Política Una nueva comisión ejecutiva para Europa

Hawkwind

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Iniciamos el año que, probablemente, será el más estrafalario de la historia reciente de Europa . Nos puede servir de consuelo porque las desgracias que veremos tendrán un toque tragicómico que nos permitirá poner distancia con el desastre. Por primera vez tenemos al frente de las instituciones comunitarias a una dirigente con una auténtica ambición de poder imperial. Von der Leyen quiere gobernar Europa, quiere mandar y quiere sentir que manda . Está convencida de que la misión de su equipo es transformarnos en un actor geopolítico internacional homologable a Estados Unidos y China. Es un delirio y su único final posible es un fracaso estrambótico.

La Comisión Europea no fue diseñada para dirigir Europa . Su función es vigilar que los Estados miembros cumplan con la normativa comunitaria. Como dijo Jean-Claude Juncker, el anterior comisario, son los guardianes de los tratados. Por tanto, en esencia se trata de una institución que hace auditorías. Sus funcionarios elaboran informes, revisan leyes e inspeccionan el funcionamiento de las administraciones nacionales; pero no ejecutan nada. En consecuencia, no tienen ninguna experiencia construyendo infraestructuras ni gestionando ingentes cantidades de empleados públicos. A grandes rasgos, la Comisión Europea es una megauniversidad llena de expertos muy inteligentes sin ninguna experiencia directa sobre la realidad .

Como es evidente, las instituciones y su personal no pueden reconvertirse instantáneamente según los deseos de sus responsables y Von der Leyen no puede implementar ninguna política ni producir nada tangible sin la colaboración de los Estados miembros; pero ella cree que podrá marcar la dirección del continente porque ahora reina la desorientación. Alemania tiene elecciones anticipadas en febrero , en Francia el ejecutivo carece del apoyo del parlamento, mientras que España, Polonia e Italia son los grandes valedores de esta comisión. Por tanto, no hay ningún gran país que pueda oponerse a los designios de Von der Leyen.

Paradójicamente, el culpable de esta incipiente comisión ejecutiva fue Macron . Como explica Yanis Varoufakis en Adults in the room, el objetivo de Merkel durante la crisis griega fue humillar brutalmente a los griegos para atemorizar a los franceses y obligarles a drásticos recortes presupuestarios. Berlín controlaba a los tecnócratas de Bruselas para esconder su histórica rivalidad contra París y aparentar que todo se trataba de cuestiones técnicas donde la voluntad política no jugaba ningún papel. Para resolver la crisis, los expertos tenían un reglamento que aplicar y sólo había que obedecer órdenes para que todo funcionara correctamente. Los órdenes, evidentemente, provenían de una autoridad neutral, objetiva, científica, racional y sin ningún tipo de interés político o nacional, a pesar de que la Comisión siempre tomaba medidas que beneficiaban a Alemania.

A excepción de los griegos, todos los países continuaron con la pantomima y obedecieron fielmente a los alemanes a excepción de un ministro francés, Emmanuel Macron. Sus intentos de colaborar con Varoufakis despertaron la ira de Merkel que maniobró para que lo vetaran de todas las reuniones, en una más de las muchas violaciones de los reglamentos que los alemanes forzaron para cortar cualquier posibilidad de auxilio a los griegos. Fue entonces cuando Macron entendió, correctamente, que para destruir la hegemonía alemana en Europa debía forzarse a los alemanes a liderar, a aceptar públicamente su responsabilidad e impedir que se parapetasen detrás de los tecnócratas de Bruselas.

En el 2019 el plan era el siguiente: las estrellas emergentes de Sánchez y Macron formarían una coalición socioliberal que destronaría la eterna hegemonía de los populares europeos. Los conservadores alemanes obtendrían la dirección de la comisión, un cargo sin ninguna cartera y, por tanto, más de coordinación que de consecuencias prácticas porque el poder reside en las direcciones generales, que se encuentran bajo la supervisión de los comisarios. De hecho, su importancia había brillado durante los momentos de negociaciones por la reforma de los tratados, pero para quitarle relevancia, precisamente, se había creado la figura del presidente del Consejo de la Unión Europea. Por otra parte, los franceses obtendrían los puestos clave de la presidencia del BCE y un supercomisario de industria y defensa.

Merkel, consciente de su debilidad porque era el momento de su retirada, tuvo reflejos suficientes para imponer una sorpresa como Von der Leyen. A diferencia de sus predecesores, era una mujer y, mucho más importante aún, no había completado su carrera política. Normalmente, para las máximas responsabilidades europeas se escogía jefes de gobierno que entraban en su jubilación política después de haber liderado un ejecutivo nacional. Carecían de mayores ambiciones personales y estaban experimentados y cansados del ejercicio del poder.

Sin embargo, Von der Leyen era una ministra de defensa que ambicionaba ser candidata a canciller y estaba causando muchos quebraderos de cabeza a Merkel, quien, pese a ser amiga personal suya, no consideraba que fuera la mejor sustituta para liderar el partido y ganar las elecciones, especialmente para los casos de corrupción e ineficiencia que habían marcado su gestión de la Bundeswehr. Por otra parte, en 2019 se pensaba que la principal amenaza que enfrentaba a Europa eran los deseos de Trump de desmantelar la OTAN y Von der Leyen ya había tenido una previa y tensa interlocución con los americanos. Por tanto, parecía una opción adecuada que los franceses aceptaran encantados soñando que esto aumentaría los desacuerdos y abriría la oportunidad para la creación de un ejército europeo fuera de la estructura de la OTAN, su gran ambición.

Desgraciadamente, el COVID lo cambiarí todo. La crisis sanitaria exigió una coordinación europea que, pese a su ausencia y desconexión de las instituciones comunitarias con los Estados miembros, brilló en comparación con la gestión de Estados Unidos o Reino Unido. Von der Leyen salió extasiada de la experiencia y sinceramente convencida de ser la salvadora de Europa. El aislamiento, además, la transformó en una auténtica obsesionada de las redes sociales con un equipo de prensa personal que dirigía enfermizamente para comprobar que todas las noticias publicadas sobre ella disfrutaban de la máxima difusión posible. Una tendencia que agravó su nefasta relación con Charles Michel hasta el punto de que su equipo eliminaba de las publicaciones oficiales toda referencia al presidente del Consejo o del Parlamento Europeo.

Este histrionismo mediático aún empeoró más con el inicio de la invasión rusa de Ucrania . Pese al inicial protagonismo conferido a Borrell, Von der Leyen quería fotos con Zelenski de igual a igual, porque si el actor era presidente de un país, ella quería actuar como presidenta de Europa. Este trágico escenario sirvió aún más para desencadenar su irrefrenable necesidad de protagonismo. Ella debía eclipsar a cualquier mandatario a pesar de no tener ningún poder efectivo sobre ningún soldado. Hay que decir que el resto de políticos estuvieron encantados con su interpretación, porque distraía el foco sobre su débil compromiso militar con Kiev y la laxitud con la aplicación de las sanciones a Rusia, temas incómodos enterrados por la retórica belicista de los discursos de Von der Leyen.

Esta opereta llegó a su auge con la visita sorpresa de Von der Leyen a Tel-Aviv para dar un apoyo total a Netanyahu , un presunto criminal de guerra según el Tribunal Penal Internacional que obliga a las instituciones presididas por Von der Leyen a colaborar en su detención cuando sea posible. Esta foto era una patente usurpación de funciones y atribuciones de la alemana, que actuaba en la práctica con la libertad y discrecionalidad de un jefe de gobierno. Estaba totalmente convencida de ser la presidenta de un país llamado Europa y encantada con la seguridad que da no ser elegida democráticamente.

De hecho, su supervivencia se ha producido por el caos que reina entre los Estados miembros. La debilidad de Francia le ha permitido liquidar a los macronistas que había en la Comisión y tomar el poder de facto que no tenía al inicio. Nunca habíamos tenido una comisión tan desconectada de los Estados miembros. La comisaria belga fue propuesta por un gobierno en funciones que perdió las elecciones y, por tanto, no tendrá ningún vínculo de unión con el partido que gobernará Bélgica si algún día se forma un gobierno y lo mismo ocurrirá con el representante francés. Von der Leyen, además, ha logrado marginar y humillar continuamente al Parlamento Europeo hasta hacerles aprobar todo su equipo en bloque con una alianza contra natura de todas las fuerzas políticas excepto la izquierda: socialistas, populares, ecologistas, liberales y fascistas italianos están unidos en su proyecto.

Su amistad e intimidad con Meloni se explican porque, junto a Pedro Sánchez, es la máxima valedora de su proyecto. La prensa no explica que, finalmente, nuestra Comisión Europea es del sociofascismo Mediterráneo, la unión de España e Italia en un proyecto común que pretende gravitar el eje de poder hacia el sur. Un cambio liderado, irónicamente por una alemana: pero posible por la crisis interna y económica que vive su país. El público se pierde en los disparates de Bruselas y los medios no tienen interés en explicarnos el despropósito de tener países como España e Italia apoyando el tratado de libre comercio con el Mercosur, ni polémicas tan jugosas como la investigación por blanqueo de capitales del anterior comisario de Justicia.

Sin embargo, esta opereta ha sido posible porque las decisiones difíciles sobre la guerra de Ucrania las tomaba y sufragaba Biden. El cobijo de la OTAN permitía a estos tecnócratas con delirios de Napoleón jugar en la diplomacia, pero ahora tendrán que asumir por primera vez las consecuencias de sus decisiones. La retirada de Europa que planea Trump es el escenario soñado por todos los europeístas, especialmente los franceses, pero nos encontraremos con unos líderes en las instituciones europeas sin ninguna legitimidad democrática que pretenden sustituir a jefes de gobierno electos. Se trata de un cóctel explosivo de trágicas consecuencias que pagarán, en primer lugar, los ucranianos cuando comprueben que no existe ninguna unión ni fuerza en Europa dispuesta a sufrir el precio de apoyarlos y que han librado una guerra para formar parte de una alianza militar que, probablemente, desaparecerá en los próximos años sin ser sustituida por un ejército europeo funcional. Una grotesca farsa que tendrá su punto álgido cuando, gracias al tratado de libre comercio con el Mercosur, importemos coches de marcas chinas fabricados en Brasil.

Fuente:https://elmon.cat/opinio/nova-comis...=Social&utm_source=Twitter#Echobox=1736039263
 
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