Ah, sí, las cenas de empresa! Mi evento social favorito. Esas reuniones donde el aroma a cordero asado se mezcla con el dulce hedor de la hipocresía. Ver a esos "compañeros" reptar, lamer botas con una devoción que roza lo patológico. Sus sonrisas falsas, sus halagos vacíos.
Mientras ellos compiten por ver quién puede hurgar más profundo en la nariz del jefe, mi mente se dispara. Mi voz interior, esa vieja amiga, susurra ideas maravillosas. Diseñamos planes, elaboramos escenarios. ¿Un pequeño accidente en el ascensor? ¿Quizás un "olvido" de los frenos del coche? Las posibilidades son infinitas cuando uno tiene una imaginación... vívida.
Luego, el domingo por la mañana, la cruel realidad. La resaca golpea, la cabeza martillea, y todas esas brillantes ideas de aniquilación se disipan como humo. Una lástima, de verdad. Supongo que tendré que esperar a la próxima cena para volver a soñar despierto.