El rencor, amigo, es un veneno que te bebes a sorbos cada noche mientras piensas en todo lo que pudo haber sido y no fue. Es ese cuchillo oxidado que llevas clavado en las entrañas, y aunque duele como el infierno, te niegas a sacarlo porque es lo único que te recuerda que alguna vez estuviste vivo.
Yo la amé. Claro que sí. Era joven, hermosa de esa manera que te desarma, delicada como una copa fina en un bar lleno de borrachos. Venía con sus cicatrices, su historia rota de familia humilde, de paredes húmedas y cuentas que nunca se podían pagar. La amé porque creí que podía protegerla, porque me hacía sentir como si aún quedara algo en mí que valiera la pena. Quería salvarla, aunque, ahora lo sé, eso nunca es amor, es una maldita fantasía de redención.
Le di todo. Mi tiempo, mi paciencia, mi cama, mi maldito corazón. ¿Y qué hizo ella? Se lo entregó a otros. Se acostó con ellos, con una frialdad que todavía me quema. Y luego me miraba a la cara, sonreía, me decía que me quería, mientras yo tragaba las mentiras porque prefería eso a enfrentar la verdad. Como un idiota, le di otra oportunidad. Y me apuñaló de nuevo. Más profundo esta vez. Supongo que así funciona: cuando alguien sabe dónde herir, lo hace mejor la segunda vez.
Eso, amigo, eso es el rencor. No es solo el odio. Es el amor que no se fue del todo, la parte que sigue queriéndola a pesar de todo, la que recuerda cómo sonreía, cómo reía, cómo era cuando las cosas aún tenían sentido. Es ese fuego lento que no te calienta, solo te consume. Porque no importa cuánto la odies, no puedes negar que la amaste. Y eso es lo peor. El rencor no es otra cosa que el amor que se pudrió, y el maldito hedor nunca se va.