Kowalzki
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Comparto con vosotros el proyecto de una novela que estoy escribiendo sobre la vida de Diego García de Paredes. Acepto todo tipo de críticas y sugerencias.
CAPÍTULO I: EL PESO DEL HIERRO
El sol de Castilla no perdonaba, ni siquiera tan temprano. No era un calor de justicia, era un aviso. La jornada se antojaba larga, una de esas marchas que muelen los huesos antes de que el sol alcance el cenit, pero aquel grupo de muchachos caminaba con el pecho henchido por el eco de los tambores de Granada. Italia quedaba lejos, al otro lado del mar, pero para quienes habían visto caer las murallas del último reino nazarí, el mundo entero parecía una fruta madura.
Diego García de Paredes avanzaba con paso firme. El corazón le martilleaba las costillas con una cadencia que se negaba a reconocer como nerviosismo. Para él, el miedo era un lujo que su cuerpo no se podía permitir. El camino que nacía en Granada se retorcía entre tierras pardas y encinas centenarias, bajo un suelo de piedras gastadas por siglos de miseria y pasos anónimos. Diego no miró atrás. Solo cuando alcanzó la cresta de una colina, a una distancia prudencial del pasado, se permitió girar la cabeza. Allí estaba La Alhambra, roja y eterna, recordándole que la gloria tenía forma de piedra y sangre.
Al hombro cargaba un morral de cuero áspero, endurecido por la grasa y el sudor. Dentro, la intendencia de un hombre que no posee nada: una muda de lino basto, mendrugos de pan que ya pedían agua, una navaja de oficio y la carta. Ese papel, más pesado que el propio morral, era su salvoconducto hacia la guerra, el documento que lo acreditaba para unirse a las capitanías que partían hacia Italia.
Dieciséis años. Dieciséis inviernos de escarcha en Extremadura y dieciséis veranos de siega bajo un sol de plomo. Eso era todo. Trujillo quedaba ya a sus espaldas, no como un recuerdo, sino como una piel de la que acababa de despojarse. Su cuerpo siempre había sido una anomalía; ancho de hombros y macizo de extremidades, nunca encajó con los chicos de su edad. De niño, buscaba la compañía de los mayores; los de su quinta terminaban llorando o sangrando cuando el juego de las guerras se volvía demasiado real bajo su empuje.
Mientras caminaba, los recuerdos le asaltaban como emboscadas en un desfiladero. El olor agrio del corral al alba. El impacto seco de la azada contra la tierra reseca, un sonido que marcaba el ritmo de una vida condenada al surco. Las voces de sus hermanos, siempre en liza por un trozo de pan o un palmo de sombra. Su padre, un hombre de pocas palabras y espalda de granito, erguido como si portase una coraza invisible incluso frente al hogar. Y su madre, una mujer de gestos leves pero con una mirada capaz de detener una carga de caballería.
La despedida en casa no había sido un drama de pañuelos. En las casas donde la comida se cuenta por bocados, las despedidas son trámites de supervivencia. Su padre ni siquiera levantó la vista de la herramienta que afilaba hasta que Diego rompió el silencio.
—Me voy —soltó el muchacho.
El hombre dejó la piedra de afilar. Midió a su hijo con la parsimonia de quien calibra el temple de una espada.
—Lo sé —sentenció—. Aquí no hay sitio para todos. Y menos para los que tienen la cerviz dura.
No hubo abrazos. El padre se limitó a ponerle una mano en el hombro, un gesto breve, pesado como una sentencia.
—Allí no mandan las canas, Diego. Mandan los hechos. Aprende a obedecer si quieres mandar, y a aguantar si quieres vivir. Si lo haces, quizá vuelvas.
Ese «quizá» se le quedó clavado como una astilla. Su madre, junto a la mesa, no permitió que ninguna lágrima empañara su dignidad. Le ajustó las mangas de la camisa y deslizó en el morral un saquito con queso y un bote de mermelada de cereza, un tesoro de azúcar y tiempo.
—Para el camino —dijo ella—. No lo abras por vicio.
Diego intentó besarle la mano, pero ella lo atrajo hacia sí un instante. Un latido de calidez antes del frío del hierro.
—No olvides quién eres —le susurró al oído—. Ni lo que un hombre de bien no debe hacer jamás.
Diego volvió al presente, el polvo del camino, el ruido de la marcha y las conversaciones ajenas anunciaron otros compañeros de viaje. Muchachos con el mismo hambre de mundo y la misma escasez de fortuna. Diego prefirió la soledad hasta que unos pasos rítmicos le ganaron el terreno.
—A ese paso, llegarás a Nápoles sin pies, extremeño.
La voz era joven, pero filtrada por una aspereza impropia de su edad. Diego se detuvo. El recién llegado vestía un sayo remendado mil veces y cargaba su morral con una despreocupación estudiada. Una cicatriz mal cerrada le cruzaba la ceja izquierda, otorgándole un aire de perro apaleado que aún sabe morder.
—Camino como sé —cortó Diego, midiendo al extraño.
El otro soltó una carcajada seca.
—Pues sabes poco. Hay que racionar el aliento. La guerra no es un asalto, es un asedio contra uno mismo.
Caminaron juntos. El silencio entre ambos era denso, el tipo de silencio que comparten los hombres que saben que su vida puede acabar dependiendo del que tiene al lado.
—Nuño de Alvarado —se presentó al fin el otro.
—Diego García de Paredes.
Nuño evaluó el nombre y el porte de Diego.
—¿Edad?.
—Dieciséis.
—Yo uno más. Y ninguno de los dos tiene edad para morir tan lejos de casa.
—Pero vamos —replicó Diego con la mandíbula apretada.
—Vaya si vamos.
Cuando pararon a comer, Nuño partió su pan y le ofreció la mitad sin preguntar. Un gesto de camaradería antigua, de la que nace en las zanjas.
—¿Has matado ya? —preguntó Nuño con la misma naturalidad con la que se pregunta por el tiempo.
Diego negó. El silencio se hizo más pesado.
—Yo sí —confesó Nuño. Sus dedos buscaron la cicatriz de la ceja, pero su mirada se hundió en el recuerdo del cuerpo—. En una calleja del Albaicín. El aire estaba viciado por la humedad de las sombras y el olor a aceite rancio de los zaguanes. Fue durante las revueltas; la ciudad era una trampa de silencios rotos por gritos lejanos. Aquel moro no era un soldado, era una sombra con un alfanje que surgió de un recodo donde las casas casi se tocan, sin dejar espacio para el aliento. Sentí el frío del hierro buscándome las entrañas, un mordisco seco que me cortó la respiración antes de que pudiera entender que me estaba muriendo. Vi sus ojos muy cerca, cargados de un odio que no necesitaba palabras, mientras el acero se hundía en mi carne. Me tenía sujeto por el jubón, saboreando mi final con un aliento que sabía a especias y a sangre. Pero el instinto es un animal que no sabe de agonías. Con la fuerza de quien se agarra a la vida, busqué mi hierro y se lo clavé en la garganta. Sentí el calor de su sangre inundándome la mano mientras sus ojos se apagaban frente a los míos. El moro que me dio este recuerdo no vivió para contar la cicatriz. No hubo gloria, Diego. Solo sangre sucia y la certeza de que, una vez que lo haces, el niño que eras se queda en esa calleja para siempre. Ya nunca vuelves a ser el mismo.
Al abrigo de una lumbre raquítica, Nuño sacó una daga mellada y oxidada, pero con el filo lo bastante vivo como para dar miedo.
—Mi padre decía que un hombre solo es dueño de su palabra. En la guerra, nadie sobrevive solo. Si caes, te arrastro. Si huyo, me matas. Así de sencillo.
Diego lo miró a los ojos. No había rastro de fanfarronería, solo la cruda realidad de la soldadesca.
—De acuerdo —asintió Diego.
Se tumbaron sobre la tierra madre, que se sentía más fría que nunca. Antes de que el sueño lo reclamara, Diego comprendió que aquel día había enterrado al niño en las cunetas de Granada. Algo nuevo, duro y flexible como una cuerda de ballesta, empezaba a formarse en su interior. El camino a Italia estaba allí, esperando en la oscuridad. Y la guerra, esa vieja amante de los hombres, aguardaba con los brazos abiertos.
CAPÍTULO I: EL PESO DEL HIERRO
El sol de Castilla no perdonaba, ni siquiera tan temprano. No era un calor de justicia, era un aviso. La jornada se antojaba larga, una de esas marchas que muelen los huesos antes de que el sol alcance el cenit, pero aquel grupo de muchachos caminaba con el pecho henchido por el eco de los tambores de Granada. Italia quedaba lejos, al otro lado del mar, pero para quienes habían visto caer las murallas del último reino nazarí, el mundo entero parecía una fruta madura.
Diego García de Paredes avanzaba con paso firme. El corazón le martilleaba las costillas con una cadencia que se negaba a reconocer como nerviosismo. Para él, el miedo era un lujo que su cuerpo no se podía permitir. El camino que nacía en Granada se retorcía entre tierras pardas y encinas centenarias, bajo un suelo de piedras gastadas por siglos de miseria y pasos anónimos. Diego no miró atrás. Solo cuando alcanzó la cresta de una colina, a una distancia prudencial del pasado, se permitió girar la cabeza. Allí estaba La Alhambra, roja y eterna, recordándole que la gloria tenía forma de piedra y sangre.
Al hombro cargaba un morral de cuero áspero, endurecido por la grasa y el sudor. Dentro, la intendencia de un hombre que no posee nada: una muda de lino basto, mendrugos de pan que ya pedían agua, una navaja de oficio y la carta. Ese papel, más pesado que el propio morral, era su salvoconducto hacia la guerra, el documento que lo acreditaba para unirse a las capitanías que partían hacia Italia.
Dieciséis años. Dieciséis inviernos de escarcha en Extremadura y dieciséis veranos de siega bajo un sol de plomo. Eso era todo. Trujillo quedaba ya a sus espaldas, no como un recuerdo, sino como una piel de la que acababa de despojarse. Su cuerpo siempre había sido una anomalía; ancho de hombros y macizo de extremidades, nunca encajó con los chicos de su edad. De niño, buscaba la compañía de los mayores; los de su quinta terminaban llorando o sangrando cuando el juego de las guerras se volvía demasiado real bajo su empuje.
Mientras caminaba, los recuerdos le asaltaban como emboscadas en un desfiladero. El olor agrio del corral al alba. El impacto seco de la azada contra la tierra reseca, un sonido que marcaba el ritmo de una vida condenada al surco. Las voces de sus hermanos, siempre en liza por un trozo de pan o un palmo de sombra. Su padre, un hombre de pocas palabras y espalda de granito, erguido como si portase una coraza invisible incluso frente al hogar. Y su madre, una mujer de gestos leves pero con una mirada capaz de detener una carga de caballería.
La despedida en casa no había sido un drama de pañuelos. En las casas donde la comida se cuenta por bocados, las despedidas son trámites de supervivencia. Su padre ni siquiera levantó la vista de la herramienta que afilaba hasta que Diego rompió el silencio.
—Me voy —soltó el muchacho.
El hombre dejó la piedra de afilar. Midió a su hijo con la parsimonia de quien calibra el temple de una espada.
—Lo sé —sentenció—. Aquí no hay sitio para todos. Y menos para los que tienen la cerviz dura.
No hubo abrazos. El padre se limitó a ponerle una mano en el hombro, un gesto breve, pesado como una sentencia.
—Allí no mandan las canas, Diego. Mandan los hechos. Aprende a obedecer si quieres mandar, y a aguantar si quieres vivir. Si lo haces, quizá vuelvas.
Ese «quizá» se le quedó clavado como una astilla. Su madre, junto a la mesa, no permitió que ninguna lágrima empañara su dignidad. Le ajustó las mangas de la camisa y deslizó en el morral un saquito con queso y un bote de mermelada de cereza, un tesoro de azúcar y tiempo.
—Para el camino —dijo ella—. No lo abras por vicio.
Diego intentó besarle la mano, pero ella lo atrajo hacia sí un instante. Un latido de calidez antes del frío del hierro.
—No olvides quién eres —le susurró al oído—. Ni lo que un hombre de bien no debe hacer jamás.
Diego volvió al presente, el polvo del camino, el ruido de la marcha y las conversaciones ajenas anunciaron otros compañeros de viaje. Muchachos con el mismo hambre de mundo y la misma escasez de fortuna. Diego prefirió la soledad hasta que unos pasos rítmicos le ganaron el terreno.
—A ese paso, llegarás a Nápoles sin pies, extremeño.
La voz era joven, pero filtrada por una aspereza impropia de su edad. Diego se detuvo. El recién llegado vestía un sayo remendado mil veces y cargaba su morral con una despreocupación estudiada. Una cicatriz mal cerrada le cruzaba la ceja izquierda, otorgándole un aire de perro apaleado que aún sabe morder.
—Camino como sé —cortó Diego, midiendo al extraño.
El otro soltó una carcajada seca.
—Pues sabes poco. Hay que racionar el aliento. La guerra no es un asalto, es un asedio contra uno mismo.
Caminaron juntos. El silencio entre ambos era denso, el tipo de silencio que comparten los hombres que saben que su vida puede acabar dependiendo del que tiene al lado.
—Nuño de Alvarado —se presentó al fin el otro.
—Diego García de Paredes.
Nuño evaluó el nombre y el porte de Diego.
—¿Edad?.
—Dieciséis.
—Yo uno más. Y ninguno de los dos tiene edad para morir tan lejos de casa.
—Pero vamos —replicó Diego con la mandíbula apretada.
—Vaya si vamos.
Cuando pararon a comer, Nuño partió su pan y le ofreció la mitad sin preguntar. Un gesto de camaradería antigua, de la que nace en las zanjas.
—¿Has matado ya? —preguntó Nuño con la misma naturalidad con la que se pregunta por el tiempo.
Diego negó. El silencio se hizo más pesado.
—Yo sí —confesó Nuño. Sus dedos buscaron la cicatriz de la ceja, pero su mirada se hundió en el recuerdo del cuerpo—. En una calleja del Albaicín. El aire estaba viciado por la humedad de las sombras y el olor a aceite rancio de los zaguanes. Fue durante las revueltas; la ciudad era una trampa de silencios rotos por gritos lejanos. Aquel moro no era un soldado, era una sombra con un alfanje que surgió de un recodo donde las casas casi se tocan, sin dejar espacio para el aliento. Sentí el frío del hierro buscándome las entrañas, un mordisco seco que me cortó la respiración antes de que pudiera entender que me estaba muriendo. Vi sus ojos muy cerca, cargados de un odio que no necesitaba palabras, mientras el acero se hundía en mi carne. Me tenía sujeto por el jubón, saboreando mi final con un aliento que sabía a especias y a sangre. Pero el instinto es un animal que no sabe de agonías. Con la fuerza de quien se agarra a la vida, busqué mi hierro y se lo clavé en la garganta. Sentí el calor de su sangre inundándome la mano mientras sus ojos se apagaban frente a los míos. El moro que me dio este recuerdo no vivió para contar la cicatriz. No hubo gloria, Diego. Solo sangre sucia y la certeza de que, una vez que lo haces, el niño que eras se queda en esa calleja para siempre. Ya nunca vuelves a ser el mismo.
Al abrigo de una lumbre raquítica, Nuño sacó una daga mellada y oxidada, pero con el filo lo bastante vivo como para dar miedo.
—Mi padre decía que un hombre solo es dueño de su palabra. En la guerra, nadie sobrevive solo. Si caes, te arrastro. Si huyo, me matas. Así de sencillo.
Diego lo miró a los ojos. No había rastro de fanfarronería, solo la cruda realidad de la soldadesca.
—De acuerdo —asintió Diego.
Se tumbaron sobre la tierra madre, que se sentía más fría que nunca. Antes de que el sueño lo reclamara, Diego comprendió que aquel día había enterrado al niño en las cunetas de Granada. Algo nuevo, duro y flexible como una cuerda de ballesta, empezaba a formarse en su interior. El camino a Italia estaba allí, esperando en la oscuridad. Y la guerra, esa vieja amante de los hombres, aguardaba con los brazos abiertos.