Psicomonje Cortés
Shurmano Leyenda
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Ayer me crucé con este post en Twitter y pensé que debía escribir al respecto.
Empezaré expresando claramente lo que pienso: cuando una mujer aborta está asesinando a su propio hijo en el lugar donde debería sentirse más seguro y amado: el vientre de su madre. Un crimen de tal magnitud deja el alma desgarrada para siempre. Lo sé porque salí un tiempo con una mujer que había abortado años atrás.
Ella nunca me contó nada, pero yo lo deduje por su forma de ser. Esa herida se notaba demasiado y solo podía deberse a un aborto, según supe más tarde. Había una especie de tristeza en su actitud, un hastío incurable, del que no conseguía deshacerse a pesar del paso del tiempo. Ella parecía normal, de cara a la galería. Se decía a sí misma que todo iba bien, que aquello había sido un mero trámite, una bicoca. Pero en el fondo, algo le hacía sentirse muerta por dentro. Estaba intranquila y jamás pudo descansar su espíritu desde aquello.
Durante la noche, se quedaba despierta mirando al techo. Pensando vagamente en su dolor sin nombre. Todo lo callaba. Seguía diciéndose que había hecho lo mejor, que así podía "disfrutar de su tiempo", que "le quedaba mucho por vivir". Pero ningún viaje la satisfacía. Ningún hobby la llenaba. Todo lo veía a través de una lente deslavazada, como un cristal sucio por dentro, durante un día de lluvia.
Yo supe todo esto mucho más tarde de conocerla.
Un día ella se cruzó conmigo. Le gusté y se ilusionó. Hizo todo lo posible por meterse en mi vida. Hicimos buenas migas y la dejé pasar a mi mundo. Me enseñó muchas cosas. Yo siempre la quise.
Sin embargo, ese vacío, ese perpetuo dolor oculto teñía todo lo que hacía. Arrastraba un aura de tristeza que reflejaba en el fondo de su mirada. Como si estuviera viviendo de prestado. Como si aquella no fuera su vida. Como si se hubiera pasado su parada y permanecido para siempre en un tren que no va a ningún lado.
Recuerdo que en su estado de WhatsApp había escrito el título de una canción: "Arriving somewhere". Pero aquel lugar que tanto esperaba, nunca llegaba, y siempre tuve la impresión de que ya había dejado de importarle. Ella sonreía con tristeza a la vida. Desengañada de cualquier promesa de alegría, pues el agujero negro que tenía en su pecho acababa devorando todo cuanto hacia por llenarlo.
Intenté comprenderla con denuedo. Al principio, me atrajo su misterio. Con el tiempo, sentí que en mi búsqueda había algo mucho más importante que la satisfacción de mi curiosidad juvenil. Empecé a investigar seriamente, guiado por una corazonada. Me animaba la idea de verla sonreír, de verla florecer, emerger de debajo de aquella extraña losa que todavía no podía comprender.
Después de varios meses de estudio y lecturas, comencé a dar vueltas a la sospecha de que quizá habría abortado en el pasado, con otro hombre, en otra vida anterior, hacía muchos años. Me armé de valor y le pregunté directamente. Aunque ya intuía la respuesta...
Había abortado hacia casi 10 años a un bebé de un mes y medio con un exnovio. Ella tenía 22 años por entonces y sentía mucha incertidumbre. La convencieron de que era "lo mejor". Qué era "muy joven" y que tenía "toda la vida por delante". Toda la familia la presionó para que lo hiciera, excepto el padre. El padre callaba, apocado y medroso, sin tener muy claro qué era lo correcto ni como defenderlo.
Ella cedió a su miedo y tomó la decisión. Luego racionalizó la idea, buscó el argumento para disipar las dudas que le atenzaban el pecho.
Entonces, llegó el día y se dejó hacer.
Mató a su propio hijo.
Su familia celebró una pequeña fiesta con las amigas, para mitigar el disgusto. Después, se fueron de viaje, procurando olvidar todo aquello. A fin de cuentas "no era nada".
El novio nunca supo de aquello, hasta que fue demasiado tarde. Su relación había terminado por el cambio de actitud de ella. Él era un chaval bueno, intentó conservarla, planear un futuro juntos, pero ella ya no podía estar con él después de aquello. Tres años más tarde, las amigas se pelearon. Una de ellas abrió la boca y se lo contó todo. Él se quitó la vida en un impulso desesperado.
Desde que matara a su hijo, la vida de ella estuvo en pausa. Su alma, gris, se había descolgado de su cuerpo, y moraba destrozada, sufriendo en algún rincón de su vientre roto. Casi diez años después la conocí yo. Al ver el panorama de su alma triste, quise ayudarla.
Fruto de mis investigaciones, llegué a una conclusión. Algo que poder probar y que nunca antes se había concebido. En vez de escapar del horror e intentar justificarlo, le propuse recorrer la senda contraria.
La llevé de viaje a la costa de Irlanda durante la primavera de 2018. En un lugar remoto, sobre un acantilado, nos arrodillamos solemnemente y meditamos juntos. Rezamos, si se quiere ver así. Entonces, le cogí las manos y le dije: "¿Cómo se llama tu hijo?"
Me miró sorprendida. Su hijo no tenia nombre. Le insté a que le pusiera un nombre. Que lo buscara en su interior. Así lo hizo, y le puso al niño el nombre de su padre. Después la invité a que diera gracias a Dios por el regalo de su hijo y que pidiera perdón al niño por no haber sabido protegerlo. Por no haber sabido escuchar su instinto y amarlo sobre sí misma, sobre su propio miedo.
Rompió a llorar y se derrumbó por completo, abriendo las puertas de su corazón, que habían permanecido cerradas desde el día en que pisó el abortorio. Me abrazó y lloró amargamente durante una hora, sobre ese acantilado, con el pelo revuelto por el viento. Pidió perdón a su hijo y le dió las gracias por existir. Por haberla hecho madre, por el regalo de su vida.
Desde aquel momento, recuperó la luz en su corazón y comenzó a sanar. En ese mismo momento también supimos, de una extraña manera, que no estábamos hechos para estar juntos. A ella le costó aceptarlo, pero yo sentí que mi trabajo con ella había terminado y que debía dejarla marchar.
No hablamos de ello, pero pocos meses después nos separamos y no volvimos a vernos nunca más.
A veces pienso en ella. Viviendo con su cicatriz a cuestas, pero reconciliada con su pasado y en Gracia de espíritu. La dejé mejor de lo que la encontré, y eso me basta.
Nunca volverá a ser quién era antes de aquel aborto. De algo así no se puede volver. Pero ella, por lo menos, vive en paz. Sabiendo que tuvo un hijo, Martín, que la estará esperando cuando se acaben sus días aquí. Que la cuida y la guarda desde donde quiera que esté, y que espera un día poder abrazar a su madre por primera vez.
...
Esta historia es real y no me había atrevido a escribirla hasta hoy por la mañana.
Gracias por leer. Espero que os haya inspirado.
Empezaré expresando claramente lo que pienso: cuando una mujer aborta está asesinando a su propio hijo en el lugar donde debería sentirse más seguro y amado: el vientre de su madre. Un crimen de tal magnitud deja el alma desgarrada para siempre. Lo sé porque salí un tiempo con una mujer que había abortado años atrás.
Ella nunca me contó nada, pero yo lo deduje por su forma de ser. Esa herida se notaba demasiado y solo podía deberse a un aborto, según supe más tarde. Había una especie de tristeza en su actitud, un hastío incurable, del que no conseguía deshacerse a pesar del paso del tiempo. Ella parecía normal, de cara a la galería. Se decía a sí misma que todo iba bien, que aquello había sido un mero trámite, una bicoca. Pero en el fondo, algo le hacía sentirse muerta por dentro. Estaba intranquila y jamás pudo descansar su espíritu desde aquello.
Durante la noche, se quedaba despierta mirando al techo. Pensando vagamente en su dolor sin nombre. Todo lo callaba. Seguía diciéndose que había hecho lo mejor, que así podía "disfrutar de su tiempo", que "le quedaba mucho por vivir". Pero ningún viaje la satisfacía. Ningún hobby la llenaba. Todo lo veía a través de una lente deslavazada, como un cristal sucio por dentro, durante un día de lluvia.
Yo supe todo esto mucho más tarde de conocerla.
Un día ella se cruzó conmigo. Le gusté y se ilusionó. Hizo todo lo posible por meterse en mi vida. Hicimos buenas migas y la dejé pasar a mi mundo. Me enseñó muchas cosas. Yo siempre la quise.
Sin embargo, ese vacío, ese perpetuo dolor oculto teñía todo lo que hacía. Arrastraba un aura de tristeza que reflejaba en el fondo de su mirada. Como si estuviera viviendo de prestado. Como si aquella no fuera su vida. Como si se hubiera pasado su parada y permanecido para siempre en un tren que no va a ningún lado.
Recuerdo que en su estado de WhatsApp había escrito el título de una canción: "Arriving somewhere". Pero aquel lugar que tanto esperaba, nunca llegaba, y siempre tuve la impresión de que ya había dejado de importarle. Ella sonreía con tristeza a la vida. Desengañada de cualquier promesa de alegría, pues el agujero negro que tenía en su pecho acababa devorando todo cuanto hacia por llenarlo.
Intenté comprenderla con denuedo. Al principio, me atrajo su misterio. Con el tiempo, sentí que en mi búsqueda había algo mucho más importante que la satisfacción de mi curiosidad juvenil. Empecé a investigar seriamente, guiado por una corazonada. Me animaba la idea de verla sonreír, de verla florecer, emerger de debajo de aquella extraña losa que todavía no podía comprender.
Después de varios meses de estudio y lecturas, comencé a dar vueltas a la sospecha de que quizá habría abortado en el pasado, con otro hombre, en otra vida anterior, hacía muchos años. Me armé de valor y le pregunté directamente. Aunque ya intuía la respuesta...
Había abortado hacia casi 10 años a un bebé de un mes y medio con un exnovio. Ella tenía 22 años por entonces y sentía mucha incertidumbre. La convencieron de que era "lo mejor". Qué era "muy joven" y que tenía "toda la vida por delante". Toda la familia la presionó para que lo hiciera, excepto el padre. El padre callaba, apocado y medroso, sin tener muy claro qué era lo correcto ni como defenderlo.
Ella cedió a su miedo y tomó la decisión. Luego racionalizó la idea, buscó el argumento para disipar las dudas que le atenzaban el pecho.
Entonces, llegó el día y se dejó hacer.
Mató a su propio hijo.
Su familia celebró una pequeña fiesta con las amigas, para mitigar el disgusto. Después, se fueron de viaje, procurando olvidar todo aquello. A fin de cuentas "no era nada".
El novio nunca supo de aquello, hasta que fue demasiado tarde. Su relación había terminado por el cambio de actitud de ella. Él era un chaval bueno, intentó conservarla, planear un futuro juntos, pero ella ya no podía estar con él después de aquello. Tres años más tarde, las amigas se pelearon. Una de ellas abrió la boca y se lo contó todo. Él se quitó la vida en un impulso desesperado.
Desde que matara a su hijo, la vida de ella estuvo en pausa. Su alma, gris, se había descolgado de su cuerpo, y moraba destrozada, sufriendo en algún rincón de su vientre roto. Casi diez años después la conocí yo. Al ver el panorama de su alma triste, quise ayudarla.
Fruto de mis investigaciones, llegué a una conclusión. Algo que poder probar y que nunca antes se había concebido. En vez de escapar del horror e intentar justificarlo, le propuse recorrer la senda contraria.
La llevé de viaje a la costa de Irlanda durante la primavera de 2018. En un lugar remoto, sobre un acantilado, nos arrodillamos solemnemente y meditamos juntos. Rezamos, si se quiere ver así. Entonces, le cogí las manos y le dije: "¿Cómo se llama tu hijo?"
Me miró sorprendida. Su hijo no tenia nombre. Le insté a que le pusiera un nombre. Que lo buscara en su interior. Así lo hizo, y le puso al niño el nombre de su padre. Después la invité a que diera gracias a Dios por el regalo de su hijo y que pidiera perdón al niño por no haber sabido protegerlo. Por no haber sabido escuchar su instinto y amarlo sobre sí misma, sobre su propio miedo.
Rompió a llorar y se derrumbó por completo, abriendo las puertas de su corazón, que habían permanecido cerradas desde el día en que pisó el abortorio. Me abrazó y lloró amargamente durante una hora, sobre ese acantilado, con el pelo revuelto por el viento. Pidió perdón a su hijo y le dió las gracias por existir. Por haberla hecho madre, por el regalo de su vida.
Desde aquel momento, recuperó la luz en su corazón y comenzó a sanar. En ese mismo momento también supimos, de una extraña manera, que no estábamos hechos para estar juntos. A ella le costó aceptarlo, pero yo sentí que mi trabajo con ella había terminado y que debía dejarla marchar.
No hablamos de ello, pero pocos meses después nos separamos y no volvimos a vernos nunca más.
A veces pienso en ella. Viviendo con su cicatriz a cuestas, pero reconciliada con su pasado y en Gracia de espíritu. La dejé mejor de lo que la encontré, y eso me basta.
Nunca volverá a ser quién era antes de aquel aborto. De algo así no se puede volver. Pero ella, por lo menos, vive en paz. Sabiendo que tuvo un hijo, Martín, que la estará esperando cuando se acaben sus días aquí. Que la cuida y la guarda desde donde quiera que esté, y que espera un día poder abrazar a su madre por primera vez.
...
Esta historia es real y no me había atrevido a escribirla hasta hoy por la mañana.
Gracias por leer. Espero que os haya inspirado.

... de nada hombre, solo faltaría...