Shurrelato El día que presencié un avistamiento ovni desde mi camión.

Fenix_ardiente

Shurmano Logia
Nº Ranking
33
Shurmano Nº
1588
Desde
24 Dic 2023
Mensajes
6,049
Reacciones
285,343
La noche era un manto de tinta espesa, apenas salpicado por el brillo lejano de las estrellas. El único mundo real era el cono de luz que los faros de mi camión recortaban en la A-1, una cinta de asfalto que se deslizaba bajo mis ruedas en un monótono murmullo. Eran horas de soledad, de esas en las que la radio se convierte en tu única compañera y el café, en tu mejor aliado.

Fue justo al dejar atrás el desfiladero de Pancorbo, con sus imponentes moles de roca vigilando la carretera, cuando algo rompió la hipnosis del viaje. No fue un sonido, sino una presencia. Una luz.

Al principio, pensé que era un avión volando a baja altitud, o quizás un helicóptero. Pero no parpadeaba como las luces de navegación convencionales. Era un orbe de luz blanca, intensa pero no cegadora, que flotaba estático a media altura sobre los campos que se extendían a mi derecha. Su quietud era antinatural, desafiaba cualquier lógica que conocía sobre aeronáutica.

Reduje la velocidad instintivamente, con los ojos fijos en aquel objeto silencioso. No emitía el menor ruido, ni el zumbido de un motor ni el batir de unas hélices. El silencio era total, tan profundo que casi podía oír el latido de mi propio corazón acelerándose en el pecho.

De repente, la esfera de luz se movió. No fue un desplazamiento normal; fue un salto instantáneo, una aceleración imposible que la llevó de un punto a otro del cielo en una fracción de segundo, donde volvió a quedarse inmóvil. Luego, repitió el movimiento, dibujando ángulos agudos y patrones geométricos en la oscuridad. Se dividió en tres luces más pequeñas que danzaron entre sí con una precisión matemática antes de volver a fusionarse en una sola.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. No era miedo, sino asombro. La certeza de estar presenciando algo que no pertenecía a este mundo. Aparté la vista un segundo para asegurarme de que seguía en la carretera y, al volver a mirar, ya no había nada. La noche había recuperado su vacío, como si nunca hubiera ocurrido.

Continué el viaje con la mente en un torbellino. ¿Qué había sido aquello? No tenía explicación, solo la imagen imborrable de esas luces danzando en la madrugada solitaria de Pancorbo, un secreto entre el asfalto, mi camión y yo. Desde esa noche, cada vez que la carretera me lleva por ese tramo, no puedo evitar levantar la vista al cielo, esperando, quizás, volver a verlas.
 
Fascinante. Me estaba preguntando si el OVNI se paró en el restaurante el pastor a comer chuletas de cordero.
 
¿Era un cacharro con luces azules y de dentro salieron dos sujetos vestidos de verde con un palo amarillo?
 
La noche era un manto de tinta espesa, apenas salpicado por el brillo lejano de las estrellas. El único mundo real era el cono de luz que los faros de mi camión recortaban en la A-1, una cinta de asfalto que se deslizaba bajo mis ruedas en un monótono murmullo. Eran horas de soledad, de esas en las que la radio se convierte en tu única compañera y el café, en tu mejor aliado.

Fue justo al dejar atrás el desfiladero de Pancorbo, con sus imponentes moles de roca vigilando la carretera, cuando algo rompió la hipnosis del viaje. No fue un sonido, sino una presencia. Una luz.

Al principio, pensé que era un avión volando a baja altitud, o quizás un helicóptero. Pero no parpadeaba como las luces de navegación convencionales. Era un orbe de luz blanca, intensa pero no cegadora, que flotaba estático a media altura sobre los campos que se extendían a mi derecha. Su quietud era antinatural, desafiaba cualquier lógica que conocía sobre aeronáutica.

Reduje la velocidad instintivamente, con los ojos fijos en aquel objeto silencioso. No emitía el menor ruido, ni el zumbido de un motor ni el batir de unas hélices. El silencio era total, tan profundo que casi podía oír el latido de mi propio corazón acelerándose en el pecho.

De repente, la esfera de luz se movió. No fue un desplazamiento normal; fue un salto instantáneo, una aceleración imposible que la llevó de un punto a otro del cielo en una fracción de segundo, donde volvió a quedarse inmóvil. Luego, repitió el movimiento, dibujando ángulos agudos y patrones geométricos en la oscuridad. Se dividió en tres luces más pequeñas que danzaron entre sí con una precisión matemática antes de volver a fusionarse en una sola.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. No era miedo, sino asombro. La certeza de estar presenciando algo que no pertenecía a este mundo. Aparté la vista un segundo para asegurarme de que seguía en la carretera y, al volver a mirar, ya no había nada. La noche había recuperado su vacío, como si nunca hubiera ocurrido.

Continué el viaje con la mente en un torbellino. ¿Qué había sido aquello? No tenía explicación, solo la imagen imborrable de esas luces danzando en la madrugada solitaria de Pancorbo, un secreto entre el asfalto, mi camión y yo. Desde esa noche, cada vez que la carretera me lleva por ese tramo, no puedo evitar levantar la vista al cielo, esperando, quizás, volver a verlas.
Fascinante tema
 
tenor-7.gif
 
La noche era un manto de tinta espesa, apenas salpicado por el brillo lejano de las estrellas. El único mundo real era el cono de luz que los faros de mi camión recortaban en la A-1, una cinta de asfalto que se deslizaba bajo mis ruedas en un monótono murmullo. Eran horas de soledad, de esas en las que la radio se convierte en tu única compañera y el café, en tu mejor aliado.

Fue justo al dejar atrás el desfiladero de Pancorbo, con sus imponentes moles de roca vigilando la carretera, cuando algo rompió la hipnosis del viaje. No fue un sonido, sino una presencia. Una luz.

Al principio, pensé que era un avión volando a baja altitud, o quizás un helicóptero. Pero no parpadeaba como las luces de navegación convencionales. Era un orbe de luz blanca, intensa pero no cegadora, que flotaba estático a media altura sobre los campos que se extendían a mi derecha. Su quietud era antinatural, desafiaba cualquier lógica que conocía sobre aeronáutica.

Reduje la velocidad instintivamente, con los ojos fijos en aquel objeto silencioso. No emitía el menor ruido, ni el zumbido de un motor ni el batir de unas hélices. El silencio era total, tan profundo que casi podía oír el latido de mi propio corazón acelerándose en el pecho.

De repente, la esfera de luz se movió. No fue un desplazamiento normal; fue un salto instantáneo, una aceleración imposible que la llevó de un punto a otro del cielo en una fracción de segundo, donde volvió a quedarse inmóvil. Luego, repitió el movimiento, dibujando ángulos agudos y patrones geométricos en la oscuridad. Se dividió en tres luces más pequeñas que danzaron entre sí con una precisión matemática antes de volver a fusionarse en una sola.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. No era miedo, sino asombro. La certeza de estar presenciando algo que no pertenecía a este mundo. Aparté la vista un segundo para asegurarme de que seguía en la carretera y, al volver a mirar, ya no había nada. La noche había recuperado su vacío, como si nunca hubiera ocurrido.

Continué el viaje con la mente en un torbellino. ¿Qué había sido aquello? No tenía explicación, solo la imagen imborrable de esas luces danzando en la madrugada solitaria de Pancorbo, un secreto entre el asfalto, mi camión y yo. Desde esa noche, cada vez que la carretera me lleva por ese tramo, no puedo evitar levantar la vista al cielo, esperando, quizás, volver a verlas.
No eres el único que ha visto algo similar
 
Vaya shock............... a saber que era aquello.
En esa zona, dicen que se ven cosas raras tipo gente que parecen militares de la guerra civil (por el norte de Burgos muchas batallas), pero nunca habia oido nada de ovnis........
La base de helicopteros cerca de Logroño no les queda lejos, pero si no escuchaste el rotor (que se oye bien)...
 
Vaya shock............... a saber que era aquello.
En esa zona, dicen que se ven cosas raras tipo gente que parecen militares de la guerra civil (por el norte de Burgos muchas batallas), pero nunca habia oido nada de ovnis........
La base de helicopteros cerca de Logroño no les queda lejos, pero si no escuchaste el rotor (que se oye bien)...
Fue extraño, nunca más me volvió a pasar. De echo no lo he contado, hasta hoy.
 
Sólo necesito una mínima prueba para creer en algo.....ya me da igual Dios, espíritus, el más alla o cualquier cosa que no sea la podredumbre humana
 
La noche era un manto de tinta espesa, apenas salpicado por el brillo lejano de las estrellas. El único mundo real era el cono de luz que los faros de mi camión recortaban en la A-1, una cinta de asfalto que se deslizaba bajo mis ruedas en un monótono murmullo. Eran horas de soledad, de esas en las que la radio se convierte en tu única compañera y el café, en tu mejor aliado.

Fue justo al dejar atrás el desfiladero de Pancorbo, con sus imponentes moles de roca vigilando la carretera, cuando algo rompió la hipnosis del viaje. No fue un sonido, sino una presencia. Una luz.

Al principio, pensé que era un avión volando a baja altitud, o quizás un helicóptero. Pero no parpadeaba como las luces de navegación convencionales. Era un orbe de luz blanca, intensa pero no cegadora, que flotaba estático a media altura sobre los campos que se extendían a mi derecha. Su quietud era antinatural, desafiaba cualquier lógica que conocía sobre aeronáutica.

Reduje la velocidad instintivamente, con los ojos fijos en aquel objeto silencioso. No emitía el menor ruido, ni el zumbido de un motor ni el batir de unas hélices. El silencio era total, tan profundo que casi podía oír el latido de mi propio corazón acelerándose en el pecho.

De repente, la esfera de luz se movió. No fue un desplazamiento normal; fue un salto instantáneo, una aceleración imposible que la llevó de un punto a otro del cielo en una fracción de segundo, donde volvió a quedarse inmóvil. Luego, repitió el movimiento, dibujando ángulos agudos y patrones geométricos en la oscuridad. Se dividió en tres luces más pequeñas que danzaron entre sí con una precisión matemática antes de volver a fusionarse en una sola.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. No era miedo, sino asombro. La certeza de estar presenciando algo que no pertenecía a este mundo. Aparté la vista un segundo para asegurarme de que seguía en la carretera y, al volver a mirar, ya no había nada. La noche había recuperado su vacío, como si nunca hubiera ocurrido.

Continué el viaje con la mente en un torbellino. ¿Qué había sido aquello? No tenía explicación, solo la imagen imborrable de esas luces danzando en la madrugada solitaria de Pancorbo, un secreto entre el asfalto, mi camión y yo. Desde esa noche, cada vez que la carretera me lleva por ese tramo, no puedo evitar levantar la vista al cielo, esperando, quizás, volver a verlas.
Muy buen relato y muy interesante tu experiencia. Creo en el fenómeno ovni, familiares míos han visto alguno :)
 
Pienso lo mismo que tu shura.
Si todavía sigues trabajando con el camión, lleva contigo siempre unos prismáticos y una cámara de video que a lo mejor algún día tienes la oportunidad de volver a verlos
 
Volver
Arriba