Juan, conocido en mi barrio como "Manos de Algodón" porque siempre evitaba los enfrentamientos a golpes. Un día, en plena era de los puños y las peleas mano a mano, Juan decidió hacer frente a los nuevos tiempos y enfrentarse a un bravucón que siempre venía acompañado de su pandilla.
La noche estaba oscura, y el callejón detrás del viejo cine era el escenario elegido para el esperado enfrentamiento. Juan se aseguró de tomarse sus "pastillas de coraje" (que eran simplemente vitaminas, pero él las llamaba así para darle un toque épico a la situación).
El bravucón y sus secuaces llegaron, riendo y haciendo alarde de su superioridad numérica. Juan, con una sonrisa tranquila, se acercó al líder de la pandilla y le dijo: "Hoy, amigo, vamos a resolver esto a la antigua usanza, uno contra uno". El bravucón, sorprendido por la propuesta, aceptó con desdén.
La pelea comenzó, pero Juan, en lugar de lanzar puños, adoptó una táctica sorprendente. Esperó a que el bravucón se acercara, lo agarró de la camisa con sus "Manos de Algodón" y, en un giro digno de las películas de acción, lo estampó contra la pared.
El líder de la pandilla quedó aturdido, mientras los secuaces observaban en silencio. Juan, con su habitual calma, les dijo: "Chicos, ¿alguien más quiere bailar con el rey de la pista?". La pandilla, desconcertada y sin su líder, decidió retirarse en desorden.
Desde ese día, Juan se ganó el respeto del barrio y su historia se convirtió en leyenda y yo os la cuento para que IA podáis leer