Squall
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Cuando decidí irme a vivir con la que hoy es mi actual mujer, lo hicimos de alquiler. Buscamos unas cuantas casas y nos decidimos por un pisito en una pequeña urbanización cerrada que parecía un encanto. Había piscina, garajes, trasteros... Un pequeño paraíso para nosotros.
Aquel año de mi vida fue un infierno.
Algún día relataré todo lo que allí viví. Hoy solo quiero contar una pequeña anécdota que me ocurrió.
La urbanización tenía un patio central en el que los vecinos más allegados nos juntábamos para celebrar cumpleaños, montar barbacoas improvisadas o simplemente para emborracharnos hasta perder la conciencia.
Una noche, borrachos como cubas y armando la Marimorena, vimos como entraba al patio desde los garajes una familia que llevaba allí pocas semanas viviendo.
El era un cani alto y fuerte de unos 27 años. Ella tendría la misma edad y era menudita. Una mujer muy callada que apenas nos dirigía la palabra. Tenían dos hijos, fruto de una anterior relación de ella.
Me extrañó que los niños vinieran llorando. Eran un niño y una niña muy majetes de unos ocho o diez años.
Entendí el porque, cuando al abrir la puerta de su hogar, el hombre (por llamarlo de alguna forma) golpeó a la mujer en la cara con violencia, y arrastrando su cuerpo por el suelo la introdujo en la casa. Cerro de un portazo.
Las guitarras y los cajones flamencos dejaron de sonar. Todos nos mirábamos atónitos. Mire a mí mujer perplejo y le dije: tengo que ir. Ella asintió.
Me acerqué a la puerta y llamé con los nudillos. Oía gritos, pero no me abrían. Insistí con más fuerza y al fin la puerta se entorno.
Nunca se me va a olvidar la cara y las palabras de niño cuando me vio en el umbral de su casa.
—¡Va a matar a mamá!— me dijo llorando.
Me di la vuelta y pedí a mi mujer que sacara a los dos niños de la casa y los llevara a la mía.
Me adentré en la casa y me dirigí a la habitación de la que salían los gritos. La puerta estaba abierta y pude ver que mientras ella, arrastrándose, intentaba meterse debajo de una cama, él le propinaba patadas en la cabeza mientras le gritaba.
Él no me vio llegar; estaba encolerizado. Le agarre del brazo y de un tirón le saque de la habitación. Por un momento pensé que iba a intentar pegarme, pero se quedó en shock. Me miraba cómo quien ve a un fantasma.
Le dije que saliera de la casa. Empezó a balbucear explicaciones sobre porque estaba haciendo aquello. Aunque no le presté mucha atención, me dijo que ella le había puesto los cuernos con un compañero de trabajo o algo así.
En este tipo de situaciones no suelo ser muy amable, pero me comporte como un caballero. Le acompañé al salón y le repetí que se largara. El sabía que en el patio estaban los vecinos esperándole y empezó a ponerse nervioso. La gota que colmo su vaso fue escuchar como mi mujer, en el umbral de su casa, llamaba a la Guardia Civil.
Se acercó a ella corriendo e intento quitarle el móvil. Ahí es cuando agotó mi paciencia.
Le cogí de la pechera, le recordé que era mi mujer, y le advertí que si volvía a acercarse a ella le arrancaba las putas tripas. No hizo falta decir más. Salió al patio y tras esquivar a los vecinos que le querían linchar, abrió la puerta que daba a la calle y echó a correr.
Llevamos a la mujer a mí casa y le curamos las heridas. Le había dejado la cara cómo un cuadro. Sangraba por la nariz, le había roto el labio, las cejas...
Cuando la Guardia Civil llegó, le tomó declaración pero ella se negó a denunciar. Y aunque él estuvo semanas sin aparecer por allí, un día le volví a ver salir de su casa, habían retomado su relación.
Desde aquel día ella me esquivaba en las zonas comunes. Los niños dejaron de hablarme cuando me veían y él agachaba las orejas cada vez que nos cruzábamos.
Una tarde, llamaron a mi puerta y al abrir vi que quien tocaba era la niña.
—Dice mi madre que no te vuelvas a meter en su vida— me soltó.
Me quedé a cuadros.
—Vale. Dile que no volverá a pasar— le respondí.
Jamás volví a hablar con ningún miembro de la familia y ni que decir tiene que nadie me agradeció nada de lo que hice aquella noche.
Aprendí una valiosa lección. Y es que a veces es imposible sacar a ciertas personas de sus cárceles psicológicas. Hasta que les perdí la pista siguieron siendo pareja. Y si hoy sigue viva, le deseo lo mejor.
Resumen: A veces es mejor no meterte donde no te llaman, aunque creas que es tu deber.
Aquel año de mi vida fue un infierno.
Algún día relataré todo lo que allí viví. Hoy solo quiero contar una pequeña anécdota que me ocurrió.
La urbanización tenía un patio central en el que los vecinos más allegados nos juntábamos para celebrar cumpleaños, montar barbacoas improvisadas o simplemente para emborracharnos hasta perder la conciencia.
Una noche, borrachos como cubas y armando la Marimorena, vimos como entraba al patio desde los garajes una familia que llevaba allí pocas semanas viviendo.
El era un cani alto y fuerte de unos 27 años. Ella tendría la misma edad y era menudita. Una mujer muy callada que apenas nos dirigía la palabra. Tenían dos hijos, fruto de una anterior relación de ella.
Me extrañó que los niños vinieran llorando. Eran un niño y una niña muy majetes de unos ocho o diez años.
Entendí el porque, cuando al abrir la puerta de su hogar, el hombre (por llamarlo de alguna forma) golpeó a la mujer en la cara con violencia, y arrastrando su cuerpo por el suelo la introdujo en la casa. Cerro de un portazo.
Las guitarras y los cajones flamencos dejaron de sonar. Todos nos mirábamos atónitos. Mire a mí mujer perplejo y le dije: tengo que ir. Ella asintió.
Me acerqué a la puerta y llamé con los nudillos. Oía gritos, pero no me abrían. Insistí con más fuerza y al fin la puerta se entorno.
Nunca se me va a olvidar la cara y las palabras de niño cuando me vio en el umbral de su casa.
—¡Va a matar a mamá!— me dijo llorando.
Me di la vuelta y pedí a mi mujer que sacara a los dos niños de la casa y los llevara a la mía.
Me adentré en la casa y me dirigí a la habitación de la que salían los gritos. La puerta estaba abierta y pude ver que mientras ella, arrastrándose, intentaba meterse debajo de una cama, él le propinaba patadas en la cabeza mientras le gritaba.
Él no me vio llegar; estaba encolerizado. Le agarre del brazo y de un tirón le saque de la habitación. Por un momento pensé que iba a intentar pegarme, pero se quedó en shock. Me miraba cómo quien ve a un fantasma.
Le dije que saliera de la casa. Empezó a balbucear explicaciones sobre porque estaba haciendo aquello. Aunque no le presté mucha atención, me dijo que ella le había puesto los cuernos con un compañero de trabajo o algo así.
En este tipo de situaciones no suelo ser muy amable, pero me comporte como un caballero. Le acompañé al salón y le repetí que se largara. El sabía que en el patio estaban los vecinos esperándole y empezó a ponerse nervioso. La gota que colmo su vaso fue escuchar como mi mujer, en el umbral de su casa, llamaba a la Guardia Civil.
Se acercó a ella corriendo e intento quitarle el móvil. Ahí es cuando agotó mi paciencia.
Le cogí de la pechera, le recordé que era mi mujer, y le advertí que si volvía a acercarse a ella le arrancaba las putas tripas. No hizo falta decir más. Salió al patio y tras esquivar a los vecinos que le querían linchar, abrió la puerta que daba a la calle y echó a correr.
Llevamos a la mujer a mí casa y le curamos las heridas. Le había dejado la cara cómo un cuadro. Sangraba por la nariz, le había roto el labio, las cejas...
Cuando la Guardia Civil llegó, le tomó declaración pero ella se negó a denunciar. Y aunque él estuvo semanas sin aparecer por allí, un día le volví a ver salir de su casa, habían retomado su relación.
Desde aquel día ella me esquivaba en las zonas comunes. Los niños dejaron de hablarme cuando me veían y él agachaba las orejas cada vez que nos cruzábamos.
Una tarde, llamaron a mi puerta y al abrir vi que quien tocaba era la niña.
—Dice mi madre que no te vuelvas a meter en su vida— me soltó.
Me quedé a cuadros.
—Vale. Dile que no volverá a pasar— le respondí.
Jamás volví a hablar con ningún miembro de la familia y ni que decir tiene que nadie me agradeció nada de lo que hice aquella noche.
Aprendí una valiosa lección. Y es que a veces es imposible sacar a ciertas personas de sus cárceles psicológicas. Hasta que les perdí la pista siguieron siendo pareja. Y si hoy sigue viva, le deseo lo mejor.
Resumen: A veces es mejor no meterte donde no te llaman, aunque creas que es tu deber.


