Fenix_ardiente
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Corría el glorioso año 2006. El reggaetón empezaba a sonar hasta en la sopa, los móviles aún tenían teclas y yo, un joven e inocente aventurero, me encontraba de excursión por el majestuoso Pirineo aragonés con mis colegas. El sol brillaba, los pájaros cantaban y el aire puro de la montaña te llenaba los pulmones. Todo era perfecto. Demasiado perfecto.
De repente, en mitad de una subida que haría sudar a una cabra, mis tripas emitieron un sonido gutural, una llamada de la naturaleza tan primitiva como ineludible. No era una simple ventosidad de cortesía, no. Era el aviso de que un zurullo de proporciones bíblicas estaba llamando a las puertas del cielo (o, en este caso, del sur). El pánico se apoderó de mí. Miré a mi alrededor: árboles, rocas y mis amigos, que seguían caminando ajenos a la bomba de relojería que yo albergaba en mi interior.
“¡Eh, chicos, ahora os alcanzo, que voy a echar una foto!”, mentí con la mejor de mis sonrisas mientras sentía cómo el sudor frío me recorría la espalda.
En cuanto se alejaron lo suficiente, me lancé a una carrera desesperada en busca de un santuario. Encontré un arbusto que, en mi mente, parecía tan frondoso y discreto como la selva amazónica. Me bajé los pantalones a la velocidad del rayo y, en cuclillas, liberé a la bestia. Joder, qué alivio. Sentí una paz interior que ni el mismísimo Dalai Lama. El mundo volvía a ser un lugar maravilloso.
Con la operación principal finalizada, procedí al delicado arte de la limpieza con un puñado de hojas que parecían menos hostiles que el resto. Y justo ahí, en ese preciso instante de máxima vulnerabilidad, con los pantalones en los tobillos, el culo al aire y una hoja en la mano a modo de papel higiénico de fortuna, escuché un cántico celestial.
Levanté la vista, y allí estaban. No era un espejismo. Un pelotón de monjas, ataviadas con sus hábitos, avanzaba hacia mí como una aparición divina. Se hizo un silencio sepulcral, solo roto por el viento de la montaña. Nos quedamos mirando: ellas, con los ojos abiertos como platos, yo, con el culo como la bandera de Japón y una cara de gilipollas que no podía con ella.
Creo que una de ellas se santiguó. Otra ahogó un grito. Yo, por mi parte, me quedé paralizado, incapaz de articular palabra, pensando que ese era el juicio final y que, evidentemente, me iba de cabeza al infierno por cagar en la casa del Señor. Tras unos segundos que me parecieron una eternidad, solo pude balbucear un tímido: “…Ave María Purísima”.
No sé si fue el susto o la intervención divina, pero se desviaron del camino sin decir ni pío, acelerando el paso como si hubieran visto al mismísimo diablo. Yo me subí los pantalones con la dignidad hecha trizas y volví con mis amigos, que me preguntaron si había hecho una buena foto.
“Sí”, respondí. “Una foto inolvidable”.
De repente, en mitad de una subida que haría sudar a una cabra, mis tripas emitieron un sonido gutural, una llamada de la naturaleza tan primitiva como ineludible. No era una simple ventosidad de cortesía, no. Era el aviso de que un zurullo de proporciones bíblicas estaba llamando a las puertas del cielo (o, en este caso, del sur). El pánico se apoderó de mí. Miré a mi alrededor: árboles, rocas y mis amigos, que seguían caminando ajenos a la bomba de relojería que yo albergaba en mi interior.
“¡Eh, chicos, ahora os alcanzo, que voy a echar una foto!”, mentí con la mejor de mis sonrisas mientras sentía cómo el sudor frío me recorría la espalda.
En cuanto se alejaron lo suficiente, me lancé a una carrera desesperada en busca de un santuario. Encontré un arbusto que, en mi mente, parecía tan frondoso y discreto como la selva amazónica. Me bajé los pantalones a la velocidad del rayo y, en cuclillas, liberé a la bestia. Joder, qué alivio. Sentí una paz interior que ni el mismísimo Dalai Lama. El mundo volvía a ser un lugar maravilloso.
Con la operación principal finalizada, procedí al delicado arte de la limpieza con un puñado de hojas que parecían menos hostiles que el resto. Y justo ahí, en ese preciso instante de máxima vulnerabilidad, con los pantalones en los tobillos, el culo al aire y una hoja en la mano a modo de papel higiénico de fortuna, escuché un cántico celestial.
Levanté la vista, y allí estaban. No era un espejismo. Un pelotón de monjas, ataviadas con sus hábitos, avanzaba hacia mí como una aparición divina. Se hizo un silencio sepulcral, solo roto por el viento de la montaña. Nos quedamos mirando: ellas, con los ojos abiertos como platos, yo, con el culo como la bandera de Japón y una cara de gilipollas que no podía con ella.
Creo que una de ellas se santiguó. Otra ahogó un grito. Yo, por mi parte, me quedé paralizado, incapaz de articular palabra, pensando que ese era el juicio final y que, evidentemente, me iba de cabeza al infierno por cagar en la casa del Señor. Tras unos segundos que me parecieron una eternidad, solo pude balbucear un tímido: “…Ave María Purísima”.
No sé si fue el susto o la intervención divina, pero se desviaron del camino sin decir ni pío, acelerando el paso como si hubieran visto al mismísimo diablo. Yo me subí los pantalones con la dignidad hecha trizas y volví con mis amigos, que me preguntaron si había hecho una buena foto.
“Sí”, respondí. “Una foto inolvidable”.




