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Aracne no era una princesa, ni una diosa, ni nada parecido. Solo era una chica de Lidia, pero tenía algo que los demás no: un don para tejer.
Sus telas eran tan perfectas que la gente pensaba que esa habilidad se la había otorgado la mismísima Atenea. Sin embargo, Aracne lo desmentía...
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