Fenix_ardiente
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La noche era un manto de tinta espesa, apenas salpicado por el brillo lejano de las estrellas. El único mundo real era el cono de luz que los faros de mi camión recortaban en la A-1, una cinta de asfalto que se deslizaba bajo mis ruedas en un monótono murmullo. Eran horas de soledad, de esas en las que la radio se convierte en tu única compañera y el café, en tu mejor aliado.
Fue justo al dejar atrás el desfiladero de Pancorbo, con sus imponentes moles de roca vigilando la carretera, cuando algo rompió la hipnosis del viaje. No fue un sonido, sino una presencia. Una luz.
Al principio, pensé que era un avión volando a baja altitud, o quizás un helicóptero. Pero no parpadeaba como las luces de navegación convencionales. Era un orbe de luz blanca, intensa pero no cegadora, que flotaba estático a media altura sobre los campos que se extendían a mi derecha. Su quietud era antinatural, desafiaba cualquier lógica que conocía sobre aeronáutica.
Reduje la velocidad instintivamente, con los ojos fijos en aquel objeto silencioso. No emitía el menor ruido, ni el zumbido de un motor ni el batir de unas hélices. El silencio era total, tan profundo que casi podía oír el latido de mi propio corazón acelerándose en el pecho.
De repente, la esfera de luz se movió. No fue un desplazamiento normal; fue un salto instantáneo, una aceleración imposible que la llevó de un punto a otro del cielo en una fracción de segundo, donde volvió a quedarse inmóvil. Luego, repitió el movimiento, dibujando ángulos agudos y patrones geométricos en la oscuridad. Se dividió en tres luces más pequeñas que danzaron entre sí con una precisión matemática antes de volver a fusionarse en una sola.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. No era miedo, sino asombro. La certeza de estar presenciando algo que no pertenecía a este mundo. Aparté la vista un segundo para asegurarme de que seguía en la carretera y, al volver a mirar, ya no había nada. La noche había recuperado su vacío, como si nunca hubiera ocurrido.
Continué el viaje con la mente en un torbellino. ¿Qué había sido aquello? No tenía explicación, solo la imagen imborrable de esas luces danzando en la madrugada solitaria de Pancorbo, un secreto entre el asfalto, mi camión y yo. Desde esa noche, cada vez que la carretera me lleva por ese tramo, no puedo evitar levantar la vista al cielo, esperando, quizás, volver a verlas.
Fue justo al dejar atrás el desfiladero de Pancorbo, con sus imponentes moles de roca vigilando la carretera, cuando algo rompió la hipnosis del viaje. No fue un sonido, sino una presencia. Una luz.
Al principio, pensé que era un avión volando a baja altitud, o quizás un helicóptero. Pero no parpadeaba como las luces de navegación convencionales. Era un orbe de luz blanca, intensa pero no cegadora, que flotaba estático a media altura sobre los campos que se extendían a mi derecha. Su quietud era antinatural, desafiaba cualquier lógica que conocía sobre aeronáutica.
Reduje la velocidad instintivamente, con los ojos fijos en aquel objeto silencioso. No emitía el menor ruido, ni el zumbido de un motor ni el batir de unas hélices. El silencio era total, tan profundo que casi podía oír el latido de mi propio corazón acelerándose en el pecho.
De repente, la esfera de luz se movió. No fue un desplazamiento normal; fue un salto instantáneo, una aceleración imposible que la llevó de un punto a otro del cielo en una fracción de segundo, donde volvió a quedarse inmóvil. Luego, repitió el movimiento, dibujando ángulos agudos y patrones geométricos en la oscuridad. Se dividió en tres luces más pequeñas que danzaron entre sí con una precisión matemática antes de volver a fusionarse en una sola.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. No era miedo, sino asombro. La certeza de estar presenciando algo que no pertenecía a este mundo. Aparté la vista un segundo para asegurarme de que seguía en la carretera y, al volver a mirar, ya no había nada. La noche había recuperado su vacío, como si nunca hubiera ocurrido.
Continué el viaje con la mente en un torbellino. ¿Qué había sido aquello? No tenía explicación, solo la imagen imborrable de esas luces danzando en la madrugada solitaria de Pancorbo, un secreto entre el asfalto, mi camión y yo. Desde esa noche, cada vez que la carretera me lleva por ese tramo, no puedo evitar levantar la vista al cielo, esperando, quizás, volver a verlas.
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