Filosofía El abismo

The Abyss

Shurmano Platino
Nº Ranking
765
Shurmano Nº
14849
Desde
11 Mar 2025
Mensajes
23
Reacciones
610
El abismo no es un lugar: es una forma de lucidez.
No se abre bajo nuestros pies; nos habita desde antes de que aprendamos a nombrarlo. Hay quienes pasan por la vida rozándolo sin saberlo, protegidos por una costra de distracciones, pequeñas esperanzas domésticas, rutinas que anestesian. Pero basta un instante —una pérdida, una enfermedad, una noche demasiado larga— para que esa superficie se resquebraje y asome lo que siempre estuvo ahí: el fondo sin fondo.

No es el dolor lo que define el abismo, sino su desnudez.
El dolor aún conserva un vestigio de sentido, una dirección, incluso una promesa de final. El abismo, en cambio, es la abolición de toda narrativa. No conduce a nada, no enseña nada, no redime.
Es la experiencia de un sufrimiento que no se deja domesticar por ninguna explicación.
Cuando uno cae en él, no aprende: se despoja. Y lo que queda no es sabiduría, sino una claridad estéril, como la de quien contempla un paisaje después del incendio.

La vida, vista desde ahí, pierde su carácter de proyecto.
Todo esfuerzo se vuelve sospechoso.
Toda ilusión se vuelve un mecanismo de defensa.
¿Para qué construir, si todo desemboca en la misma disolución?
Sin embargo, lo verdaderamente insoportable no es la certeza de la muerte, sino la persistencia de la vida. Continuar, a pesar de haber visto demasiado. Respirar, aún sabiendo que cada inhalación es una prórroga sin justificación.

Hay en el abismo una tentación de pureza. Despojado de las mentiras útiles, el espíritu se encuentra consigo mismo en un estado casi mineral.
Sin embargo, esa pureza es inhabitable.
Nadie puede permanecer demasiado tiempo en ella sin desintegrarse. Por eso regresamos —si es que regresamos— a las pequeñas ficciones: el afecto, la costumbre, incluso el tedio. No porque las creamos verdaderas, sino porque son soportables.

El horror esencial no es que la vida duela, sino que carezca de un porqué que justifique ese dolor. El sufrimiento se vuelve obsceno cuando no responde a ningún orden, cuando no puede ser integrado en ninguna totalidad.
Entonces ya no es una prueba ni un tránsito, sino una exposición: la de un ser arrojado a existir sin haber sido consultado.
Y, sin embargo, hay algo en nosotros que se resiste a concluir. Una inercia, una terquedad biológica que nos empuja a seguir, incluso cuando toda razón ha sido desmantelada. Quizá ésa sea la última ironía: que el abismo no nos destruya de inmediato, sino que nos obligue a convivir con él, a llevarlo dentro como una herida que no sangra pero tampoco cicatriza.

Vivir, entonces, se parece a caminar al borde de algo que no puede verse del todo, pero cuya presencia se intuye en cada paso.
Algunos lo olvidan.
Otros lo niegan.
Y unos pocos lo reconocen y, aun así, continúan.
No por valentía, ni por esperanza, sino por una fidelidad oscura a esa misma experiencia que los desgarra.

El abismo no exige ser comprendido.
Sólo ser soportado.
Y en ese acto, silencioso y absurdo, se consuma toda la tragedia —y quizá, de forma perversa, toda la dignidad— de estar vivos.
 
El abismo no es un lugar: es una forma de lucidez.
No se abre bajo nuestros pies; nos habita desde antes de que aprendamos a nombrarlo. Hay quienes pasan por la vida rozándolo sin saberlo, protegidos por una costra de distracciones, pequeñas esperanzas domésticas, rutinas que anestesian. Pero basta un instante —una pérdida, una enfermedad, una noche demasiado larga— para que esa superficie se resquebraje y asome lo que siempre estuvo ahí: el fondo sin fondo.

No es el dolor lo que define el abismo, sino su desnudez.
El dolor aún conserva un vestigio de sentido, una dirección, incluso una promesa de final. El abismo, en cambio, es la abolición de toda narrativa. No conduce a nada, no enseña nada, no redime.
Es la experiencia de un sufrimiento que no se deja domesticar por ninguna explicación.
Cuando uno cae en él, no aprende: se despoja. Y lo que queda no es sabiduría, sino una claridad estéril, como la de quien contempla un paisaje después del incendio.

La vida, vista desde ahí, pierde su carácter de proyecto.
Todo esfuerzo se vuelve sospechoso.
Toda ilusión se vuelve un mecanismo de defensa.
¿Para qué construir, si todo desemboca en la misma disolución?
Sin embargo, lo verdaderamente insoportable no es la certeza de la muerte, sino la persistencia de la vida. Continuar, a pesar de haber visto demasiado. Respirar, aún sabiendo que cada inhalación es una prórroga sin justificación.

Hay en el abismo una tentación de pureza. Despojado de las mentiras útiles, el espíritu se encuentra consigo mismo en un estado casi mineral.
Sin embargo, esa pureza es inhabitable.
Nadie puede permanecer demasiado tiempo en ella sin desintegrarse. Por eso regresamos —si es que regresamos— a las pequeñas ficciones: el afecto, la costumbre, incluso el tedio. No porque las creamos verdaderas, sino porque son soportables.

El horror esencial no es que la vida duela, sino que carezca de un porqué que justifique ese dolor. El sufrimiento se vuelve obsceno cuando no responde a ningún orden, cuando no puede ser integrado en ninguna totalidad.
Entonces ya no es una prueba ni un tránsito, sino una exposición: la de un ser arrojado a existir sin haber sido consultado.
Y, sin embargo, hay algo en nosotros que se resiste a concluir. Una inercia, una terquedad biológica que nos empuja a seguir, incluso cuando toda razón ha sido desmantelada. Quizá ésa sea la última ironía: que el abismo no nos destruya de inmediato, sino que nos obligue a convivir con él, a llevarlo dentro como una herida que no sangra pero tampoco cicatriza.

Vivir, entonces, se parece a caminar al borde de algo que no puede verse del todo, pero cuya presencia se intuye en cada paso.
Algunos lo olvidan.
Otros lo niegan.
Y unos pocos lo reconocen y, aun así, continúan.
No por valentía, ni por esperanza, sino por una fidelidad oscura a esa misma experiencia que los desgarra.

El abismo no exige ser comprendido.
Sólo ser soportado.
Y en ese acto, silencioso y absurdo, se consuma toda la tragedia —y quizá, de forma perversa, toda la dignidad— de estar vivos.
¿Qué punto la incertidumbre da cierto "gustirrinín"? ¿Qué punto puede llegar a provocar ansiedad?
¿¿¿Un indígena que caza hoy, pero mañana tal vez se tiene que comer un mango.....tiene menos ansiedad que un repartidor con la furgoneta en una ciudad grande????
Un cordial saludo.
 
El abismo no es un lugar: es una forma de lucidez.
No se abre bajo nuestros pies; nos habita desde antes de que aprendamos a nombrarlo. Hay quienes pasan por la vida rozándolo sin saberlo, protegidos por una costra de distracciones, pequeñas esperanzas domésticas, rutinas que anestesian. Pero basta un instante —una pérdida, una enfermedad, una noche demasiado larga— para que esa superficie se resquebraje y asome lo que siempre estuvo ahí: el fondo sin fondo.

No es el dolor lo que define el abismo, sino su desnudez.
El dolor aún conserva un vestigio de sentido, una dirección, incluso una promesa de final. El abismo, en cambio, es la abolición de toda narrativa. No conduce a nada, no enseña nada, no redime.
Es la experiencia de un sufrimiento que no se deja domesticar por ninguna explicación.
Cuando uno cae en él, no aprende: se despoja. Y lo que queda no es sabiduría, sino una claridad estéril, como la de quien contempla un paisaje después del incendio.

La vida, vista desde ahí, pierde su carácter de proyecto.
Todo esfuerzo se vuelve sospechoso.
Toda ilusión se vuelve un mecanismo de defensa.
¿Para qué construir, si todo desemboca en la misma disolución?
Sin embargo, lo verdaderamente insoportable no es la certeza de la muerte, sino la persistencia de la vida. Continuar, a pesar de haber visto demasiado. Respirar, aún sabiendo que cada inhalación es una prórroga sin justificación.

Hay en el abismo una tentación de pureza. Despojado de las mentiras útiles, el espíritu se encuentra consigo mismo en un estado casi mineral.
Sin embargo, esa pureza es inhabitable.
Nadie puede permanecer demasiado tiempo en ella sin desintegrarse. Por eso regresamos —si es que regresamos— a las pequeñas ficciones: el afecto, la costumbre, incluso el tedio. No porque las creamos verdaderas, sino porque son soportables.

El horror esencial no es que la vida duela, sino que carezca de un porqué que justifique ese dolor. El sufrimiento se vuelve obsceno cuando no responde a ningún orden, cuando no puede ser integrado en ninguna totalidad.
Entonces ya no es una prueba ni un tránsito, sino una exposición: la de un ser arrojado a existir sin haber sido consultado.
Y, sin embargo, hay algo en nosotros que se resiste a concluir. Una inercia, una terquedad biológica que nos empuja a seguir, incluso cuando toda razón ha sido desmantelada. Quizá ésa sea la última ironía: que el abismo no nos destruya de inmediato, sino que nos obligue a convivir con él, a llevarlo dentro como una herida que no sangra pero tampoco cicatriza.

Vivir, entonces, se parece a caminar al borde de algo que no puede verse del todo, pero cuya presencia se intuye en cada paso.
Algunos lo olvidan.
Otros lo niegan.
Y unos pocos lo reconocen y, aun así, continúan.
No por valentía, ni por esperanza, sino por una fidelidad oscura a esa misma experiencia que los desgarra.

El abismo no exige ser comprendido.
Sólo ser soportado.
Y en ese acto, silencioso y absurdo, se consuma toda la tragedia —y quizá, de forma perversa, toda la dignidad— de estar vivos.
Muy Nihilista. Pero es una reflexión. Lo que caracteriza a los humanos es pelear aunque paresca que no sirva para nada.
 
Hay una forma de martirio que no necesita clavos ni verdugos: basta con ser consciente.
El ser humano no fue expulsado del paraíso; fue condenado a contemplarlo desde fuera, con una lucidez que le impide volver y una memoria que le impide olvidarlo.
Ésa es su cruz: no la carne que sufre, sino la mente que no cesa de mirarse sufrir.

Mientras el animal vive, el humano se observa viviendo.
Y en esa duplicación se abre una grieta insalvable.
La existencia, que en otros seres fluye sin resistencia, en nosotros se detiene, se interroga, se descompone en preguntas sin respuesta. No basta con respirar: hay que saber que se respira. No basta con sentir: hay que registrar cada matiz, cada sombra, cada fisura de lo sentido.
Así, lo inmediato se vuelve insoportable, porque nunca es sólo inmediato: siempre está atravesado por la conciencia de sí mismo.
Esa hipertrofia del YO no es un privilegio, sino una enfermedad sin cura.
El ser humano se ha vuelto demasiado grande para la vida que le ha sido asignada.
Su interior desborda cualquier circunstancia, cualquier instante. Ningún placer es suficiente, porque siempre hay una instancia que lo examina, que lo mide, que lo reduce a su carácter efímero. Ningún dolor es puro, porque siempre hay una voz que lo amplifica, que lo analiza hasta volverlo interminable.
El YO es un juez que no absuelve, pero tampoco ejecuta, sino que condena a una pena sin desenlace.

La crucifixión no ocurre en un momento excepcional, es continua.
Cada pensamiento es un golpe de martillo, cada recuerdo una espina que se hunde un poco más. El tiempo, lejos de aliviar, agrava la herida, porque añade capas de memoria a lo ya vivido. No hay redención en el paso de los días, sino acumulación.
El individuo no envejece: se carga de sí mismo.
Y, sin embargo, no puede renunciar a esa carga.
La consciencia, que lo hiere, es también lo único que lo constituye.
Renunciar a ella sería disolverse en la indiferencia de lo vivo, pero abrazarla plenamente es aceptar una forma de tortura lúcida. Entre la inconsciencia y la lucidez no hay equilibrio posible: únicamente oscilaciones, treguas breves, distracciones que funcionan como vendajes sobre una herida que no deja de supurar.

Hay quienes intentan escapar a través de constructos mentales, de creencias, de promesas de sentido.
Pero toda construcción se revela, tarde o temprano, como un andamiaje precario frente a la vastedad de la experiencia interior. Ninguna fe soporta una conciencia que se observa a sí misma con suficiente insistencia. Ninguna narrativa resiste el desgaste de quien la examina desde dentro. El hombre no solo duda del mundo: duda de su propia capacidad de creer.
En esa intemperie, la vida adquiere un carácter penitente.
No se trata de expiar una culpa concreta, sino de sostener una condición. Existir es ya una forma de exceso, una anomalía que se paga con la vigilancia constante de uno mismo. El YO, lejos de ser refugio, es la estructura misma del suplicio. No hay exterior al que huir, porque todo ocurre dentro, en ese espacio saturado de percepciones, de pensamientos que se replican hasta el agotamiento.
Y, sin embargo, el humano continúa.
No por esperanza, ni siquiera por costumbre, sino por una inercia más profunda que cualquier idea. Algo en él persiste, incluso cuando todo ha sido desmantelado por la lucidez.
Quizá esa persistencia sea la última forma de resistencia: no la negación del sufrimiento, sino su aceptación sin consuelo.

Vivir, entonces, se parece a permanecer clavado en una cruz que no se ve, expuesto a una claridad que no ilumina, sino que desgasta.
No hay espectadores, no hay relato que dignifique la escena: sólo una conciencia que se contempla a sí misma en su propio desgarro, incapaz de apartar la mirada.
La tragedia no es haber sido crucificado, sino no poder morir en esa cruz.
Permanecer, indefinidamente, en un estado de lucidez que no salva ni destruye, que exclusivamente se prolonga.
Ésa es la condena: no el sufrimiento en sí, sino su continuidad sin sentido.
Y, sin embargo, en ese permanecer sin justificación se insinúa una forma mínima, casi imperceptible, de dignidad. No la del héroe ni la del mártir, sino la del ser que, sabiendo demasiado, no se retira. Que sostiene su propia conciencia, aunque ésta lo despedace. Que no encuentra consuelo, pero tampoco lo mendiga.

Quizá no haya nada más humano que esa obstinación absurda: seguir habitando una mente que no concede descanso, seguir mirando un mundo que no responde.
Seguir siendo, a pesar de haber comprendido que ser es, en última instancia, una herida que se piensa a sí misma.
 
Última edición:
El abismo no es un lugar: es una forma de lucidez.
No se abre bajo nuestros pies; nos habita desde antes de que aprendamos a nombrarlo. Hay quienes pasan por la vida rozándolo sin saberlo, protegidos por una costra de distracciones, pequeñas esperanzas domésticas, rutinas que anestesian. Pero basta un instante —una pérdida, una enfermedad, una noche demasiado larga— para que esa superficie se resquebraje y asome lo que siempre estuvo ahí: el fondo sin fondo.

No es el dolor lo que define el abismo, sino su desnudez.
El dolor aún conserva un vestigio de sentido, una dirección, incluso una promesa de final. El abismo, en cambio, es la abolición de toda narrativa. No conduce a nada, no enseña nada, no redime.
Es la experiencia de un sufrimiento que no se deja domesticar por ninguna explicación.
Cuando uno cae en él, no aprende: se despoja. Y lo que queda no es sabiduría, sino una claridad estéril, como la de quien contempla un paisaje después del incendio.

La vida, vista desde ahí, pierde su carácter de proyecto.
Todo esfuerzo se vuelve sospechoso.
Toda ilusión se vuelve un mecanismo de defensa.
¿Para qué construir, si todo desemboca en la misma disolución?
Sin embargo, lo verdaderamente insoportable no es la certeza de la muerte, sino la persistencia de la vida. Continuar, a pesar de haber visto demasiado. Respirar, aún sabiendo que cada inhalación es una prórroga sin justificación.

Hay en el abismo una tentación de pureza. Despojado de las mentiras útiles, el espíritu se encuentra consigo mismo en un estado casi mineral.
Sin embargo, esa pureza es inhabitable.
Nadie puede permanecer demasiado tiempo en ella sin desintegrarse. Por eso regresamos —si es que regresamos— a las pequeñas ficciones: el afecto, la costumbre, incluso el tedio. No porque las creamos verdaderas, sino porque son soportables.

El horror esencial no es que la vida duela, sino que carezca de un porqué que justifique ese dolor. El sufrimiento se vuelve obsceno cuando no responde a ningún orden, cuando no puede ser integrado en ninguna totalidad.
Entonces ya no es una prueba ni un tránsito, sino una exposición: la de un ser arrojado a existir sin haber sido consultado.
Y, sin embargo, hay algo en nosotros que se resiste a concluir. Una inercia, una terquedad biológica que nos empuja a seguir, incluso cuando toda razón ha sido desmantelada. Quizá ésa sea la última ironía: que el abismo no nos destruya de inmediato, sino que nos obligue a convivir con él, a llevarlo dentro como una herida que no sangra pero tampoco cicatriza.

Vivir, entonces, se parece a caminar al borde de algo que no puede verse del todo, pero cuya presencia se intuye en cada paso.
Algunos lo olvidan.
Otros lo niegan.
Y unos pocos lo reconocen y, aun así, continúan.
No por valentía, ni por esperanza, sino por una fidelidad oscura a esa misma experiencia que los desgarra.

El abismo no exige ser comprendido.
Sólo ser soportado.
Y en ese acto, silencioso y absurdo, se consuma toda la tragedia —y quizá, de forma perversa, toda la dignidad— de estar vivos.
Y, por esto amigos, me voy a ir a repartir pins por el mundo.

Me ha encantado!! Gracias ❤️❤️❤️
 
Hay una forma de martirio que no necesita clavos ni verdugos: basta con ser consciente.
El ser humano no fue expulsado del paraíso; fue condenado a contemplarlo desde fuera, con una lucidez que le impide volver y una memoria que le impide olvidarlo.
Ésa es su cruz: no la carne que sufre, sino la mente que no cesa de mirarse sufrir.

Mientras el animal vive, el humano se observa viviendo.
Y en esa duplicación se abre una grieta insalvable.
La existencia, que en otros seres fluye sin resistencia, en nosotros se detiene, se interroga, se descompone en preguntas sin respuesta. No basta con respirar: hay que saber que se respira. No basta con sentir: hay que registrar cada matiz, cada sombra, cada fisura de lo sentido.
Así, lo inmediato se vuelve insoportable, porque nunca es sólo inmediato: siempre está atravesado por la conciencia de sí mismo.
Esa hipertrofia del YO no es un privilegio, sino una enfermedad sin cura.
El humano se ha vuelto demasiado grande para la vida que le ha sido asignada.
Su interior desborda cualquier circunstancia, cualquier instante. Ningún placer es suficiente, porque siempre hay una instancia que lo examina, que lo mide, que lo reduce a su carácter efímero. Ningún dolor es puro, porque siempre hay una voz que lo amplifica, que lo analiza hasta volverlo interminable.
El YO es un juez que no absuelve, pero tampoco ejecuta, sino que condena a una pena sin desenlace.

La crucifixión no ocurre en un momento excepcional, es continua.
Cada pensamiento es un golpe de martillo, cada recuerdo una espina que se hunde un poco más. El tiempo, lejos de aliviar, agrava la herida, porque añade capas de memoria a lo ya vivido. No hay redención en el paso de los días, sino acumulación.
El humano no envejece: se carga de sí mismo.
Y, sin embargo, no puede renunciar a esa carga.
La consciencia, que lo hiere, es también lo único que lo constituye.
Renunciar a ella sería disolverse en la indiferencia de lo vivo, pero abrazarla plenamente es aceptar una forma de tortura lúcida. Entre la inconsciencia y la lucidez no hay equilibrio posible: únicamente oscilaciones, treguas breves, distracciones que funcionan como vendajes sobre una herida que no deja de supurar.

Hay quienes intentan escapar a través de constructos mentales, de creencias, de promesas de sentido.
Pero toda construcción se revela, tarde o temprano, como un andamiaje precario frente a la vastedad de la experiencia interior. Ninguna fe soporta una conciencia que se observa a sí misma con suficiente insistencia. Ninguna narrativa resiste el desgaste de quien la examina desde dentro. El hombre no solo duda del mundo: duda de su propia capacidad de creer.
En esa intemperie, la vida adquiere un carácter penitente.
No se trata de expiar una culpa concreta, sino de sostener una condición. Existir es ya una forma de exceso, una anomalía que se paga con la vigilancia constante de uno mismo. El YO, lejos de ser refugio, es la estructura misma del suplicio. No hay exterior al que huir, porque todo ocurre dentro, en ese espacio saturado de percepciones, de pensamientos que se replican hasta el agotamiento.
Y, sin embargo, el humano continúa.
No por esperanza, ni siquiera por costumbre, sino por una inercia más profunda que cualquier idea. Algo en él persiste, incluso cuando todo ha sido desmantelado por la lucidez.
Quizá esa persistencia sea la última forma de resistencia: no la negación del sufrimiento, sino su aceptación sin consuelo.

Vivir, entonces, se parece a permanecer clavado en una cruz que no se ve, expuesto a una claridad que no ilumina, sino que desgasta.
No hay espectadores, no hay relato que dignifique la escena: sólo una conciencia que se contempla a sí misma en su propio desgarro, incapaz de apartar la mirada.
La tragedia no es haber sido crucificado, sino no poder morir en esa cruz.
Permanecer, indefinidamente, en un estado de lucidez que no salva ni destruye, que exclusivamente se prolonga.
Ésa es la condena: no el sufrimiento en sí, sino su continuidad sin sentido.
Y, sin embargo, en ese permanecer sin justificación se insinúa una forma mínima, casi imperceptible, de dignidad. No la del héroe ni la del mártir, sino la del ser que, sabiendo demasiado, no se retira. Que sostiene su propia conciencia, aunque ésta lo despedace. Que no encuentra consuelo, pero tampoco lo mendiga.

Quizá no haya nada más humano que esa obstinación absurda: seguir habitando una mente que no concede descanso, seguir mirando un mundo que no responde.
Seguir siendo, a pesar de haber comprendido que ser es, en última instancia, una herida que se piensa a sí misma.
Una condena a muerte.
 
Lo que yo me pregunto es si el universo tiende al mínmo de energia, es decir hacia la Entropia, ¿Porque se ha generado vida? ¿Con que finalidad el universo ha creado algú que consume demasiada energia? ¿Puede ser todo puro azar? Pero, ¿el puro azar puede hacer algo tan complehjo como la vida en las condiciones exactas de la situación de la tierra para que funcione? La pregunta es, ¿puede un reloj por azar unir todas sus piezas y funcionar o necesita de algo más? Al encontrar un piedra en un jardín piensas que esta en ese lugar de manera natural no lo mismo si ves un reloj.
 
Lo que yo me pregunto es si el universo tiende al mínmo de energia, es decir hacia la Entropia

Revise su información sobre la entropía termodinámica.

¿Porque se ha generado vida? ¿Con que finalidad el universo ha creado algú que consume demasiada energia?

La vida no tiene finalidad, y consume cantidades ridículas de energía.
Cualquier estrella promedio, de las pequeñas como el Sol, consume 100 000 veces más energía en un segundo que toda la biosfera terrestre en un año.

Pero, ¿el puro azar puede hacer algo tan complehjo como la vida en las condiciones exactas de la situación de la tierra para que funcione?

Cualquier fenómeno puede parecer infinitamente complejo, si es lo único que se conoce.
 
Revise su información sobre la entropía termodinámica.



La vida no tiene finalidad, y consume cantidades ridículas de energía.
Cualquier estrella promedio, de las pequeñas como el Sol, consume 100 000 veces más energía en un segundo que toda la biosfera terrestre en un año.



Cualquier fenómeno puede parecer infinitamente complejo, si es lo único que se conoce.
Tienes razón con la entropía tiende al máximo desorden pero lo que si tiende al mínimo (como la energía de Gibbs o de Helmholtz), es un concepto relacionado pero distinto. Los sistemas en equilibrio tienden a minimizar su energía libre, lo cual implica un balance entre minimizar la energía interna y maximizar la entropía. Ahí está la tensión interesante: no es solo desorden, sino un equilibrio entre ambas tendencias. El equilibrio ya es una finalidad, ¿para a para b?
 
El equilibrio ya es una finalidad

No es una finalidad, pues tal cosa requiere de voluntad y propósito.
Los fenómenos del cosmos no nacen de la voluntad ni del propósito.
Simplemente suceden.

Sin embargo, no vengo a plantear el porqué, dado que nos es inabarcable.
Planteo el cómo sobrellevar la individualidad consciente en una realidad que no hemos elegido habitar.
 
Última edición:
No es una finalidad, pues tal cosa requiere de voluntad y propósito.
Los fenómenos del cosmos no nacen de la voluntad ni del propósito.
Simplemente suceden.

Sin embargo, no vengo a plantear el porqué, dado que nos es inabarcable.
Planteo el cómo sobrellevar la individualidad consciente en una realidad que no hemos elegido habitar.
¿Sabes? Estoy super entretenido con esta reflexion. SI en el fondo te entiendo yo he tenido y a veces tengo, mi punto Nihilista, que no hedonista. De hecho, aunque diferente, tambien tiene un poco de Estoico tu postura.
 
Me lo acabo de inventar que conste en acta. Tu postura es más abismalista.

Terraburbujismo​


El Terraburbujismo es una corriente filosófica que propone que la Tierra y el sistema solar flotan en el fondo de un océano infinito. La oscuridad del espacio no es vacío, sino la profundidad insondable de unas aguas sin fondo. El Sol no es una estrella, sino una criatura abismal que ilumina con su propia luz, a la manera de esos peces de las profundidades que portan su lámpara en la oscuridad. Y el movimiento orbital del sistema solar no es otra cosa que un remolino que nos arrastra sin cesar.


La gran pregunta filosófica del Terraburbujismo no es el origen, sino la dirección: ¿nos dirigimos hacia la superficie o hacia el fondo? De esta incógnita nacen sus tres grandes corrientes.


Los Surfacistas sostienen que el remolino nos lleva hacia arriba, hacia la luz y hacia la comprensión. La existencia tiene un propósito ascendente y la humanidad avanza, aunque sea lentamente, hacia algo mejor. Es una filosofía teleológica y esperanzadora, cercana al humanismo y a la tradición ilustrada.


Los Abismalistas defienden la postura contraria: no hay superficie, no hay luz al final, solo una caída infinita hacia la oscuridad. Sin embargo, esto no implica necesariamente desesperación, pues como señalaba Camus, puede haber dignidad y lucidez precisamente en asumir el abismo sin apartar la mirada.


Los Remolinistas, la tercera corriente, simplemente reconocen que no se sabe. Giramos atrapados en el remolino sin poder determinar si ascendemos o descendemos, y proponen que esa incertidumbre no es un problema a resolver sino la condición real y honesta de la existencia.
 
Volver
Arriba