Shurrelato Rabia ENcarnizada, doy FE.

InfiniteJester

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12 Feb 2025
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Regresaba a Sevilla en el Alvia 00697. Coche 11, el último del convoy. Plaza 5A. El retorno a mi ciudad después de conocer a la familia de mi novia, afincada en los bellos, fríos y escarpados paisajes de la sierra jienense, se convertiría en una experiencia que me cortaría hasta desvelar mi médula y de cuyas cicatrices no habré de curarme.

Todo comenzó en la estación de Linares-Baeza, donde, bajo el plúmbeo cielo cargado de lluvia, el viaje se iniciaría con un retraso opresivo. Los pasajeros parecían tristes y cetrinos mientras se arrellanaban en los incómodos asientos de la sala, aguardando la llegada del tren con las cabezas gachas y las miradas esquivas. El silencio era tan pesado como el de un hospital y, a la vez, más desesperanzado, más preñado de resignación y desengaño.

Ya en marcha —después de que, como condenados, sin ánimo ni alegría, cansados ya, empapados por la helada llovizna, hubiéramos accedido a las abrasadoras calderas de los vagones, donde rápidamente quedaron secos nuestros cabellos—, durante todo el trayecto, la sangría de tiempo, que habría de haber sido detenida sin morosidad, continuó fluyendo sin pausa.

A pesar de que avanzaba hacia él, cada vez parecía más remoto mi destino. Santa Justa se me antojaba un recuerdo vago y etéreo, una arquitectura mitológica e incognoscible oída en historias susurradas en la táctil semioscuridad de la infancia cuando, al consultar el itinerario —quizá con cierta obsesividad fruto del hastío— leía en letras candentes, ardorosas: 67 minutos de retraso, 87 minutos de retraso...

Llegamos finalmente a Córdoba tras lo que pareció una época —así de informe, de borroso, veíamos el lento tiempo que habíamos dejado para siempre atrás en las vías y en el verde húmedo que las rodeaba, que nos obligaba a mirar atrás sin nostalgia, pero sí con un quejumbroso aliento—, a su estación, en la que tantas despedidas hube vivido, en la que sufrí frío, en la que padecí calor, de la que fui expulsado por quedarme dormido en los bancos, a donde llegué ebrio, de donde partí con el corazón sonriente o destrozado; y donde dejé de él un pedazo que ya no habrá de curarse, y por donde siempre habrá de perder con cada latido una espesa lágrima.

"Ya salimos para Sevilla", escribí a mi familia. "A ver qué nos encontramos ahora."

Lo que encontré fue lo que los andaluces llaman ‘escunita’. Moles de metal que se retuercen con convulsiones, que te arrojan por los aires y te recogen sólo un instante antes de que te hagas pedazos contra el suelo, que entretienen a los niños y revuelven el estómago de los hombres —que ya no toman sus vidas como un juego, quizá en detrimento de su alegría—; en Sevilla, en abril, los gitanos las erigen en la llamada «calle del infierno», a este último me sentía descender centrípetamente, en una espiral cada vez más cerrada, cada vez más asfixiante.

Las vibraciones sacudían el vagón y he de admitir que sentí miedo, el alacrán de la adrenalina me aguijoneaba las meninges cuando un latigazo me apartaba violentamente hacia un lado o un salto me arrancaba del sostén del asiento y me colmaba el estómago de ingravidez.

Dejé escrito un testimonio, una prueba, un affidavit: «Me han matado. Los hijos de la gran puta miserables, los asesinos, los infames, los negligentes, los nefastos, los demonios de RENFE me han matado, me han machacado, me han destruido; me empujaron a un océano de concertina, me arrojaron al lagar de una implacable deidad de acero, hicieron de los tallos de mis nervios la tela de una araña que pende entre dos postes eléctricos».

Como no era mi hora, sobreviví. Montado en la bala. Surcando la gélida, penetrante nocturnidad liminal de ese día casi aciago de enero, llegué a mi destino. Dos semanas después, fueron otros —quinientos pasajeros— los ofrecidos al Moloch de ADIF, al Baal de RENFE, al YHWH del ESTADO.

Fueron otros. No yo. Pero por esos otros sangro también yo y también yo muero. Mas si hoy debo llorar, reír deberé el día en que todo político sea ejecutado sumariamente por la espalda.
 
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