Titovic
Shurmano Infinite
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Aracne no era una princesa, ni una diosa, ni nada parecido. Solo era una chica de Lidia, pero tenía algo que los demás no: un don para tejer.
Sus telas eran tan perfectas que la gente pensaba que esa habilidad se la había otorgado la mismísima Atenea. Sin embargo, Aracne lo desmentía constantemente y hasta se burlaba de ello.
—¿Atenea? No necesito la ayuda de ningún dios. Yo soy la mejor tejedora del mundo y, si Atenea se atreviera a enfrentarse a mí, le ganaría con los ojos cerrados.
Todas estas palabras llegaron a oídos de Atenea, quien pensó: " A ver esta, que se viene tan arriba." Así que descendió al mundo disfrazada de anciana y le dio un consejo a Aracne:
—Hija, deberías ser más humilde. Da gracias por tu talento y no se te ocurra desafiar a los dioses.
Pero Aracne, con una sonrisa en la cara, respondió:
—¿Por qué? Si Atenea cree que puede vencerme tejiendo, que lo intente.
En ese preciso momento, la anciana desapareció y en su lugar apareció Atenea en toda su gloria.
—Has hablado, ahora demuestra lo que dices.
El desafío comenzó.
Atenea tejió un tapiz que mostraba a los dioses en toda su grandeza, su poder y su gloria. Era perfecto.
Aracne, en cambio, tejió imágenes de los dioses en sus momentos más vergonzosos: Zeus disfrazado para engañar a los mortales, Poseidón persiguiendo doncellas, Apolo enredado en líos amorosos... Era una obra maestra, pero también una burla hacia los dioses.
Atenea no pudo soportarlo. Llena de furia, rasgó el tapiz en pedazos y tocó a Aracne con su mano.
—¿Quieres tejer? Así sea.
En ese instante, el cuerpo de Aracne comenzó a cambiar. Sus dedos se alargaron, sus piernas se encogieron y su cuerpo se volvió frágil. Se convirtió en la primera araña, condenada a tejer por el resto de sus días, recordando siempre el día en que desafió a los dioses.
Desde entonces, cada vez que ves una araña, recuerda que fue Aracne, la tejedora que no temió a los dioses... pero que pagó el precio de su orgullo.





