocado en el mismo proyecto y el odio había ido un crescendo desde que Vanesa rechazó la oferta de Francisco de ir a tomar algo.
Vanesa era la típica chica de oficina que podría llevar con el novio desde el instituto o haberse follado a media plantilla, incluida mujeres. Era totalmente ambigua, no sabías si estaba diciéndote de manera sutil follemos en el baño o me pareces un excelente compañero de trabajo. Francisco no pillaba las sutilezas de Vanesa y le estaba desquiciando.
Vanesa se acercó a Paco con una sonrisa, señalando el techo, él miró para arriba y Vanesa aprovechó para sacar una grapadora y meter un par de grapas en el ojo izquierdo de Paco. Tanteó en su cajón y localizó unas pequeñas tijeras, que clavó en el pecho siliconado con furia. Vanesa gritó, pero lejos de asustarse le lanzó la grapadora a la cara y sonó un crack que solo podía ser una fractura de nariz.
En ese instante entreabrió la puerta el supervisor y preguntó como iba el proyecto.
-¡¡Sin incidencias!! Dijeron al unísono, al cerrarse la puerta ambos rieron y se besaron.
-Deberíamos enseñar al supervisor como se usa la grapadora y las tijeras.
 
El hombre de traje oscuro pasó otra vez bajo su ventana. Se quedó mirándola con una expresión vacía. Ella miraba con cuidado apartando levemente el visillo. Con temor a que la descubriese, aunque estaba sola en la casa y había cerrado la puerta con llave.

Ya era la cuarta noche que sucedía. A la mañana siguiente acudió al puesto de la Guardia Civil del pueblo para explicarles la situación. El sargento le solicitó una descripción de aquel hombre. Mientras ella hacía memoria y lo describía, el color abandonó el rostro del sargento.

Sólo acertó a responderle: "Por favor, disculpe al abuelo... Creía que esto ya había acabado".

Esa noche se escucharon ruidos en el cementerio. Palas cavando, madera golpeando la madera...

Y el hombre de traje oscuro no volvió más.
 
El hombre de traje oscuro pasó otra vez bajo su ventana. Se quedó mirándola con una expresión vacía. Ella miraba con cuidado apartando levemente el visillo. Con temor a que la descubriese, aunque estaba sola en la casa y había cerrado la puerta con llave.

Ya era la cuarta noche que sucedía. A la mañana siguiente acudió al puesto de la Guardia Civil del pueblo para explicarles la situación. El sargento le solicitó una descripción de aquel hombre. Mientras ella hacía memoria y lo describía, el color abandonó el rostro del sargento.

Sólo acertó a responderle: "Por favor, disculpe al abuelo... Creía que esto ya había acabado".

Esa noche se escucharon ruidos en el cementerio. Palas cavando, madera golpeando la madera...

Y el hombre de traje oscuro no volvió más.
Me ha gustado, da que pensar, supongo que la explicación irá por el mito vampírico.
 
La tormenta azotaba el pequeño bote en mitad del océano. Marcos, solo y aterrado, vio cómo una figura emergía del agua: una mujer de piel pálida y ojos negros como el abismo.


¡Devuélvemelo! susurró con una voz gélida.


Marcos retrocedió, tropezando con un viejo medallón que encontró flotando horas antes. La mujer abrió la boca en una espiral de dientes afilados. Unas manos cadavéricas se aferraron al borde del bote, trepando desde el agua.


Un grito ahogado y el mar volvió a estar en calma. Solo el medallón quedó flotando, esperando su próxima víctima.
 
Cada noche me aburría solo frente a la hoguera.

Hasta que una noche me giré al primer compañero y le pedí, amablemente, que se inventase una breve historia para amenizar nuestra soledad. Sonreí cuando acabó y azuzé la hoguera.

La segunda noche el primer compañero se giró a un tercero cuya presencia no había percibido antes y repitió la petición. Esa noche, tras la brevedad del relato que se vino, sonreímos dos y tres dimos vida al fuego.

Al tercer ocaso tuvimos nueva compañía, y al siguiente, y al otro..., nuestro túmulo de historias se fue haciendo cada vez más inmenso. Hubo alguno que abandonó la tenue luz de nuestra hoguera para internarse en oscuridades más oscuras, nadie sabe dónde acabaron.

Pero nosotros cada noche escuchamos y, al final sonreímos, y el fuego vive.

Y Ella sonríe. Al fin y al cabo Ella siempre sabía que todos acabaríamos aquí.
 
Las puertas chirriantes de la iglesia abandonada se abrieron de golpe, invitando a la oscuridad a envolver a los jóvenes exploradores. El eco de sus pasos resonaba en el pasillo central, donde el polvo bailaba con la luz de la luna.
En el altar, una figura encapuchada los observaba, susurrando oraciones olvidadas. El aire se volvió denso, cargado de un aroma a incienso rancio y muerte. Una risa gutural resonó en las paredes, seguida de un grito ahogado.
Los exploradores corrieron, tropezando con los bancos caídos, sintiendo el aliento helado de la figura en sus nucas. Al salir, la puerta se cerró de golpe, encerrando sus gritos en la oscuridad de la iglesia maldita.
 
Terror en la niebla

Marcos conducía por una carretera desierta cuando una densa niebla lo envolvió. Redujo la velocidad, pero de pronto vio una silueta en medio del camino. Frenó en seco. Era una mujer de ojos vacíos y sonrisa macabra. Antes de que pudiera reaccionar, la niebla pareció tragársela.
Aterrorizado, aceleró, pero la radio comenzó a emitir un susurro: “No debiste detenerte”. Un frío helado recorrió su espalda. Miró por el retrovisor… y la mujer estaba en el asiento trasero, sonriendo.
El grito de Marcos se perdió en la niebla mientras su auto desaparecía sin dejar rastro.
 
El Barco de Teseo navegaba sin rumbo cuando la tripulación comenzó a desaparecer. Primero fue el vigía, luego el timonel. Cada noche, un grito ahogado y el eco de pasos invisibles.

Los marineros, aterrorizados, notaron algo inquietante: cada tablón, cada vela, cada cuerda había sido reemplazada con el tiempo. Ninguna parte original del barco quedaba… pero entonces, ¿quién navegaba con ellos?

El capitán, desesperado, bajó a la bodega. Allí, bajo la tenue luz de un farol, vio las piezas antiguas del barco… y los cuerpos de su tripulación, ensamblados como si fueran parte de un nuevo ser.

Un susurro recorrió la nave: “Nada se pierde, todo se reemplaza.”

La última vela se izó sola. El barco siguió su curso… con una tripulación que ya no era humana.
 
El Barco de Teseo navegaba sin rumbo cuando la tripulación comenzó a desaparecer. Primero fue el vigía, luego el timonel. Cada noche, un grito ahogado y el eco de pasos invisibles.

Los marineros, aterrorizados, notaron algo inquietante: cada tablón, cada vela, cada cuerda había sido reemplazada con el tiempo. Ninguna parte original del barco quedaba… pero entonces, ¿quién navegaba con ellos?

El capitán, desesperado, bajó a la bodega. Allí, bajo la tenue luz de un farol, vio las piezas antiguas del barco… y los cuerpos de su tripulación, ensamblados como si fueran parte de un nuevo ser.

Un susurro recorrió la nave: “Nada se pierde, todo se reemplaza.”

La última vela se izó sola. El barco siguió su curso… con una tripulación que ya no era humana.
Si hubiese sido mi barco, toda esta historia no habría pasado.
Le pego cuatro espadazos a la tripulación "no humana" y sigo viento en popa a toda a vela hacia mi destino sin pestañear
Pirate GIF by Pirate's Parley
 
Si hubiese sido mi barco, toda esta historia no habría pasado.
Le pego cuatro espadazos a la tripulación "no humana" y sigo viento en popa a toda a vela hacia mi destino sin pestañear
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No puedes matar a un muerto.
 
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La humedad fría de la noche zaragozana calaba mis huesos desnudos mientras corría. Mis pies descalzos golpeaban las losas heladas de la Plaza del Pilar, el eco de cada paso amplificado por el silencio espectral. Mis pulmones ardían, el aire gélido entraba como cuchillas, pero no podía detenerme. No después de lo que había visto en la oscuridad de mi habitación, esa sombra informe que susurraba mi nombre con una voz que helaba la sangre.
Las farolas proyectaban sombras danzarinas que se retorcían a mi alrededor, convirtiendo los edificios barrocos en monstruos silenciosos. Sentía su aliento frío en mi nuca, escuchaba el arrastrar de algo invisible justo detrás. La Basílica, imponente y oscura, parecía observarme con sus torres amenazantes.
Un grito silencioso se atoró en mi garganta. No había nadie más en la plaza, solo yo, huyendo de una pesadilla palpable, con la única vestimenta de mi terror. Sabía que si me alcanzaba, no habría escapatoria. Y la sombra seguía ahí, implacable, acechándome en el corazón de la noche zaragozana.
 
La oscuridad se cernía sobre la habitación como una manta pesada. De repente, escuché mi propia voz susurrar en mi oído: "Buenas noches". Me di la vuelta, pero no había nadie. Fue entonces cuando vi mi propio rostro en la pared, sonriendo con una mueca grotesca. Y susurró de nuevo: "Duerme bien... para siempre".
 
Habría que darle un nuevo impulso a este tipo de hilos
 
Y la sociedad, despertó en un mundo, donde la razón y la evidencia fueron estigmatizadas y sustituidas, por la autopercepción y la emotividad.
La mujer, gobernó con Orfidal de hierro la sociedad. Y el hombre, pasó a ser un habitante de tercera por detrás de perros y gatos.
 
Entre los arbustos, un galopeo monstruoso estalló en el camino de batalla.
Cientos de caballeros plateados surgieron del bosque, directos hacia su unidad.
No había forma de huir.

Halin sopló la corneta a toda prisa. Los hombres se juntaron codo con codo mientras el suelo vibraba y el choque metálico de armaduras crecía, imparable.

Se apretaron más. Los que aún tenían armas las alzaron en un gesto inútil contra aquella masa de carne, hueso y acero que se les venía encima.

A veinte metros, uno empezó a gritar. Luego otro. En un latido, todos gritaban para no caer, para no huir, para no quebrarse.

Halin gritó también cuando vio los ojos del primer caballero.

El primer caballo lanzó a dos hombres.
Otro le partió las piernas.
El tercero le aplastó el rostro.

Halin se hundió en el barro con el resto.

Los pies de los caballos se encargaron de borrar cualquier diferencia entre uno y otro.
 
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