Shurrelato El día que me hice el héroe

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19 Nov 2024
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Cuando decidí irme a vivir con la que hoy es mi actual mujer, lo hicimos de alquiler. Buscamos unas cuantas casas y nos decidimos por un pisito en una pequeña urbanización cerrada que parecía un encanto. Había piscina, garajes, trasteros... Un pequeño paraíso para nosotros.

Aquel año de mi vida fue un infierno.

Algún día relataré todo lo que allí viví. Hoy solo quiero contar una pequeña anécdota que me ocurrió.

La urbanización tenía un patio central en el que los vecinos más allegados nos juntábamos para celebrar cumpleaños, montar barbacoas improvisadas o simplemente para emborracharnos hasta perder la conciencia.

Una noche, borrachos como cubas y armando la Marimorena, vimos como entraba al patio desde los garajes una familia que llevaba allí pocas semanas viviendo.

El era un cani alto y fuerte de unos 27 años. Ella tendría la misma edad y era menudita. Una mujer muy callada que apenas nos dirigía la palabra. Tenían dos hijos, fruto de una anterior relación de ella.

Me extrañó que los niños vinieran llorando. Eran un niño y una niña muy majetes de unos ocho o diez años.

Entendí el porque, cuando al abrir la puerta de su hogar, el hombre (por llamarlo de alguna forma) golpeó a la mujer en la cara con violencia, y arrastrando su cuerpo por el suelo la introdujo en la casa. Cerro de un portazo.

Las guitarras y los cajones flamencos dejaron de sonar. Todos nos mirábamos atónitos. Mire a mí mujer perplejo y le dije: tengo que ir. Ella asintió.

Me acerqué a la puerta y llamé con los nudillos. Oía gritos, pero no me abrían. Insistí con más fuerza y al fin la puerta se entorno.

Nunca se me va a olvidar la cara y las palabras de niño cuando me vio en el umbral de su casa.

—¡Va a matar a mamá!— me dijo llorando.

Me di la vuelta y pedí a mi mujer que sacara a los dos niños de la casa y los llevara a la mía.

Me adentré en la casa y me dirigí a la habitación de la que salían los gritos. La puerta estaba abierta y pude ver que mientras ella, arrastrándose, intentaba meterse debajo de una cama, él le propinaba patadas en la cabeza mientras le gritaba.

Él no me vio llegar; estaba encolerizado. Le agarre del brazo y de un tirón le saque de la habitación. Por un momento pensé que iba a intentar pegarme, pero se quedó en shock. Me miraba cómo quien ve a un fantasma.

Le dije que saliera de la casa. Empezó a balbucear explicaciones sobre porque estaba haciendo aquello. Aunque no le presté mucha atención, me dijo que ella le había puesto los cuernos con un compañero de trabajo o algo así.

En este tipo de situaciones no suelo ser muy amable, pero me comporte como un caballero. Le acompañé al salón y le repetí que se largara. El sabía que en el patio estaban los vecinos esperándole y empezó a ponerse nervioso. La gota que colmo su vaso fue escuchar como mi mujer, en el umbral de su casa, llamaba a la Guardia Civil.

Se acercó a ella corriendo e intento quitarle el móvil. Ahí es cuando agotó mi paciencia.

Le cogí de la pechera, le recordé que era mi mujer, y le advertí que si volvía a acercarse a ella le arrancaba las putas tripas. No hizo falta decir más. Salió al patio y tras esquivar a los vecinos que le querían linchar, abrió la puerta que daba a la calle y echó a correr.

Llevamos a la mujer a mí casa y le curamos las heridas. Le había dejado la cara cómo un cuadro. Sangraba por la nariz, le había roto el labio, las cejas...

Cuando la Guardia Civil llegó, le tomó declaración pero ella se negó a denunciar. Y aunque él estuvo semanas sin aparecer por allí, un día le volví a ver salir de su casa, habían retomado su relación.

Desde aquel día ella me esquivaba en las zonas comunes. Los niños dejaron de hablarme cuando me veían y él agachaba las orejas cada vez que nos cruzábamos.

Una tarde, llamaron a mi puerta y al abrir vi que quien tocaba era la niña.

—Dice mi madre que no te vuelvas a meter en su vida— me soltó.

Me quedé a cuadros.

—Vale. Dile que no volverá a pasar— le respondí.

Jamás volví a hablar con ningún miembro de la familia y ni que decir tiene que nadie me agradeció nada de lo que hice aquella noche.

Aprendí una valiosa lección. Y es que a veces es imposible sacar a ciertas personas de sus cárceles psicológicas. Hasta que les perdí la pista siguieron siendo pareja. Y si hoy sigue viva, le deseo lo mejor.

Resumen: A veces es mejor no meterte donde no te llaman, aunque creas que es tu deber.
 
Poleeee


Ahora lo leo, es largo…
 

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Cuando decidí irme a vivir con la que hoy es mi actual mujer, lo hicimos de alquiler. Buscamos unas cuantas casas y nos decidimos por un pisito en una pequeña urbanización cerrada que parecía un encanto. Había piscina, garajes, trasteros... Un pequeño paraíso para nosotros.

Aquel año de mi vida fue un infierno.

Algún día relataré todo lo que allí viví. Hoy solo quiero contar una pequeña anécdota que me ocurrió.

La urbanización tenía un patio central en el que los vecinos más allegados nos juntábamos para celebrar cumpleaños, montar barbacoas improvisadas o simplemente para emborracharnos hasta perder la conciencia.

Una noche, borrachos como cubas y armando la Marimorena, vimos como entraba al patio desde los garajes una familia que llevaba allí pocas semanas viviendo.

El era un cani alto y fuerte de unos 27 años. Ella tendría la misma edad y era menudita. Una mujer muy callada que apenas nos dirigía la palabra. Tenían dos hijos, fruto de una anterior relación de ella.

Me extrañó que los niños vinieran llorando. Eran un niño y una niña muy majetes de unos ocho o diez años.

Entendí el porque, cuando al abrir la puerta de su hogar, el hombre (por llamarlo de alguna forma) golpeó a la mujer en la cara con violencia, y arrastrando su cuerpo por el suelo la introdujo en la casa. Cerro de un portazo.

Las guitarras y los cajones flamencos dejaron de sonar. Todos nos mirábamos atónitos. Mire a mí mujer perplejo y le dije: tengo que ir. Ella asintió.

Me acerqué a la puerta y llamé con los nudillos. Oía gritos, pero no me abrían. Insistí con más fuerza y al fin la puerta se entorno.

Nunca se me va a olvidar la cara y las palabras de niño cuando me vio en el umbral de su casa.

—¡Va a matar a mamá!— me dijo llorando.

Me di la vuelta y pedí a mi mujer que sacara a los dos niños de la casa y los llevara a la mía.

Me adentré en la casa y me dirigí a la habitación de la que salían los gritos. La puerta estaba abierta y pude ver que mientras ella, arrastrándose, intentaba meterse debajo de una cama, él le propinaba patadas en la cabeza mientras le gritaba.

Él no me vio llegar; estaba encolerizado. Le agarre del brazo y de un tirón le saque de la habitación. Por un momento pensé que iba a intentar pegarme, pero se quedó en shock. Me miraba cómo quien ve a un fantasma.

Le dije que saliera de la casa. Empezó a balbucear explicaciones sobre porque estaba haciendo aquello. Aunque no le presté mucha atención, me dijo que ella le había puesto los cuernos con un compañero de trabajo o algo así.

En este tipo de situaciones no suelo ser muy amable, pero me comporte como un caballero. Le acompañé al salón y le repetí que se largara. El sabía que en el patio estaban los vecinos esperándole y empezó a ponerse nervioso. La gota que colmo su vaso fue escuchar como mi mujer, en el umbral de su casa, llamaba a la Guardia Civil.

Se acercó a ella corriendo e intento quitarle el móvil. Ahí es cuando agotó mi paciencia.

Le cogí de la pechera, le recordé que era mi mujer, y le advertí que si volvía a acercarse a ella le arrancaba las putas tripas. No hizo falta decir más. Salió al patio y tras esquivar a los vecinos que le querían linchar, abrió la puerta que daba a la calle y echó a correr.

Llevamos a la mujer a mí casa y le curamos las heridas. Le había dejado la cara cómo un cuadro. Sangraba por la nariz, le había roto el labio, las cejas...

Cuando la Guardia Civil llegó, le tomó declaración pero ella se negó a denunciar. Y aunque él estuvo semanas sin aparecer por allí, un día le volví a ver salir de su casa, habían retomado su relación.

Desde aquel día ella me esquivaba en las zonas comunes. Los niños dejaron de hablarme cuando me veían y él agachaba las orejas cada vez que nos cruzábamos.

Una tarde, llamaron a mi puerta y al abrir vi que quien tocaba era la niña.

—Dice mi madre que no te vuelvas a meter en su vida— me soltó.

Me quedé a cuadros.

—Vale. Dile que no volverá a pasar— le respondí.

Jamás volví a hablar con ningún miembro de la familia y ni que decir tiene que nadie me agradeció nada de lo que hice aquella noche.

Aprendí una valiosa lección. Y es que a veces es imposible sacar a ciertas personas de sus cárceles psicológicas. Hasta que les perdí la pista siguieron siendo pareja. Y si hoy sigue viva, le deseo lo mejor.

Resumen: A veces es mejor no meterte donde no te llaman, aunque creas que es tu deber.
Hiciste bien en meterte, necesitaba ayuda.
Hay personas que después, por miedo, por tener un sustento, por no verse solas, etc, aguantan todo. Aunque diga que no te metas en su vida, sigue pidiendo auxilio.
Puta vida!!
 
Hiciste bien en meterte, necesitaba ayuda.
Hay personas que después, por miedo, por tener un sustento, por no verse solas, etc, aguantan todo. Aunque diga que no te metas en su vida, sigue pidiendo auxilio.
Puta vida!!
La verdad es que seguramente volvería a hacerlo. Lo que más me jodió fue que pasado el tiempo los niños me miraban con miedo, como si yo fuese el malo de la película.
 
Hiciste lo correcto amigo

De ahi a que despues posiblemente el tio la acabe matando pues que te digo…..posiblemente esa mujer ya esta muerta

Pero tu hiciste lo correcto y al menos puedes dormir tranquilo
 
si no hubieras hecho nada no dormirias tranquilo.
 
Hiciste lo correcto amigo

De ahi a que despues posiblemente el tio la acabe matando pues que te digo…..posiblemente esa mujer ya esta muerta

Pero tu hiciste lo correcto y al menos puedes dormir tranquilo
si no hubieras hecho nada no dormirias tranquilo.
Lo que pasa es que luego te sientes como un subnormal. Espero que los niños cuando sean mayores aprendan de los errores de su madre, al menos.
 
Lo que pasa es que luego te sientes como un subnormal. Espero que los niños cuando sean mayores aprendan de los errores de su madre, al menos.
Lo importante es que hiciste bien y si se da la ocasion lo volverias a hacer

El resto ya no es cosa tuya……no puedes cambiar a un subnormal, lo pues ayudar (como hiciste tu) pero seguira siendo un subnormal
 
Una pena que no lo estrangularas por la espalda con un cable de acero, al más puro estilo KGB.
 
Una pena que no lo estrangularas por la espalda con un cable de acero, al más puro estilo KGB.
Ganas no me faltaron, pero siendo sinceros en un cuerpo a cuerpo me habría pegado un palizón.
 
Ganas no me faltaron, pero siendo sinceros en un cuerpo a cuerpo me habría pegado un palizón.
En esos momentos uno se viene arriba y no conoce ni miedo ni dolor.
Serías el vencedor, estoy seguro.
 
En esos momentos uno se viene arriba y no conoce ni miedo ni dolor.
Serías el vencedor, estoy seguro.
Yo estaba bastante borracho y él lleno de ira homicida. Aunque si me hubiera pegado los que estaban fuera le habrían dado la del pulpo entre todos.
 
Ganas no me faltaron, pero siendo sinceros en un cuerpo a cuerpo me habría pegado un palizón.
Esa es jodida…..cuando te tienes que pelear si o si pero sabes que te van a poner de verano……me ha pasado y es una putada
 
Esa es jodida…..cuando te tienes que pelear si o si pero sabes que te van a poner de verano……me ha pasado y es una putada
El jambo me sacaba una cabeza e iba loco perdido. Yo sabía que tenía las de perder. Pero muchas veces la actitud gana peleas antes de empezarlas.
 
El jambo me sacaba una cabeza e iba loco perdido. Yo sabía que tenía las de perder. Pero muchas veces la actitud gana peleas antes de empezarlas.
Sin duda la rabia es mas poderosa que los musculos en muchos casos…..la clave es dar la primera hostia.

Lastima que en terminos legales el que suelta la primera hostia luego suele ser el culpable
 
Cuando decidí irme a vivir con la que hoy es mi actual mujer, lo hicimos de alquiler. Buscamos unas cuantas casas y nos decidimos por un pisito en una pequeña urbanización cerrada que parecía un encanto. Había piscina, garajes, trasteros... Un pequeño paraíso para nosotros.

Aquel año de mi vida fue un infierno.

Algún día relataré todo lo que allí viví. Hoy solo quiero contar una pequeña anécdota que me ocurrió.

La urbanización tenía un patio central en el que los vecinos más allegados nos juntábamos para celebrar cumpleaños, montar barbacoas improvisadas o simplemente para emborracharnos hasta perder la conciencia.

Una noche, borrachos como cubas y armando la Marimorena, vimos como entraba al patio desde los garajes una familia que llevaba allí pocas semanas viviendo.

El era un cani alto y fuerte de unos 27 años. Ella tendría la misma edad y era menudita. Una mujer muy callada que apenas nos dirigía la palabra. Tenían dos hijos, fruto de una anterior relación de ella.

Me extrañó que los niños vinieran llorando. Eran un niño y una niña muy majetes de unos ocho o diez años.

Entendí el porque, cuando al abrir la puerta de su hogar, el hombre (por llamarlo de alguna forma) golpeó a la mujer en la cara con violencia, y arrastrando su cuerpo por el suelo la introdujo en la casa. Cerro de un portazo.

Las guitarras y los cajones flamencos dejaron de sonar. Todos nos mirábamos atónitos. Mire a mí mujer perplejo y le dije: tengo que ir. Ella asintió.

Me acerqué a la puerta y llamé con los nudillos. Oía gritos, pero no me abrían. Insistí con más fuerza y al fin la puerta se entorno.

Nunca se me va a olvidar la cara y las palabras de niño cuando me vio en el umbral de su casa.

—¡Va a matar a mamá!— me dijo llorando.

Me di la vuelta y pedí a mi mujer que sacara a los dos niños de la casa y los llevara a la mía.

Me adentré en la casa y me dirigí a la habitación de la que salían los gritos. La puerta estaba abierta y pude ver que mientras ella, arrastrándose, intentaba meterse debajo de una cama, él le propinaba patadas en la cabeza mientras le gritaba.

Él no me vio llegar; estaba encolerizado. Le agarre del brazo y de un tirón le saque de la habitación. Por un momento pensé que iba a intentar pegarme, pero se quedó en shock. Me miraba cómo quien ve a un fantasma.

Le dije que saliera de la casa. Empezó a balbucear explicaciones sobre porque estaba haciendo aquello. Aunque no le presté mucha atención, me dijo que ella le había puesto los cuernos con un compañero de trabajo o algo así.

En este tipo de situaciones no suelo ser muy amable, pero me comporte como un caballero. Le acompañé al salón y le repetí que se largara. El sabía que en el patio estaban los vecinos esperándole y empezó a ponerse nervioso. La gota que colmo su vaso fue escuchar como mi mujer, en el umbral de su casa, llamaba a la Guardia Civil.

Se acercó a ella corriendo e intento quitarle el móvil. Ahí es cuando agotó mi paciencia.

Le cogí de la pechera, le recordé que era mi mujer, y le advertí que si volvía a acercarse a ella le arrancaba las putas tripas. No hizo falta decir más. Salió al patio y tras esquivar a los vecinos que le querían linchar, abrió la puerta que daba a la calle y echó a correr.

Llevamos a la mujer a mí casa y le curamos las heridas. Le había dejado la cara cómo un cuadro. Sangraba por la nariz, le había roto el labio, las cejas...

Cuando la Guardia Civil llegó, le tomó declaración pero ella se negó a denunciar. Y aunque él estuvo semanas sin aparecer por allí, un día le volví a ver salir de su casa, habían retomado su relación.

Desde aquel día ella me esquivaba en las zonas comunes. Los niños dejaron de hablarme cuando me veían y él agachaba las orejas cada vez que nos cruzábamos.

Una tarde, llamaron a mi puerta y al abrir vi que quien tocaba era la niña.

—Dice mi madre que no te vuelvas a meter en su vida— me soltó.

Me quedé a cuadros.

—Vale. Dile que no volverá a pasar— le respondí.

Jamás volví a hablar con ningún miembro de la familia y ni que decir tiene que nadie me agradeció nada de lo que hice aquella noche.

Aprendí una valiosa lección. Y es que a veces es imposible sacar a ciertas personas de sus cárceles psicológicas. Hasta que les perdí la pista siguieron siendo pareja. Y si hoy sigue viva, le deseo lo mejor.

Resumen: A veces es mejor no meterte donde no te llaman, aunque creas que es tu deber.
Bonita historia, aunque todo depende, a veces sí y a veces no, pero te doy la razón
 
Sin duda la rabia es mas poderosa que los musculos en muchos casos…..la clave es dar la primera hostia.

Lastima que en terminos legales el que suelta la primera hostia luego suele ser el culpable
Además, viendo la actitud de ella después, seguramente se habría puesto de su parte.
 
Bonita historia, aunque todo depende, a veces sí y a veces no, pero te doy la razón
Yo creo que habiendo niños siempre hay que tomar cartas en el asunto.
 
Cuando decidí irme a vivir con la que hoy es mi actual mujer, lo hicimos de alquiler. Buscamos unas cuantas casas y nos decidimos por un pisito en una pequeña urbanización cerrada que parecía un encanto. Había piscina, garajes, trasteros... Un pequeño paraíso para nosotros.

Aquel año de mi vida fue un infierno.

Algún día relataré todo lo que allí viví. Hoy solo quiero contar una pequeña anécdota que me ocurrió.

La urbanización tenía un patio central en el que los vecinos más allegados nos juntábamos para celebrar cumpleaños, montar barbacoas improvisadas o simplemente para emborracharnos hasta perder la conciencia.

Una noche, borrachos como cubas y armando la Marimorena, vimos como entraba al patio desde los garajes una familia que llevaba allí pocas semanas viviendo.

El era un cani alto y fuerte de unos 27 años. Ella tendría la misma edad y era menudita. Una mujer muy callada que apenas nos dirigía la palabra. Tenían dos hijos, fruto de una anterior relación de ella.

Me extrañó que los niños vinieran llorando. Eran un niño y una niña muy majetes de unos ocho o diez años.

Entendí el porque, cuando al abrir la puerta de su hogar, el hombre (por llamarlo de alguna forma) golpeó a la mujer en la cara con violencia, y arrastrando su cuerpo por el suelo la introdujo en la casa. Cerro de un portazo.

Las guitarras y los cajones flamencos dejaron de sonar. Todos nos mirábamos atónitos. Mire a mí mujer perplejo y le dije: tengo que ir. Ella asintió.

Me acerqué a la puerta y llamé con los nudillos. Oía gritos, pero no me abrían. Insistí con más fuerza y al fin la puerta se entorno.

Nunca se me va a olvidar la cara y las palabras de niño cuando me vio en el umbral de su casa.

—¡Va a matar a mamá!— me dijo llorando.

Me di la vuelta y pedí a mi mujer que sacara a los dos niños de la casa y los llevara a la mía.

Me adentré en la casa y me dirigí a la habitación de la que salían los gritos. La puerta estaba abierta y pude ver que mientras ella, arrastrándose, intentaba meterse debajo de una cama, él le propinaba patadas en la cabeza mientras le gritaba.

Él no me vio llegar; estaba encolerizado. Le agarre del brazo y de un tirón le saque de la habitación. Por un momento pensé que iba a intentar pegarme, pero se quedó en shock. Me miraba cómo quien ve a un fantasma.

Le dije que saliera de la casa. Empezó a balbucear explicaciones sobre porque estaba haciendo aquello. Aunque no le presté mucha atención, me dijo que ella le había puesto los cuernos con un compañero de trabajo o algo así.

En este tipo de situaciones no suelo ser muy amable, pero me comporte como un caballero. Le acompañé al salón y le repetí que se largara. El sabía que en el patio estaban los vecinos esperándole y empezó a ponerse nervioso. La gota que colmo su vaso fue escuchar como mi mujer, en el umbral de su casa, llamaba a la Guardia Civil.

Se acercó a ella corriendo e intento quitarle el móvil. Ahí es cuando agotó mi paciencia.

Le cogí de la pechera, le recordé que era mi mujer, y le advertí que si volvía a acercarse a ella le arrancaba las putas tripas. No hizo falta decir más. Salió al patio y tras esquivar a los vecinos que le querían linchar, abrió la puerta que daba a la calle y echó a correr.

Llevamos a la mujer a mí casa y le curamos las heridas. Le había dejado la cara cómo un cuadro. Sangraba por la nariz, le había roto el labio, las cejas...

Cuando la Guardia Civil llegó, le tomó declaración pero ella se negó a denunciar. Y aunque él estuvo semanas sin aparecer por allí, un día le volví a ver salir de su casa, habían retomado su relación.

Desde aquel día ella me esquivaba en las zonas comunes. Los niños dejaron de hablarme cuando me veían y él agachaba las orejas cada vez que nos cruzábamos.

Una tarde, llamaron a mi puerta y al abrir vi que quien tocaba era la niña.

—Dice mi madre que no te vuelvas a meter en su vida— me soltó.

Me quedé a cuadros.

—Vale. Dile que no volverá a pasar— le respondí.

Jamás volví a hablar con ningún miembro de la familia y ni que decir tiene que nadie me agradeció nada de lo que hice aquella noche.

Aprendí una valiosa lección. Y es que a veces es imposible sacar a ciertas personas de sus cárceles psicológicas. Hasta que les perdí la pista siguieron siendo pareja. Y si hoy sigue viva, le deseo lo mejor.

Resumen: A veces es mejor no meterte donde no te llaman, aunque creas que es tu deber.
Es real o ficticio? No me cuadra que si el tío era alto, fuerte y maltratador, se achantara. Según los casos mediáticos suelen atacar a cualquiera que se meta.

Y me ha decepcionado tu "lo ziento muchdo no volveda a ocudid" y lo de desearle lo mejor :Facepalm:
 
Es real o ficticio? No me cuadra que si el tío era alto, fuerte y maltratador, se achantara. Según los casos mediáticos suelen atacar a cualquiera que se meta.

Y me ha decepcionado tu "lo ziento muchdo no volveda a ocudid" y lo de desearle lo mejor :Facepalm:
Es real. Se achanto porque el mismo se dió cuenta que lo que estaba haciendo era de ser muy poco hombre. Encima delante de unos niños que seguro que le admiraban. Y claro que le deseo que le vaya bien, esa chica tenía más miedo que vergüenza, por eso se comporto así.
 
Es real. Se achanto porque el mismo se dió cuenta que lo que estaba haciendo era de ser muy poco hombre. Encima delante de unos niños que seguro que le admiraban. Y claro que le deseo que le vaya bien, esa chica tenía más miedo que vergüenza, por eso se comporto así.
Te insulto el de arriba mas o menos eh…

Pillo sitio

:palomitas:
 
Las relaciones entre canis son otro mundo, en una relación normal te lo hubieran agradecido
 
—Dice mi madre que no te vuelvas a meter en su vida.
—Dile a tu mami que los ataúdes son muy caros.
 
Cuando decidí irme a vivir con la que hoy es mi actual mujer, lo hicimos de alquiler. Buscamos unas cuantas casas y nos decidimos por un pisito en una pequeña urbanización cerrada que parecía un encanto. Había piscina, garajes, trasteros... Un pequeño paraíso para nosotros.

Aquel año de mi vida fue un infierno.

Algún día relataré todo lo que allí viví. Hoy solo quiero contar una pequeña anécdota que me ocurrió.

La urbanización tenía un patio central en el que los vecinos más allegados nos juntábamos para celebrar cumpleaños, montar barbacoas improvisadas o simplemente para emborracharnos hasta perder la conciencia.

Una noche, borrachos como cubas y armando la Marimorena, vimos como entraba al patio desde los garajes una familia que llevaba allí pocas semanas viviendo.

El era un cani alto y fuerte de unos 27 años. Ella tendría la misma edad y era menudita. Una mujer muy callada que apenas nos dirigía la palabra. Tenían dos hijos, fruto de una anterior relación de ella.

Me extrañó que los niños vinieran llorando. Eran un niño y una niña muy majetes de unos ocho o diez años.

Entendí el porque, cuando al abrir la puerta de su hogar, el hombre (por llamarlo de alguna forma) golpeó a la mujer en la cara con violencia, y arrastrando su cuerpo por el suelo la introdujo en la casa. Cerro de un portazo.

Las guitarras y los cajones flamencos dejaron de sonar. Todos nos mirábamos atónitos. Mire a mí mujer perplejo y le dije: tengo que ir. Ella asintió.

Me acerqué a la puerta y llamé con los nudillos. Oía gritos, pero no me abrían. Insistí con más fuerza y al fin la puerta se entorno.

Nunca se me va a olvidar la cara y las palabras de niño cuando me vio en el umbral de su casa.

—¡Va a matar a mamá!— me dijo llorando.

Me di la vuelta y pedí a mi mujer que sacara a los dos niños de la casa y los llevara a la mía.

Me adentré en la casa y me dirigí a la habitación de la que salían los gritos. La puerta estaba abierta y pude ver que mientras ella, arrastrándose, intentaba meterse debajo de una cama, él le propinaba patadas en la cabeza mientras le gritaba.

Él no me vio llegar; estaba encolerizado. Le agarre del brazo y de un tirón le saque de la habitación. Por un momento pensé que iba a intentar pegarme, pero se quedó en shock. Me miraba cómo quien ve a un fantasma.

Le dije que saliera de la casa. Empezó a balbucear explicaciones sobre porque estaba haciendo aquello. Aunque no le presté mucha atención, me dijo que ella le había puesto los cuernos con un compañero de trabajo o algo así.

En este tipo de situaciones no suelo ser muy amable, pero me comporte como un caballero. Le acompañé al salón y le repetí que se largara. El sabía que en el patio estaban los vecinos esperándole y empezó a ponerse nervioso. La gota que colmo su vaso fue escuchar como mi mujer, en el umbral de su casa, llamaba a la Guardia Civil.

Se acercó a ella corriendo e intento quitarle el móvil. Ahí es cuando agotó mi paciencia.

Le cogí de la pechera, le recordé que era mi mujer, y le advertí que si volvía a acercarse a ella le arrancaba las putas tripas. No hizo falta decir más. Salió al patio y tras esquivar a los vecinos que le querían linchar, abrió la puerta que daba a la calle y echó a correr.

Llevamos a la mujer a mí casa y le curamos las heridas. Le había dejado la cara cómo un cuadro. Sangraba por la nariz, le había roto el labio, las cejas...

Cuando la Guardia Civil llegó, le tomó declaración pero ella se negó a denunciar. Y aunque él estuvo semanas sin aparecer por allí, un día le volví a ver salir de su casa, habían retomado su relación.

Desde aquel día ella me esquivaba en las zonas comunes. Los niños dejaron de hablarme cuando me veían y él agachaba las orejas cada vez que nos cruzábamos.

Una tarde, llamaron a mi puerta y al abrir vi que quien tocaba era la niña.

—Dice mi madre que no te vuelvas a meter en su vida— me soltó.

Me quedé a cuadros.

—Vale. Dile que no volverá a pasar— le respondí.

Jamás volví a hablar con ningún miembro de la familia y ni que decir tiene que nadie me agradeció nada de lo que hice aquella noche.

Aprendí una valiosa lección. Y es que a veces es imposible sacar a ciertas personas de sus cárceles psicológicas. Hasta que les perdí la pista siguieron siendo pareja. Y si hoy sigue viva, le deseo lo mejor.

Resumen: A veces es mejor no meterte donde no te llaman, aunque creas que es tu deber.
Hiciste lo que se podría esperar de cualquier ciudadano. Me siento orgulloso de compartir foro contigo. Algunas veces he visto situaciones como las que tu narras. Sí no hay un "click" en la mente de esas mujeres no hay mucho más que hacer. Tienen las herramientas a su disposición, una pena que en este caso no las usen.
 
Ahora en serio, casi agrede a tu señora, no es un problema ajeno.

Y ahí no hay cárcel psicológica que valga. Tu mano testificará a tu favor si le partes la cara.

Pero sí, pasó hace mucho y aprendiste. Yo hubiera hecho lo mismo, para bien y para mal. Olé por tus testículos.
 
—Dice mi madre que no te vuelvas a meter en su vida.
—Dile a tu mami que los ataúdes son muy caros.
La niña era un amor. Me da pena que tuviese que caer en esa mierda de familia.
 
Ahora en serio, casi agrede a tu señora, no es un problema ajeno.

Y ahí no hay cárcel psicológica que valga. Testificará a tu favor si le partes la cara.

Pero sí, pasó hace mucho y aprendiste. Yo hubiera hecho lo mismo, para bien y para mal. Olé por tus testículos.
Si hubiese tocado a mí mujer le entierro yo mismo, eso te lo aseguro.
 
Cuando decidí irme a vivir con la que hoy es mi actual mujer, lo hicimos de alquiler. Buscamos unas cuantas casas y nos decidimos por un pisito en una pequeña urbanización cerrada que parecía un encanto. Había piscina, garajes, trasteros... Un pequeño paraíso para nosotros.

Aquel año de mi vida fue un infierno.

Algún día relataré todo lo que allí viví. Hoy solo quiero contar una pequeña anécdota que me ocurrió.

La urbanización tenía un patio central en el que los vecinos más allegados nos juntábamos para celebrar cumpleaños, montar barbacoas improvisadas o simplemente para emborracharnos hasta perder la conciencia.

Una noche, borrachos como cubas y armando la Marimorena, vimos como entraba al patio desde los garajes una familia que llevaba allí pocas semanas viviendo.

El era un cani alto y fuerte de unos 27 años. Ella tendría la misma edad y era menudita. Una mujer muy callada que apenas nos dirigía la palabra. Tenían dos hijos, fruto de una anterior relación de ella.

Me extrañó que los niños vinieran llorando. Eran un niño y una niña muy majetes de unos ocho o diez años.

Entendí el porque, cuando al abrir la puerta de su hogar, el hombre (por llamarlo de alguna forma) golpeó a la mujer en la cara con violencia, y arrastrando su cuerpo por el suelo la introdujo en la casa. Cerro de un portazo.

Las guitarras y los cajones flamencos dejaron de sonar. Todos nos mirábamos atónitos. Mire a mí mujer perplejo y le dije: tengo que ir. Ella asintió.

Me acerqué a la puerta y llamé con los nudillos. Oía gritos, pero no me abrían. Insistí con más fuerza y al fin la puerta se entorno.

Nunca se me va a olvidar la cara y las palabras de niño cuando me vio en el umbral de su casa.

—¡Va a matar a mamá!— me dijo llorando.

Me di la vuelta y pedí a mi mujer que sacara a los dos niños de la casa y los llevara a la mía.

Me adentré en la casa y me dirigí a la habitación de la que salían los gritos. La puerta estaba abierta y pude ver que mientras ella, arrastrándose, intentaba meterse debajo de una cama, él le propinaba patadas en la cabeza mientras le gritaba.

Él no me vio llegar; estaba encolerizado. Le agarre del brazo y de un tirón le saque de la habitación. Por un momento pensé que iba a intentar pegarme, pero se quedó en shock. Me miraba cómo quien ve a un fantasma.

Le dije que saliera de la casa. Empezó a balbucear explicaciones sobre porque estaba haciendo aquello. Aunque no le presté mucha atención, me dijo que ella le había puesto los cuernos con un compañero de trabajo o algo así.

En este tipo de situaciones no suelo ser muy amable, pero me comporte como un caballero. Le acompañé al salón y le repetí que se largara. El sabía que en el patio estaban los vecinos esperándole y empezó a ponerse nervioso. La gota que colmo su vaso fue escuchar como mi mujer, en el umbral de su casa, llamaba a la Guardia Civil.

Se acercó a ella corriendo e intento quitarle el móvil. Ahí es cuando agotó mi paciencia.

Le cogí de la pechera, le recordé que era mi mujer, y le advertí que si volvía a acercarse a ella le arrancaba las putas tripas. No hizo falta decir más. Salió al patio y tras esquivar a los vecinos que le querían linchar, abrió la puerta que daba a la calle y echó a correr.

Llevamos a la mujer a mí casa y le curamos las heridas. Le había dejado la cara cómo un cuadro. Sangraba por la nariz, le había roto el labio, las cejas...

Cuando la Guardia Civil llegó, le tomó declaración pero ella se negó a denunciar. Y aunque él estuvo semanas sin aparecer por allí, un día le volví a ver salir de su casa, habían retomado su relación.

Desde aquel día ella me esquivaba en las zonas comunes. Los niños dejaron de hablarme cuando me veían y él agachaba las orejas cada vez que nos cruzábamos.

Una tarde, llamaron a mi puerta y al abrir vi que quien tocaba era la niña.

—Dice mi madre que no te vuelvas a meter en su vida— me soltó.

Me quedé a cuadros.

—Vale. Dile que no volverá a pasar— le respondí.

Jamás volví a hablar con ningún miembro de la familia y ni que decir tiene que nadie me agradeció nada de lo que hice aquella noche.

Aprendí una valiosa lección. Y es que a veces es imposible sacar a ciertas personas de sus cárceles psicológicas. Hasta que les perdí la pista siguieron siendo pareja. Y si hoy sigue viva, le deseo lo mejor.

Resumen: A veces es mejor no meterte donde no te llaman, aunque creas que es tu deber.
buenas shur lo primero bien hecho ante estos casos hay que actuar aunque luego veas que ella vuelve con el agresor pero bueno te digo que es digamos parte del proceso, es como el que acepta la muerte de una persona cercana pasa por unas fases que por narices es asi (negacion, culpa, tristeza, aceptacion etc). En el caso de las mujeres victimas de violencia de genero pasa muy muy parecido, el siguiente paso sera aceptar que su pareja es asi y que no va a cambiar entonces ahi es cuando cambiaran las cosas.
 
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