General Se que cuando llega el calor los chicos se enamoran....

tontodelculo

Shurmano
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16 Jul 2025
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PRELUDIO

Sé que cuando llega el calor los chicos se enamoran... decía la canción. Lo que no decía es que algunos también lloramos por dentro, viendo en lo que se ha convertido la playa española. Porque, amigos, España ha tenido muchas épocas... pero ninguna tan desconcertante como esta.

Hubo un tiempo —y no hablo de la prehistoria, hablo de los 80 y 90— en que la playa era un ritual, una puesta en escena, un teatro nacional del erotismo veraniego. Había mujeres que iban como monjas en los 60, con bañadores de cuello alto y pamelas como pa' recoger aceitunas, y luego llegó el destape, el boom, la libertad bien entendida, el biquini de triángulo y el cuerpo moreno sin complejos. Aquello no era vulgaridad, shur... era arte. Las mujeres enseñaban lo justo para encender el alma, no para abrir la caja de herramientas.
Y tú, caña va, caña viene, allí en el chiringuito de Manolo, alegrabas la vista como quien pasea por un museo al aire libre. Ellas, cómplices, te sonreían al pasar, sabían jugar el juego. Las más atrevidas directamente iban sin parte de arriba, y tú te alegrabas en esas noches tranquilas de verano, cuando te acordabas de aquella sonrisa picarona que te enseñó las gemelas como quien te enseña un secreto entre risas. Era un acuerdo tácito, sin notarios ni cláusulas: ellas te calentaban un poco el alma, y tú, a la tercera caña, la invitabas a bailar la lambada, el baile prohibido. Arrimabas cebolleta con respeto, con arte, buscando encender un fueguecito, un calorcito que no terminara con una factura de 9 meses y custodia compartida. Ni condón ni ostias, no buscabas cargas, buscabas alivio y ella lo deseaba.

Y cuando el sol caía, tú volvías al hogar,con la conciencia tranquila, que tu mujer te tenía preparadas unas lentejas con chorizo y su huesito de jamón. Quizás ya bajabas las revoluciones, ponías algo tranquilo en la radio: un Rafael, o esa época buena de Café Quijano, la que hablaba de mujeres y vino como si fueran religión. Desde Brasil decían, pero perfectamente podía ser desde la Cala Blanca contando tú día.

Y te sentías en paz, porque te habías ganado ese día de playa después de currarte la semana entera tu media jornada, tus doce horitas, eso sí, a tu bola. Si el jefe venía a tocar los cojones, ya tenías la excusa lista: que si ir al banco a entregar unos papeles, que si hablar con un proveedor… y en realidad te estabas metiendo unas olivas con vermú en el bar de Pepe, que antes no había internet, y tú estabas en misión para la empresa. Eras el engranaje que hacía funcionar todo, y tú estabas haciendo operaciones importante para la empresa... pero como se hacen las operaciones importantes, en persona.
¿Acaso te crees que el fichaje de Hierro por el Madrid se cerró por videollamada? ¿Tú piensas que Lorenzo Sanz se conectaba al Messenger para negociar? ¡No, hombre, no! Eso se hacía con un puro en la mano, un solomillo al whisky delante y cuatro tíos sudando en chaqueta mientras se estrechaban la mano con fuerza, como se cierran los tratos de verdad. Si tú crees que ese fichaje se hizo por Zoom o en el metaverso… es que eres tonto del culo. Así de claro. Igual que los grandes negocios de barrio, del bar de toda la vida: se hablaban en la barra, se confirmaban en la segunda caña y se firmaban en una servilleta con boli BIC, con la palabra por delante y los cojones bien puestos.

LUDIO
La playa de antes… ay, la playa de antes. Aquello sí era un santuario. Las mujeres eran mujeres y el verano era verano. Tú ibas con tus chanclas, tu toalla de Cola Cao y tu nevera azul con doce Estrellas de levante bien frías. Y si tenías suerte, te cruzabas a la doble de Malena Gracia con aquel conejito cerca de la entrada prohibida, ese tatuaje que más que un dibujo era una promesa. O a la doble de aquella portada mítica de Marta Sánchez en Interviú que acompañó las noches solitarias de media España en el verano del 91. Eso sí era sugerente, eso era arte.

Ahora te cruzas con una y no sabes si es un congreso de cosplay de esos o un catálogo de calcomanías mal impresas, incluso peor, una vasca, y digo una por hablar de unidades y no volumen, con el machetazo ese que se pegan en el flequillo, que eso si es terrorismo. No están bronceadas, están tintadas. Van tatuadas de arriba abajo, pero no con gracia ni intención, no con un toque sensual que te invite a imaginar. Más hierro que los restos del Titanic o el Titán. Y te dicen que eso les pone. Que eso “es libertad, es identidad”. Mira, si por metal y hollín se excitan, que la metan en el tubo de escape de un BMW M3 E36 que es la aficción clásica de los down, meterla en tubos de escape. Por lo menos los down de los 90 eran más inteligentes que la chavalada de hoy en día.

Y los culpables son ellos. Los chavales de ahora que se las quieren tirar como si fueran algo exótico, como si se estuvieran ligando a un transformer con peluca. Les va el rollo cibernético, el negro mate, el filtro de Instagram puesto a todo. Se creen que están viviendo una experiencia espiritual cuando en realidad parecen querer metérsela a Darth Vader después de pasar por la Thermomix.

Y luego está la vuelta a casa, en los 90, cuando el plan era sencillo: coche humeando, música alta, botella de Dyc en el asiento de atrás y el alma libre. Si te paraban los civiles, les ofrecías un trago, soltabas un billete de 10.000 pelas y a seguir la ruta. Era otra España. Otra cultura. Otra responsabilidad. Los coches eran tanques, no cajas de aluminio con sensores que pitan si estornudas. Si pasaba algo, como mucho era una señora con el coche del marido, que se rayaba un retrovisor. Se bajaba, se pedía perdón, parte amistoso y pa’lante. No había broncas, solo soluciones.
Pero centrémonos. Porque el problema no acaba en los tatuajes ni en los coches sin alma. No. Lo que se ha perdido de verdad es la armonía. Ahora vas a la playa y no puedes dar tres pasos sin pisar una pala, oír reguetón a todo trapo, o esquivar una pelota voladora. Los críos no juegan, pelean. Los padres no educan, gritan. Y los abuelos... los pobres abuelos ya no están, han sido sustituidos por altavoces Bluetooth y trap o reggaeton que es una advertencia para no ir a la playa.

Antes, la playa era el templo del obrero, el lugar donde ibas a descansar, mirar, respirar, tomarte un helado y sentir que formabas parte de algo bonito y sencillo. Ahora parece un after con arena, un centro comercial sin vigilancia. Nos hemos cargado el verano. Nos hemos cargado España. Y lo peor con tanto panchito, cubanito, etc... se ha perdido la tranquilidad que antes había.

POSTLUDIO

Porque, mira, si algo tenía la playa de los 90, era que curaba el alma. No hacía falta terapeuta, ni mindfulness, ni retiros espirituales. Bastaba con el rumor de las olas, el olor a crema solar de coco, y ese roce casual con la chica de la toalla de al lado, que te tocaba la pierna como sin querer, y tú hacías como que no pasaba nada… pero por dentro era como revivir el gol de Alfonso a Yugoslavia. Había magia, había códigos, picardía sin denuncia. Las cosas se daban: sin apps, sin “me gustas”, sin estrategias de seducción hechas por y para robots. Era instinto, era verano español, era verdad.

Y cuando el sol caía, y tú habías tenido tu ración de roce, de risa, de sal y de sudor, uno se sentía limpio. Reconciliado. Entero. No era solo sexo: era sanación interna, era un “todo va a ir bien” susurrado entre cuerpos morenos que compartían algo más que arena. Allí, entre el sonido del mar, la discreción del gemido y el vaivén de la brisa, uno no solo follaba… uno se encontraba a sí mismo.

Y ahora, aquí estamos. Mirando la orilla con la toalla bajo el brazo, pero con el alma más lejos que nunca. El mar sigue ahí, sí… pero nos han cambiado el paisaje. Donde antes había miradas cómplices, ahora hay filtros. Donde había roce y misterio, ahora hay postureo, ruido y notificaciones. La playa ya no es un templo: es un centro comercial sin aire acondicionado. El lugar donde el obrero encontraba su redención se ha convertido en un decorado sin alma.

Nos quitaron el verano, shur. Nos quitaron la España bonita. Pero escucha bien esto: quien lo vivió, lo sabe. Quien se rozó en la toalla prestada, quien bailó la lambada con arena en los pies, quien compartió un bocata de mortadela y una mirada pícara al mismo tiempo… ese no olvida. Porque mientras quede uno de los nuestros en pie —con una caña fría en la mano y la memoria intacta—, nadie nos podrá quitar aquel sol, aquella brisa… y aquellas gemelas que nos sonrieron solo a nosotros.
 
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