Buen hilo.
Como experiencia personal laboral, poco tengo que aportar. Mis trabajos siempre han sido rutinarios y aburridos, normalmente rodeados de gente.
Tengo experiencias de cuando era más joven, entre ellas, un extraño sueño premonitorio, un suceso misterioso de cuando era muy chiquitín y varios relatos bastante fuertes que me contaron mis abuelos.
Voy a empezar por uno de esos relatos, pues tuve la suerte de narrarlo hace ya tiempo y os lo puedo pegar aquí mismo:
¿Alguien ha dicho tocho?:
Esta historia es completamente real, queda a juicio de cada quien darle credibilidad o no.
Mi abuelo, de nombre Justiniano (Justo, para los amigos), a quien añoro muchísimo, me lo contó como si acabara de vivirlo. La memoria jamás le falló, fue uno de mis referentes y aún lo sigue siendo, un sabio de los de antes, un hombre humilde y trabajador, que vivió lo indecible a lo largo de sus muchos años.
He intentado escribirla con todo el mimo posible, con mucha ilusión, porque es lo que se merece.
Espero que os guste y que la apreciéis, con respeto.
"EL PASEO"
Eran tiempos convulsos, extraños, que el niño no comprendía. De fuera del pueblo llegaban noticias de ciudades que "habían caído" y de gente que aparecía "tirada por ahí". El padre de Justo, un hombre bueno, austero y responsable, se negaba a darle más información; un auténtico fastidio para él debido a la curiosidad del muchacho.
El calor de la noche era infernal, como si el Sol hubiera dejado de dar luz pero se negara a apagar la calefacción. La oscuridad no era total, pero sí abundante. El sudor se acumulaba en aquella almohada, proporcionando un olor desagradable y aceitoso. El pequeño Justo, de apenas ocho años, no tenía reloj en su humilde cuarto, así que no sabía qué horas debían de ser, pero adivinaba que era muy tarde y faltaba poco para el amanecer.
Gruñendo y luchando contra sí mismo para coger algo de sueño, empezó a mirar hacia el techo de su habitación, pero sus ojos permanecían abiertos; abiertos y siempre curiosos.
Suspirando y sin saber qué hacer, se levantó hacia la mesita donde reposaba la jarra de agua y el vaso, para beber un poco, la garganta le ardía de manera seca e incómoda. El agua estaba calentorra, pero al menos pudo apagar la sed.
Fue entonces cuando escuchó aquel ruido.
Un motor, que venía de lejos, pero a cada rato que pasaba se hacía más evidente.
A Justo le gustaban mucho los coches, los camiones y los tractores, pues en el pueblo aún se utilizaban para trabajar los carros tirados por mulos; para él era toda una novedad.
Se acercó a la ventana y comprobó que su padre la había cerrado, incluso había bajado la persiana. Entendió con fastidio por qué estaba pasando aquel bochorno. A pesar de lo pequeño de sus dedos buscó el tornillo que sujetaba la ventana al marco, bastante oxidado. Haciendo gala de una fuerza sorprendente para su edad, con mucha paciencia, consiguió desenroscarlo. Abrió un poco la ventana pero no subió la persiana, sino que asomó su ojo por apenas un espacio entre esta y el alfeizar, temeroso de despertar a su padre.
Efectivamente, un camión, seguramente de ganado, había aparcado en la calle. De su cabina bajaron unos extraños hombres, aún estando oscuro la luz de la luna ayudaba a ver, pudo apreciar sus ropas marrones y verdosas.
Empezaron a aporrear la puerta de los vecinos de enfrente, los Méndez; buena gente según sus padres, una familia amable y trabajadora. Justo de vez en cuando se iba a jugar a las vías con Juan, el pequeño de la familia. ¿Qué querrían de ellos? ¿Quiénes eran?
No se podía ver bien, pero Justo vio cómo los padres de Juan salían con las manos en alto, tras la nuca. Los "visitantes" les estaban apuntando con algo ¿quizá un fusil? Poco sabía el muchacho de esas cosas.
Uno de ellos entró en la casa mientras él otro amenazaba al matrimonio con aquel artefacto. Se escucharon ruidos de "cacharreo" y golpes, quizá estaba buscando algo dentro de la finca.
Tras un rato que a Justo le pareció eterno, el que había entrado salió del lugar con ánimo malhumorado.
- Pues nada, que vamos a dar un paseo ¿Eh? -Dijo el que amenazaba al matrimonio, señalándoles la parte trasera del camión. Justo pudo oírlo perfectamente.
Los Méndez subieron con relativa obediencia, como un par de ovejas, el niño poco entendía.
El que había subido a los Méndez a punta de fusil, miró hacia arriba de repente. Hacia la ventana donde estaba el niño. Justo se quedó sin respiración, sentía que no podía moverse.
Jamás se le olvidaría esa cara, demacrada, seca, con los ojos pequeños y hundidos. Justo pensó que estaba mirando a los ojos al mismo diablo.
Una mano surgió de detrás del niño y le tapó la boca con fiereza, con fuerza, llevándole hacia atrás, arrastrándole hacia la oscuridad.
- Soy yo, hijo, soy yo -le dijo en susurros Eloy a Justo-. No digas nada, no hagas ruido... Solo sígueme y haz lo que yo te diga.
Justo no escuchaba nada, salvo los rápidos y fortísimos latidos de su pequeño corazón. Su padre le guió escaleras abajo, hacia el patio, ambos iban descalzos y el suelo les hacía daño en los callos. Allí estaba su madre, despeinada y muy nerviosa, pero sin emitir ruido alguno; tenía levantada la tapa del leñero: un sótano oscuro y maloliente a donde Justo, ni con toda su curiosidad, quería entrar; le daba mucho miedo, estaba aterrado... Pero era obediente, si su padre lo decía, debía bajar.
Eloy bajó la pesada plancha metálica con tiento para evitar hacer ruido, su esposa tiró de un cordón, el cual servía para arrastrar una alfombra y ponerla sobre la tapa.
La oscuridad, ahora sí, era total.
Se escucharon los tremendos golpes en la puerta que daba a la calle. Un último mamporro y Justo escuchó como el portón cedía. Escuchó los pasos sobre ellos, insistentes, fuertes y nerviosos.
- Tú mira por ahí a ver qué hay, que estos también se vienen de paseo -dijo uno de ellos.
Justo oyó los mismos ruidos que había escuchado en casa de los Méndez, ruidos de búsqueda, de cacharros cayendo y muebles que se movían. Pero esta vez duró más, mucho más.
El niño notó como unas manos ásperas lo tocaban y unos brazos delgados lo abrazaban con fuerza: Justo notó los temblores de su férrea madre.
Lo siguiente que recuerda Justo es el ruido del motor del camión, yéndose, desvaneciéndose en la lejanía. Después de eso el silencio fue sepulcral y los grillos volvieron a cantar de nuevo, como si alguien les hubiera dado permiso.
Pero Eloy no les dejaría salir hasta bien entrada el amanecer. Por fin levantó la tapa y el sol cegó momentaneamente a Justo. Miró hacia su alrededor y encontró todo revuelto. Pero también observó que, lejos de enfadarse, sus padres respiraban aliviados.
Salieron a la calle y encontraron a muchas personas, con las manos en la cara y en la cabeza, Justo pudo escuchar alguno de los llantos, pero poco recordaba de aquello.
- Padre ¿les ha pasado algo a los Méndez? ¿A dónde se los han llevado? -Preguntó Justo tirando de la mano de su padre.
- No volveremos a verles hijo ¡y no preguntes más!
(...)
A los pocos días Justo jugaba con Juan en las vías de nuevo, tirando pequeñas piedras intentando acertar a aquella botella vieja. Juan estaba callado, triste y confuso.
Ahora vivía con sus abuelos, quienes siempre habían sido muy cariñosos con él, pero mucho tardarían en superar aquella pena.
- ¿Qué pasó aquella noche? -Preguntó Justo por puro instinto, sin pensárselo mucho.
- Pues -contestó Juan-, mis padres dijeron que me escondiera por ahí, entre los leños del desván, que no saliera, que no hiciera ruido. Cuando vinieron mis yayos ya era de día.
- Jo ¿quiénes eran ésos? ¿Qué querían?
- Mi mama me dijo que el diablo, que venía a hacernos daño...
- ¡Sí! El diablo, yo también lo vi, ahora sé que era el diablo.