Cada cierto tiempo reaparece el debate sobre el llamado “Oro de Moscú”, aquel envío de las reservas del Banco de España a la URSS en 1936. Para unos, fue un “expolio de los rojos”; para otros, una decisión desesperada para evitar que el oro cayera en manos de los sublevados.
Pero quizá valga la pena mirar el asunto con una perspectiva más larga: no fue la primera vez que España dilapidó sus reservas de oro.
Entre los siglos XVI y XVIII, llegaron a España toneladas de oro y plata desde América. Durante décadas, el país fue el más rico de Europa en metales preciosos.
¿Resultado? Aparentemente, prosperidad. En la práctica, un espejismo.
La inmensa riqueza americana se gastó en guerras, deudas y lujos de la corte y corruptelas, sin transformar la economía del país.
Las manufacturas, los barcos, las armas y hasta los préstamos venían del extranjero. España fue rica en oro, pero pobre en industria y futuro.
Cuando cesó el flujo colonial, las arcas quedaron vacías y el Imperio empezó su largo declive.
Cuatro siglos después, en plena Guerra Civil, el Gobierno de la Segunda República decidió enviar 510 toneladas de oro (el 72 % de las reservas nacionales) a la Unión Soviética.
No fue un robo: fue una decisión política y legal, aunque económicamente desastrosa. El oro se vendió para comprar armas, combustible y alimentos en un contexto en que casi ningún país quería comerciar con la República.
Al acabar la guerra, España volvió a quedarse sin reservas, empobrecida y aislada. Franco heredó un país absolutamente arruinado.
Resumiendo, España dilapidó sus reservas dos veces. En ambas, el oro terminó fuera y la pobreza dentro.
Y entre discursos sobre “expolios” o “patriotismos”, el único damnificado real fue el pueblo español.