The Abyss
Shurmano Platino
- Nº Ranking
- 765
- Shurmano Nº
- 14849
- Desde
- 11 Mar 2025
- Mensajes
- 23
- Reacciones
- 610
El abismo no es un lugar: es una forma de lucidez.
No se abre bajo nuestros pies; nos habita desde antes de que aprendamos a nombrarlo. Hay quienes pasan por la vida rozándolo sin saberlo, protegidos por una costra de distracciones, pequeñas esperanzas domésticas, rutinas que anestesian. Pero basta un instante —una pérdida, una enfermedad, una noche demasiado larga— para que esa superficie se resquebraje y asome lo que siempre estuvo ahí: el fondo sin fondo.
No es el dolor lo que define el abismo, sino su desnudez.
El dolor aún conserva un vestigio de sentido, una dirección, incluso una promesa de final. El abismo, en cambio, es la abolición de toda narrativa. No conduce a nada, no enseña nada, no redime.
Es la experiencia de un sufrimiento que no se deja domesticar por ninguna explicación.
Cuando uno cae en él, no aprende: se despoja. Y lo que queda no es sabiduría, sino una claridad estéril, como la de quien contempla un paisaje después del incendio.
La vida, vista desde ahí, pierde su carácter de proyecto.
Todo esfuerzo se vuelve sospechoso.
Toda ilusión se vuelve un mecanismo de defensa.
¿Para qué construir, si todo desemboca en la misma disolución?
Sin embargo, lo verdaderamente insoportable no es la certeza de la muerte, sino la persistencia de la vida. Continuar, a pesar de haber visto demasiado. Respirar, aún sabiendo que cada inhalación es una prórroga sin justificación.
Hay en el abismo una tentación de pureza. Despojado de las mentiras útiles, el espíritu se encuentra consigo mismo en un estado casi mineral.
Sin embargo, esa pureza es inhabitable.
Nadie puede permanecer demasiado tiempo en ella sin desintegrarse. Por eso regresamos —si es que regresamos— a las pequeñas ficciones: el afecto, la costumbre, incluso el tedio. No porque las creamos verdaderas, sino porque son soportables.
El horror esencial no es que la vida duela, sino que carezca de un porqué que justifique ese dolor. El sufrimiento se vuelve obsceno cuando no responde a ningún orden, cuando no puede ser integrado en ninguna totalidad.
Entonces ya no es una prueba ni un tránsito, sino una exposición: la de un ser arrojado a existir sin haber sido consultado.
Y, sin embargo, hay algo en nosotros que se resiste a concluir. Una inercia, una terquedad biológica que nos empuja a seguir, incluso cuando toda razón ha sido desmantelada. Quizá ésa sea la última ironía: que el abismo no nos destruya de inmediato, sino que nos obligue a convivir con él, a llevarlo dentro como una herida que no sangra pero tampoco cicatriza.
Vivir, entonces, se parece a caminar al borde de algo que no puede verse del todo, pero cuya presencia se intuye en cada paso.
Algunos lo olvidan.
Otros lo niegan.
Y unos pocos lo reconocen y, aun así, continúan.
No por valentía, ni por esperanza, sino por una fidelidad oscura a esa misma experiencia que los desgarra.
El abismo no exige ser comprendido.
Sólo ser soportado.
Y en ese acto, silencioso y absurdo, se consuma toda la tragedia —y quizá, de forma perversa, toda la dignidad— de estar vivos.
No se abre bajo nuestros pies; nos habita desde antes de que aprendamos a nombrarlo. Hay quienes pasan por la vida rozándolo sin saberlo, protegidos por una costra de distracciones, pequeñas esperanzas domésticas, rutinas que anestesian. Pero basta un instante —una pérdida, una enfermedad, una noche demasiado larga— para que esa superficie se resquebraje y asome lo que siempre estuvo ahí: el fondo sin fondo.
No es el dolor lo que define el abismo, sino su desnudez.
El dolor aún conserva un vestigio de sentido, una dirección, incluso una promesa de final. El abismo, en cambio, es la abolición de toda narrativa. No conduce a nada, no enseña nada, no redime.
Es la experiencia de un sufrimiento que no se deja domesticar por ninguna explicación.
Cuando uno cae en él, no aprende: se despoja. Y lo que queda no es sabiduría, sino una claridad estéril, como la de quien contempla un paisaje después del incendio.
La vida, vista desde ahí, pierde su carácter de proyecto.
Todo esfuerzo se vuelve sospechoso.
Toda ilusión se vuelve un mecanismo de defensa.
¿Para qué construir, si todo desemboca en la misma disolución?
Sin embargo, lo verdaderamente insoportable no es la certeza de la muerte, sino la persistencia de la vida. Continuar, a pesar de haber visto demasiado. Respirar, aún sabiendo que cada inhalación es una prórroga sin justificación.
Hay en el abismo una tentación de pureza. Despojado de las mentiras útiles, el espíritu se encuentra consigo mismo en un estado casi mineral.
Sin embargo, esa pureza es inhabitable.
Nadie puede permanecer demasiado tiempo en ella sin desintegrarse. Por eso regresamos —si es que regresamos— a las pequeñas ficciones: el afecto, la costumbre, incluso el tedio. No porque las creamos verdaderas, sino porque son soportables.
El horror esencial no es que la vida duela, sino que carezca de un porqué que justifique ese dolor. El sufrimiento se vuelve obsceno cuando no responde a ningún orden, cuando no puede ser integrado en ninguna totalidad.
Entonces ya no es una prueba ni un tránsito, sino una exposición: la de un ser arrojado a existir sin haber sido consultado.
Y, sin embargo, hay algo en nosotros que se resiste a concluir. Una inercia, una terquedad biológica que nos empuja a seguir, incluso cuando toda razón ha sido desmantelada. Quizá ésa sea la última ironía: que el abismo no nos destruya de inmediato, sino que nos obligue a convivir con él, a llevarlo dentro como una herida que no sangra pero tampoco cicatriza.
Vivir, entonces, se parece a caminar al borde de algo que no puede verse del todo, pero cuya presencia se intuye en cada paso.
Algunos lo olvidan.
Otros lo niegan.
Y unos pocos lo reconocen y, aun así, continúan.
No por valentía, ni por esperanza, sino por una fidelidad oscura a esa misma experiencia que los desgarra.
El abismo no exige ser comprendido.
Sólo ser soportado.
Y en ese acto, silencioso y absurdo, se consuma toda la tragedia —y quizá, de forma perversa, toda la dignidad— de estar vivos.
