LISI
Shurmano Rodio
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Leyendo algo que no viene al caso, me topé con la biografía de Robert Devereux, II conde de Essex, y la verdad, es que no tiene desperdicio.
No hay Blue-ray, pero al final sí habrá un resumen.
Nació el 10 de noviembre de 1565 y murió por causas naturales el 25 de febrero de 1601. En su caso, las causas naturales fueron que su cabeza se independizó del resto del cuerpo, para gran regocijo de la concurrencia.
Hijo de Walter I conde de Essex y de Lettice Knollys, no se sabe con exactitud cuántos hermanos tuvo, pero la verdad, da igual. Su padre palmó al poco de nacer él, y su madre reanudó, o continuó sus relaciones con Robert Dudley, conde de Leicester. Cursó el servicio militar bajo la tutela de su padrastro, y podríamos decir que ahí empezó todo. Nunca se casó, ya veréis por qué.
Pues no se casó porque fue introducido por su padrastro en la corte de la reina Isabel I. Otro petardo infumable como su nieta. Bien, a la Isabel le dijeron que un tal Robert estaba haciendo una brillante carrera militar por lo que la monarca lo nombró Gran Maestre de las Caballerizas, y es que su brillante carrera militar se basaba en tener una tranca como la de los caballos. Sí, tan bien dotado estaba el hombre, que numerosas noches acompañaba a la reina en sus habitaciones. Eh, que la tia rondaba los sesenta y él, un yogurín con 22 tacos, se disfrazaba de bombero, de lechero, de desatascador de tuberías, de mecánico especialista en pulir pistones, etc . Imaginación, había.
Pero el muchacho no tenía bastante, así que presto a impresionar a su vieja, en 1559 partió sin su permiso hacia España, a darnos de palos y a demostrarnos que el te de las cinco supera a nuestra bienamada siesta. Error. En Lisboa, por entonces colonia española, le dieron una tunda de palos que regresó a su isla pero por la vía directa y cantando fados. La monarca, indignada por la desobediencia de su súbdito, le dio la espalda y se negó a recibirlo, pero él puso su tranca en su hombro, y cual butanera calvinista pro-max, se lo llevó a la habitación. Naaa, que era broma, ¡tontorrón!
¿Sabéis cuando alguien es gilipollas? Pues ahí estamos. A la Isabel le pidieron ayuda desde el continente y a ella sólo se le ocurrió que su cipote andante fuera a liberar a las baguettes de su opresión. La verdad es que iba escocida y un poco de descanso no le iría mal. Total, a la mujer se la pelaban los franceses y pensó: les envío al niño, yo descanso, él la caga y todos contentos. Y así fue. Él, fiel escudero de la reina fue solito en busca de su fracaso. Joder, sólo tenía que seguir las órdenes, pero no, fue incapaz, y en dos meses volvía junto a su reina. Esta vez le costó algo más que aceptara su cipote, pero lo consiguió.
Y ya puesto, nuestro valiente protagonista decidió emular a Leicester y Walsingham y así derrotar él, solito, a los españoles, pero a estas alturas ya había quién se lo mirara de lejos. Joder, qué peligroso empezaba a ser el hombre, y tanto es así que pronto se iniciaron las consabidas intrigas palaciegas en lucha por el favor de la Reina. Whilliam Cecil, primer barón de Burghley (que vete a saber por dónde cae) y su hijo, fueron los principales contendientes. Fracasaron porque no tenían el arma definitiva contra Robert Devereux: un cipote mayor con el que conquistar a la reina. Pero eso fue solo una batalla; la guerra la ganarían gracias a la estupidez congénita del conde de Essex, el cual se peleó en público con la reina y esta, cabreada, le retorció una oreja. Otras biografías dicen que le retorció un huevo, pero no está confirmado. Sea como sea, nuestro intrépido guerrero se fue humillado de la corte.
Pero al conde de Essex le escocía el escroto, así que para ganarse de nuevo los favores de la reina, se fue el solito, bueno, seguido por unos cuántos retarded más, a derrotar al rebelde irlandés Hugh O’Neill, el cual, al verlo llegar se partió tanto la caja que hasta se cayeron simpáticos. Nuestro conde olvidó la derrota y propuso al rebelde que le dejara unos cuántos hombres para ir a destronar a Isabel. Hugh, se lo miró de soslayo y pensó: es el tío más gilipollas que ha pisado esta puta isla. Entonces, le dio a unos cuantos de sus prisioneros más jodidos y los dejó solitos. Sin duda los despidió desde lo alto de su castillo, pañuelo en mano y hasta soltando una lagrimita.
Tal como puso un pie en la corte, la monarca, escocida por su nuevo concubino, e informada por sus espías, mandó a su ex a la Torre de Londres y ahí le hizo cortar la cabeza. La de arriba, se entiende.
Resumen: lo que hace una buena tranca.
No hay Blue-ray, pero al final sí habrá un resumen.
Nació el 10 de noviembre de 1565 y murió por causas naturales el 25 de febrero de 1601. En su caso, las causas naturales fueron que su cabeza se independizó del resto del cuerpo, para gran regocijo de la concurrencia.
Hijo de Walter I conde de Essex y de Lettice Knollys, no se sabe con exactitud cuántos hermanos tuvo, pero la verdad, da igual. Su padre palmó al poco de nacer él, y su madre reanudó, o continuó sus relaciones con Robert Dudley, conde de Leicester. Cursó el servicio militar bajo la tutela de su padrastro, y podríamos decir que ahí empezó todo. Nunca se casó, ya veréis por qué.
Pues no se casó porque fue introducido por su padrastro en la corte de la reina Isabel I. Otro petardo infumable como su nieta. Bien, a la Isabel le dijeron que un tal Robert estaba haciendo una brillante carrera militar por lo que la monarca lo nombró Gran Maestre de las Caballerizas, y es que su brillante carrera militar se basaba en tener una tranca como la de los caballos. Sí, tan bien dotado estaba el hombre, que numerosas noches acompañaba a la reina en sus habitaciones. Eh, que la tia rondaba los sesenta y él, un yogurín con 22 tacos, se disfrazaba de bombero, de lechero, de desatascador de tuberías, de mecánico especialista en pulir pistones, etc . Imaginación, había.
Pero el muchacho no tenía bastante, así que presto a impresionar a su vieja, en 1559 partió sin su permiso hacia España, a darnos de palos y a demostrarnos que el te de las cinco supera a nuestra bienamada siesta. Error. En Lisboa, por entonces colonia española, le dieron una tunda de palos que regresó a su isla pero por la vía directa y cantando fados. La monarca, indignada por la desobediencia de su súbdito, le dio la espalda y se negó a recibirlo, pero él puso su tranca en su hombro, y cual butanera calvinista pro-max, se lo llevó a la habitación. Naaa, que era broma, ¡tontorrón!
¿Sabéis cuando alguien es gilipollas? Pues ahí estamos. A la Isabel le pidieron ayuda desde el continente y a ella sólo se le ocurrió que su cipote andante fuera a liberar a las baguettes de su opresión. La verdad es que iba escocida y un poco de descanso no le iría mal. Total, a la mujer se la pelaban los franceses y pensó: les envío al niño, yo descanso, él la caga y todos contentos. Y así fue. Él, fiel escudero de la reina fue solito en busca de su fracaso. Joder, sólo tenía que seguir las órdenes, pero no, fue incapaz, y en dos meses volvía junto a su reina. Esta vez le costó algo más que aceptara su cipote, pero lo consiguió.
Y ya puesto, nuestro valiente protagonista decidió emular a Leicester y Walsingham y así derrotar él, solito, a los españoles, pero a estas alturas ya había quién se lo mirara de lejos. Joder, qué peligroso empezaba a ser el hombre, y tanto es así que pronto se iniciaron las consabidas intrigas palaciegas en lucha por el favor de la Reina. Whilliam Cecil, primer barón de Burghley (que vete a saber por dónde cae) y su hijo, fueron los principales contendientes. Fracasaron porque no tenían el arma definitiva contra Robert Devereux: un cipote mayor con el que conquistar a la reina. Pero eso fue solo una batalla; la guerra la ganarían gracias a la estupidez congénita del conde de Essex, el cual se peleó en público con la reina y esta, cabreada, le retorció una oreja. Otras biografías dicen que le retorció un huevo, pero no está confirmado. Sea como sea, nuestro intrépido guerrero se fue humillado de la corte.
Pero al conde de Essex le escocía el escroto, así que para ganarse de nuevo los favores de la reina, se fue el solito, bueno, seguido por unos cuántos retarded más, a derrotar al rebelde irlandés Hugh O’Neill, el cual, al verlo llegar se partió tanto la caja que hasta se cayeron simpáticos. Nuestro conde olvidó la derrota y propuso al rebelde que le dejara unos cuántos hombres para ir a destronar a Isabel. Hugh, se lo miró de soslayo y pensó: es el tío más gilipollas que ha pisado esta puta isla. Entonces, le dio a unos cuantos de sus prisioneros más jodidos y los dejó solitos. Sin duda los despidió desde lo alto de su castillo, pañuelo en mano y hasta soltando una lagrimita.
Tal como puso un pie en la corte, la monarca, escocida por su nuevo concubino, e informada por sus espías, mandó a su ex a la Torre de Londres y ahí le hizo cortar la cabeza. La de arriba, se entiende.
Resumen: lo que hace una buena tranca.