General Se me apareció Franco en la siesta y me dijo que me cambiara de compañía eléctrica

tontodelculo

Shurmano
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16 Jul 2025
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PRELUDIO

Lunes por la mañana, julio. Ya con eso puedes hacerte una idea. Ese calor que no perdona ni al pecado, que cae como castigo divino por todos los vermús acumulados del sábado, aún tengo recuerdos de aquellos cólicos del fin de semana. La tienda vacía, como tiene que estar un lunes de verano: clientes en la playa, repartidores en la cama, y yo... currando, como los hombres.

El local, por razones legales y de discreción, no lo describiré del todo, pero digamos que huele a aceite usado y a rueda caliente. No digo más. Los lunes, a esa hora —serían las 11— ni el gato de la vecina se pasa. El aire acondicionado hace años que no funciona, tenemos un ventilador que compré cuando nació mi primer hijo y aún hoy sigue "funcionando".

Mi ritual, sí, el sagrado: café solo con hielo en vaso ancho en el bar de siempre, con Manolo detrás de la barra diciéndome que los políticos son todos iguales y que este año tampoco va al pueblo. Una tostada de pan de barra del día anterior con mantequilla y jamón serrano, no está tan bueno como el jamón de mi suegro pero entra que ni gloria entre pecho y espalda. Y tras eso, vuelta al tajo, con más sudor que esperanza.

Me siento en la silla —una de playa blanca, de esas de Carrefour que te duran diez años si no las usas mal, con una pata rota pero que se mantiene mientras no te eches hacia adelante. La tengo desde hace dos veranos y ya forma parte del mobiliario espiritual del local.

Pongo la radio, no para escucharla, sino para sentir compañía. La COPE, claro. Porque uno necesita una voz que le hable claro y sin globitos morales. Aunque no soy fan de Herrera, ojo. Muy mojigato, demasiado bien queda, como si le doliera ser español. Va de patriota con bufanda de seda, pero luego te habla de Europa con voz de seminarista suizo. Yo necesito que me hablen con voz de feria.

Así que la dejo de fondo, por rutina, como quien se pone la camisa con lamparones para ir al bar: no porque quede bien, sino porque es la de siempre.
Y ahí, en frente, colgado en su altar de gloria, a modo de calendario eterno, la Interviú del 2012. Portada de Sonia Monroy, en su época buena, cuando todavía el pantalón del Zara Kids le quedaba ajustadito y no como ahora que es el doble de mujer y empieza a estar pocha más que madura. Tacones rojos, de esos que si te pisa con ellos te deja marca en el alma, y que —si me apuras— podría haberte bailado una bulería en el pecho sin pedir permiso.

Esas tetas, shur… esas tetas eran filosofía. No sexualidad barata como ahora, no. Eran idea, eran concepto. Te hacían pensar. Te hacían callar. Te reconciliaban con el ser español, con la hombría de toda la vida, con el bar y el carajillo, no con el brunch y los batidos de avena. No sé qué tiene esa Interviú, pero el cuerpo se me relajó como después de una fabada completa en la boda de tu primo. El ventilador me daba en la cara, lento, noble, como si me abanicara la mismísima Lola Flores, vestida de luto y dignidad.
Y los párpados se me bajaban como persianas de pueblo a la hora de comer.

Y mira, te digo más: estando en Semana Santa, no llevarse esa revista al baño para ver el contenido interior es un acto de fe. Porque sí, shur, esa Interviú no se hojea, se venera. No es para manosearla con intención perversa, sino para tenerla ahí, como se tiene al Cristo de Medinaceli: que no le pides, pero te acompaña. Una portada así no mancha, consuela. Y en un lunes de julio, con el estómago lleno y la tienda vacía, te da más calor espiritual que la mantilla de tu abuela.

Y así, entre nostalgia, aceite y tacones rojos, caí.

LUDIO

La mirada penetrante de Sonia Monroy se me quedó grabada en el subconsciente como un San Sebastián con silicona, pero lo cierto es que empecé a soñar. Y no un sueño cualquiera, ojo. Era un sueño español.

Primero me vi en una procesión. Semana Santa, sin duda. El aire era una mezcla gloriosa de incienso, sudor y Varón Dandy flotando entre saetas. Las abuelas vestidas de negro riguroso, los timbales sonando a lo lejos como latidos de toro bravo, y yo allí, cargador del paso, sudando con honor… solo que el paso no era un Cristo, era un BMW E36 descapotable, pintado con los colores de España. La gente aplaudía, lloraba, se santiguaba. Una señora me ofrecía una empanadilla de atún envuelta en servilleta de bar, entre lágrimas de emoción.

Y de repente… silencio.
Un silencio sagrado, denso, como cuando en la tele interrumpían la programación para anunciar un parte de guerra o la muerte de alguien importante. El cielo se volvió gris, como un día de luto nacional, y entre la bruma apareció ÉL. Caminaba con firmeza, pero sin pisar el suelo. Una silueta de metro y medio levitando un palmo por encima del suelo.
Uniforme impoluto, mirada de mármol, el pecho lleno de medallas que no sabías si eran por hazañas bélicas o por haber ganado todos los bingos del barrio.

Francisco Franco Bahamonde.
Venía a hablarme.

— “Español…” —dijo, con una voz que no se oía, se sentía. Una mezcla entre Constantino Romero y el eco del Valle de los Caídos en día de viento.
— “Estás pagando de más en la factura de la luz.”

Me quedé helado, shur. Más blanco que los calcetines con sandalias de un guiri en Torrevieja. No sabía qué decir. Solo asentía, como cuando el padre de tu novia te abre la puerta en calzoncillos y tú vas con flores.

— “Has confiado en las eléctricas traidoras. No tienen principios. No tienen bandera. Suben la tarifa sin consultar al alma de España. Eso no lo tolero.”

Intenté responder algo, preguntarle si esto era una señal divina, como echamos a Sanchez o que hacer para que Lamine Yamal le metan el tratamiento para ser blanco y no para crecer 10cm. Pero me cortó y yo callé como buen español.

— “Te ordeno, por el bien del kilovatio patrio… que cambies de compañía. Pero no a cualquier chiringuito moderno. Una con nombre de los de antes. Con raíces. Con alma de cuadra y brasero.”

En ese momento, una paloma blanca dio un par de vueltas sobre mí y dejó caer una factura de Iberdrola, manchada de tinto de verano. La cogí. La miré. Y cuando levanté la vista… el General ya no estaba. Solo el silencio, y un murmullo lejano que sonaba a pasodoble tocado al revés.

Y ahí, desperté.
Sudando. Respirando raro. Con la COPE aún zumbando de fondo y Sonia Monroy desde el calendario mirándome como quien sabe que ha presenciado algo sagrado.

Sí, había sido un sueño. Pero no un sueño cualquiera.
Había sido una misión. Una llamada. Un deber.
Tenía que cambiar de compañía eléctrica.
Por España.


POSTLUDIO

Desde aquella aparición gloriosa y cargada de voltaje espiritual, aún no he vuelto a echar otra siesta, no pienso encontrarme con el generalisimo sin cumplir con su petición. No soy un necio. Porque cuando a uno le habla Franco en sueños y le señala una factura, eso no se ignora. Eso se obedece.

He estado investigando. Comparando. Llamando a un par de amigos del polígono que saben de esto. Uno es electricista en una tienda de lamparas y otro fue instalador de aire acondicionado hasta que se quedó sin trabajo por culpa de ZParo.

Y tras pensarlo mucho, he iniciado los trámites para cambiarme a la compañía eléctrica Audax Renovables de José Elias.
Sí, shurs. El Elon Musk de la paella. El hombre que ha enchufado media España sin renunciar al acento. Un empresario con nombre de carpintero y ambición de faraón.
Porque si alguien puede canalizar el espíritu eléctrico del Generalísimo en el siglo XXI, es él.

No sé si bajaré la factura, si me darán puntos o si acabaré recibiendo luz directamente por la fe. Pero he tomado la decisión correcta.
No por mí, sino por España.
Y si algún día me vuelve a visitar Franco —o Camilo Sesto, o Manolo Escobar—, quiero poder mirarle a los ojos, firme, con la factura en la mano, y decir:
“Cumplí, mi general.”
 
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Luego me lo leo.
 
PRELUDIO

Lunes por la mañana, julio. Ya con eso puedes hacerte una idea. Ese calor que no perdona ni al pecado, que cae como castigo divino por todos los vermús acumulados del sábado, aún tengo recuerdos de aquellos cólicos del fin de semana. La tienda vacía, como tiene que estar un lunes de verano: clientes en la playa, repartidores en la cama, y yo... currando, como los hombres.

El local, por razones legales y de discreción, no lo describiré del todo, pero digamos que huele a aceite usado y a rueda caliente. No digo más. Los lunes, a esa hora —serían las 11— ni el gato de la vecina se pasa. El aire acondicionado hace años que no funciona, tenemos un ventilador que compré cuando nació mi primer hijo y aún hoy sigue "funcionando".

Mi ritual, sí, el sagrado: café solo con hielo en vaso ancho en el bar de siempre, con Manolo detrás de la barra diciéndome que los políticos son todos iguales y que este año tampoco va al pueblo. Una tostada de pan de barra del día anterior con mantequilla y jamón serrano, no está tan bueno como el jamón de mi suegro pero entra que ni gloria entre pecho y espalda. Y tras eso, vuelta al tajo, con más sudor que esperanza.

Me siento en la silla —una de playa blanca, de esas de Carrefour que te duran diez años si no las usas mal, con una pata rota pero que se mantiene mientras no te eches hacia adelante. La tengo desde hace dos veranos y ya forma parte del mobiliario espiritual del local.

Pongo la radio, no para escucharla, sino para sentir compañía. La COPE, claro. Porque uno necesita una voz que le hable claro y sin globitos morales. Aunque no soy fan de Herrera, ojo. Muy mojigato, demasiado bien queda, como si le doliera ser español. Va de patriota con bufanda de seda, pero luego te habla de Europa con voz de seminarista suizo. Yo necesito que me hablen con voz de feria.

Así que la dejo de fondo, por rutina, como quien se pone la camisa con lamparones para ir al bar: no porque quede bien, sino porque es la de siempre.
Y ahí, en frente, colgado en su altar de gloria, a modo de calendario eterno, la Interviú del 2012. Portada de Sonia Monroy, en su época buena, cuando todavía el pantalón del Zara Kids le quedaba ajustadito y no como ahora que es el doble de mujer y empieza a estar pocha más que madura. Tacones rojos, de esos que si te pisa con ellos te deja marca en el alma, y que —si me apuras— podría haberte bailado una bulería en el pecho sin pedir permiso.

Esas tetas, shur… esas tetas eran filosofía. No sexualidad barata como ahora, no. Eran idea, eran concepto. Te hacían pensar. Te hacían callar. Te reconciliaban con el ser español, con la hombría de toda la vida, con el bar y el carajillo, no con el brunch y los batidos de avena. No sé qué tiene esa Interviú, pero el cuerpo se me relajó como después de una fabada completa en la boda de tu primo. El ventilador me daba en la cara, lento, noble, como si me abanicara la mismísima Lola Flores, vestida de luto y dignidad.
Y los párpados se me bajaban como persianas de pueblo a la hora de comer.

Y mira, te digo más: estando en Semana Santa, no llevarse esa revista al baño para ver el contenido interior es un acto de fe. Porque sí, shur, esa Interviú no se hojea, se venera. No es para manosearla con intención perversa, sino para tenerla ahí, como se tiene al Cristo de Medinaceli: que no le pides, pero te acompaña. Una portada así no mancha, consuela. Y en un lunes de julio, con el estómago lleno y la tienda vacía, te da más calor espiritual que la mantilla de tu abuela.

Y así, entre nostalgia, aceite y tacones rojos, caí.

LUDIO

La mirada penetrante de Sonia Monroy se me quedó grabada en el subconsciente como un San Sebastián con silicona, pero lo cierto es que empecé a soñar. Y no un sueño cualquiera, ojo. Era un sueño español.

Primero me vi en una procesión. Semana Santa, sin duda. El aire era una mezcla gloriosa de incienso, sudor y Varón Dandy flotando entre saetas. Las abuelas vestidas de negro riguroso, los timbales sonando a lo lejos como latidos de toro bravo, y yo allí, cargador del paso, sudando con honor… solo que el paso no era un Cristo, era un BMW E36 descapotable, pintado con los colores de España. La gente aplaudía, lloraba, se santiguaba. Una señora me ofrecía una empanadilla de atún envuelta en servilleta de bar, entre lágrimas de emoción.

Y de repente… silencio.
Un silencio sagrado, denso, como cuando en la tele interrumpían la programación para anunciar un parte de guerra o la muerte de alguien importante. El cielo se volvió gris, como un día de luto nacional, y entre la bruma apareció ÉL. Caminaba con firmeza, pero sin pisar el suelo. Una silueta de metro y medio levitando un palmo por encima del suelo.
Uniforme impoluto, mirada de mármol, el pecho lleno de medallas que no sabías si eran por hazañas bélicas o por haber ganado todos los bingos del barrio.

Francisco Franco Bahamonde.
Venía a hablarme.

— “Español…” —dijo, con una voz que no se oía, se sentía. Una mezcla entre Constantino Romero y el eco del Valle de los Caídos en día de viento.
— “Estás pagando de más en la factura de la luz.”

Me quedé helado, shur. Más blanco que los calcetines con sandalias de un guiri en Torrevieja. No sabía qué decir. Solo asentía, como cuando el padre de tu novia te abre la puerta en calzoncillos y tú vas con flores.

— “Has confiado en las eléctricas traidoras. No tienen principios. No tienen bandera. Suben la tarifa sin consultar al alma de España. Eso no lo tolero.”

Intenté responder algo, preguntarle si esto era una señal divina, como echamos a Sanchez o que hacer para que Lamine Yamal le metan el tratamiento para ser blanco y no para crecer 10cm. Pero me cortó y yo callé como buen español.

— “Te ordeno, por el bien del kilovatio patrio… que cambies de compañía. Pero no a cualquier chiringuito moderno. Una con nombre de los de antes. Con raíces. Con alma de cuadra y brasero.”

En ese momento, una paloma blanca dio un par de vueltas sobre mí y dejó caer una factura de Iberdrola, manchada de tinto de verano. La cogí. La miré. Y cuando levanté la vista… el General ya no estaba. Solo el silencio, y un murmullo lejano que sonaba a pasodoble tocado al revés.

Y ahí, desperté.
Sudando. Respirando raro. Con la COPE aún zumbando de fondo y Sonia Monroy desde el calendario mirándome como quien sabe que ha presenciado algo sagrado.

Sí, había sido un sueño. Pero no un sueño cualquiera.
Había sido una misión. Una llamada. Un deber.
Tenía que cambiar de compañía eléctrica.
Por España.


POSTLUDIO

Desde aquella aparición gloriosa y cargada de voltaje espiritual, aún no he vuelto a echar otra siesta, no pienso encontrarme con el generalisimo sin cumplir con su petición. No soy un necio. Porque cuando a uno le habla Franco en sueños y le señala una factura, eso no se ignora. Eso se obedece.

He estado investigando. Comparando. Llamando a un par de amigos del polígono que saben de esto. Uno es electricista en una tienda de lamparas y otro fue instalador de aire acondicionado hasta que se quedó sin trabajo por culpa de ZParo.

Y tras pensarlo mucho, he iniciado los trámites para cambiarme a la compañía eléctrica Audax Renovables de José Elias.
Sí, shurs. El Elon Musk de la paella. El hombre que ha enchufado media España sin renunciar al acento. Un empresario con nombre de carpintero y ambición de faraón.
Porque si alguien puede canalizar el espíritu eléctrico del Generalísimo en el siglo XXI, es él.

No sé si bajaré la factura, si me darán puntos o si acabaré recibiendo luz directamente por la fe. Pero he tomado la decisión correcta.
No por mí, sino por España.
Y si algún día me vuelve a visitar Franco —o Camilo Sesto, o Manolo Escobar—, quiero poder mirarle a los ojos, firme, con la factura en la mano, y decir:
“Cumplí, mi general.”
Me ha gustado el relato. Ojalá muchos del foro tuviesen tu ortografía.
 
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