"Bitácora de Mzungu III: en la carretera"
Una de las principales preocupaciones del hombre siempre ha sido el transporte. El mismo término en sí tiene múltiples acepciones, y la eficiente puesta en práctica de muchas de ellas, en sus formas más complejas, requiere de un ejercicio intelectual cuanto menos moderado. No en vano, cuando uno pisa ciertas partes del continente africano por primera vez y sin haber contratado un "safari" desde la comodidad del salón de casa, repara en que para ir del punto A al punto B, va a necesitar algo más que la intención de llegar.
Aunque dicho sea todo, gracias a la buena disposición que los locales tienen en general, muchas veces la intención y el ímpetu son suficientes para arribar a buen puerto sin problemas. Por ejemplo, es frecuente que al pedir direcciones te lleven casi de la mano al sitio buscado, en lugar de obsequiarte con meras indicaciones. Precisamente el tipo de actitud que uno agradece cuando cae en un lugar desconocido, donde se habla otra lengua y, de lo que se busca, solo se tiene un nombre cuya pronunciación, en ocasiones, resulta casi imposible para una lengua novicia.
Durante las colonizaciones de Tanzania, Kenia y Uganda, una de las prioridades que tuvieron los gobiernos coloniales fue la de establecer redes de comunicación que permitieran asentar su poder en las distintas regiones. A pesar de lo suficientemente exploradas que debieron considerar la mayoría de las áreas, por lo general, se contentaron con conectar los principales centros neurálgicos y económicos. Crearon de esta manera las arterias que bombearían con frenesí mercantilista el futuro que dio lugar a la "East-african Community", tras las escaramuzas coloniales derivadas de las Guerras mundiales y el proceso descolonizador. Algo que podría definirse como una especie de Unión Europea a la africana.
No tuvo que ser fácil abrirse paso a través de extensos territorios con constantes cambios geográficos y climáticos. Así podrá atestiguarlo cualquier ojo atento que se haya enfrentado al asfalto sin final de la sabana tanzanesa. Kilómetros y kilómetros de carreteras infinitas que se pierden en el horizonte, atravesando mil paisajes que en realidad son todos el mismo.
En cualquier caso, por tranquilo y monótono que pueda suponerse un viaje por carretera, en ocasiones, trayectos de este tipo pueden acabar convirtiéndose en verdaderas odiseas para alcanzar el objetivo proyectado. Así que ya sabes, si agarras la mochila dispuesto a patear la carretera, no hagas planes, o mejor dicho; hazlos, pero prepárate para romperlos. Lo fascinante de viajar por África es que, mires a donde mires, todo resulta estimulante. Combustible para mentes de alta cilindrada.
A pesar de ello, no todo es ilusión a la hora de abordar la carretera en el continente negro: tan solo en el año 2013 se estima que murireron en Kenia alrededor de 13.000 personas por accidentes relacionados con la circulación. Invita a reflexionar más, si cabe, el hecho de que apenas un tercio de los fallecidos fueran pasajeros (debido un sistema de transporte bastante precario), mientras que el resto se trataba de peatones, ciclistas y conductores de motocicletas. Hablando de Kenia, un ejemplo particular de accidente de tráfico que aúna las peculiaridades locales con las circunstancias propias de la falta de seguridad vial, fue la tragedia ocurrida en abril del año 2001 en la ribera del río Sabaki, cerca del pueblo costero de Malindi. Un autobús repleto de turistas italianos que había estacionado en mitad de un puente para permitirles tomar unas fotos del atardecer, fue embestido de frente por otro autobús que venía en dirección contraria a gran velocidad, cayendo ambos al río infestado de cocodrilos.
Cuando llegaron los equipos de rescate, tuvieron que asistir impotentes al desagradable espectáculo del desastre: las fuertes corrientes, sumadas a los cocodrilos y a los hipopótamos que, ya de por sí agresivos, más aún lo son por la noche en su hora de alimentarse, hicieron todos estos factores juntos imposible el rescate. Además, alrededor de cien voluntarios que se prestaron a ayudar, no pudieron si no presenciar la terrible escena que se desarrollaba ante sus ojos, iluminada por los faros de un camión. Un festín de lo salvaje.
A finales de agosto de 2014, con intención de ir a Kampala, capital de Uganda, me embarqué en un autobús que salía de Arusha (Tanzania), y que cruzaba por Nairobi, capital de Kenia. Esta ruta de viaje fue planificada con todo el cuidado posible, ayudado y advertido por cooperantes de diferentes ONG's españolas, que me recordaron los atentados que hubo en el país en los últimos meses. Atribuidos a la milicia islamista somalí, Al Shabab, el modus operandi de los atentados fue tan simple como la colocación de bombas en los autobuses o incluso ataques con granadas de mano, como el ocurrido en mayo de 2014 en Mombasa. Esta ciudad costera keniata ha sido, junto con Nairobi, la más castigada por los terroristas, desde que en 2011 las tropas de la ex-colonia inglesa se vieran obligadas a entrar en el país vecino para frenar las olas de secuestros ocurridas en el norte de Kenia. Los autores procedían del sur de Somalia, país que con un débil gobierno de reciente formación, es incapaz de mantener el orden en sus fronteras todavía.
La alternativa a cruzar por Kenia era alcanzar Mwanza, la ciudad tanzanesa en la orilla sur del lago Victoria, y bordearlo hasta alcanzar la frontera sur de Uganda. Una ruta que habría sumado algunas horas al trayecto pero que prometía complicaciones con las conexiones de autobús. A pesar de todo, el viaje 'Arusha-Nairobi-Kampala' de 26 horas, transcurrió sin más problemas que un par de aduanas (donde los empleados trabajaban con puñetera parsimonia), y algunos tediosos registros de madrugada por somnolientos militares que examinaban hasta la última cavidad de cada vehículo que pasaba por sus controles.
Debido a circunstancias sociales y políticas como las mencionadas, no resulta descabellado afirmar que viajando por África te juegas el pellejo, aunque no menos que los propios africanos. Según mi experiencia sobre el terreno, y como seguro, lector, podrás imaginar, uno de los mayores motivos para esta tasa de mortalidad en la carretera, sumado a la falta de conciencia en temas de seguridad vial, es el deplorable estado de vías y vehículos.
A este respecto, resulta verdaderamente imponente ver como se acerca a toda velocidad, con rumbo de colisión, por una pista de tierra decimonónica y repleta de socavones, un viejo autobús coreano que parece salido de una película de serie B de los años 80. Y es que una práctica común de algunos países del sureste asiático es la exportación de vehículos usados para su reventa en diferentes países de África, lo que hace que en las calles haya una insólita variedad de rugientes cacharros con tipografías orientales estampadas a lo largo y ancho de la carrocería, e incluso en las advertencias de seguridad del interior del vehículo.
En otro viaje de autobús, esta vez desde Yumbe, en el noroeste de Uganda, hasta la capital, me asignaron una plaza junto al conductor. Yo, que soy de ventana, monté en el autobús con la esperanza de disfrutar del viaje con los ojos pegados a la amplia luna delantera. Horas más tarde, hube de reconocer que los nervios se me hacían trizas cada vez que el conductor, a la escasa luz del atardecer, intentaba ceñirse al irregular borde de la carretera para evitar a las moles de metal que venían de frente. Todo ello mientras manejaba con mano trémula el gastado volante del vehículo, con la concentración propia de aquel que juega al último nivel del "Brick-breaker", habiendo gastado ya sus vidas extra, pero jugándose las de 52 pasajeros al mismo tiempo en vez de una.
Luego tuve viajes mejores, como el que hice con un tipo dedicado a la importación de coches de lujo, que conocí en una pequeña ciudad ugandesa junto al lago Victoria llamada Masaka. Lo conocí de de una manera tan absurda como inenarrable. Pura casualidad. Pero el caso es que, después de una cena y unas cervezas, acordamos que iría al día siguiente con él hasta Mbarara (otra de las grandes ciudades del país), subidos ambos en un Chrysler Crossfire descapotable de edición limitada, que tenía que entregar a sabe Dios quién y cuando.
Baker (bautizado con el nombre del afamado explorador inglés), conducía y fumaba insaciablemente, al tiempo que trasteaba con la mano libre en una tableta Samsung. Su dedo gordo volaba entre las imágenes de los ostentosos bólidos que había vendido hasta la fecha, mientras sus dedos índice y corazón sostenían el cigarro con cuidado de no quemar nada, y protegiéndolo del rugiente viento que, sobre nuestras cabezas, esquivaba coches y autobuses.
Cuando me aventuraba a preguntarle por los destinatarios de aquellos sofisticados vehículos, tan solo me respondía repitiendo el mismo vocablo una y otra vez: "Politicians, politicians". Insistía con una sonrisa imborrable.
Por una parte me pareció una respuesta de lo más cabal, pero por otra parte, me costaba imaginar al presidente Museveni sentado en el mismo asiento que yo ocupaba. Al menos, podía estar seguro de que las posibilidades de que sufriera un accidente debido al "ángulo muerto" eran menores que las de sus compatriotas más humildes, porque las advertencias de seguridad de los retrovisores estaban escritas en un perfecto inglés, en vez de en coreano.
Se me ocurre que quizá es debido a pequeños detalles como éste el hecho de que lleve casi tres décadas en el poder y no hay quien lo baje. De todos modos, me dio pena despedir a Baker con sus turbios negocios, y abandonar el comfort de los asientos de cuero. Pero no por mi, si no por los pobres condenados que juegan a diario a la lotería de la muerte en las carreteras africanas.