Había un niño llamado Ricardo. Desde muy pequeño, sus padres le preguntaban qué quería de regalo en cada cumpleaños. Y desde muy pequeño él respondía siempre lo mismo:
—Quiero una bolita rojita.
No era un capricho pasajero, ni un juego; era un deseo firme, una petición que repetía con una convicción casi mágica. Así, en su quinto cumpleaños, sus padres le regalaron una bolita rojita, lisa y brillante, del tamaño perfecto para sus pequeñas manos. Ricardo la guardó como un tesoro, la miraba a menudo, la hacía rodar por la mesa, la acariciaba.
Pasó un año y en su sexto cumpleaños, su tío Carlos, que vivía lejos y venía de visita, le preguntó:
—Ricardito, ¿qué quieres para tu cumpleaños?
El niño sonrió y contestó sin dudar:
—Una bolita rojita.
Tío Carlos, intrigado, salió corriendo a buscar una bolita rojita en la ciudad, y la encontró. Cuando se la dio, Ricardo le dio un abrazo muy fuerte.
Al cumplir siete años, en la escuela, su maestra también le preguntó:
—Ricardo, ¿qué quieres para tu cumpleaños?
—Una bolita rojita —contestó él.
La maestra le llevó una, que consiguió con una amiga que hacía manualidades. Ricardo quedó encantado.
Así pasó el tiempo y todos los que en su vida se acercaban a él, en cualquier momento especial, hacían la misma pregunta. Su hermana mayor, Lucía, cuando llegó de la universidad para visitarlo, le dijo:
—Hermano, ¿qué quieres que te traiga?
—Una bolita rojita —respondió.
Su hermana trajo una bolita que ella misma pintó a mano.
Unos años más tarde, cuando Ricardo tenía 15, su mejor amigo Mario, después de un partido de fútbol, le preguntó:
—Oye, ¿qué quieres para tu cumpleaños?
—Una bolita rojita.
Mario se fue y regresó con una bolita que había encontrado en el parque, que parecía tener un brillo especial al sol.
Ricardo fue creciendo y siempre que alguien le preguntaba, la respuesta era la misma. A los 18, en su graduación, su abuela le preguntó:
—Mi niño, ¿qué quieres para tu graduación?
—Una bolita rojita.
Su abuela, con un brillo en los ojos, le regaló una bolita de cristal que había pertenecido a su bisabuela.
A los 22, cuando empezó a trabajar, su jefe, para celebrar su primer año en la empresa, le preguntó:
—Ricardo, ¿qué quieres como regalo?
Él sonrió y dijo:
—Una bolita rojita.
Su jefe se rió, pensando que era una broma, pero le regaló una bolita de vidrio rojo, hecha por un artesano local.
Cuando Ricardo conoció a Mariana, su futura esposa, en una cena le preguntó qué le gustaba, y él le dijo:
—Colecciono bolitas rojitas.
Mariana quedó fascinada. Para su cumpleaños, le regaló una bolita rojita con pequeñas motas de oro en su interior.
Cuando se casaron, sus invitados aportaron bolitas rojitas de todo tipo: grandes, pequeñas, opacas, traslúcidas, de cristal, de madera, de plástico. Su colección creció y creció.
Cuando tuvieron hijos, la tradición siguió: en cada cumpleaños, todos preguntaban qué quería Ricardo, y él respondía:
—Una bolita rojita.
Sus hijos también aprendieron el ritual y cuando le preguntaban qué quería, respondía igual, siempre igual.
Sus sobrinos, amigos, primos, vecinos, todos sabían cuál era la respuesta y colaboraban con una nueva bolita para su colección.
Pasaron los años, Ricardo llegó a los 50, a los 60. Su casa se llenó de estantes con bolitas rojitas, miles de ellas, cada una con una historia, un recuerdo, una persona que se la había regalado.
Sus padres, sus hermanos, sus amigos, sus colegas, todos le preguntaban en cada ocasión qué quería, y él respondía, como siempre:
—Una bolita rojita.
Un día, ya mayor, Ricardo cayó enfermo. En el hospital, su familia estuvo con él: su esposa Mariana, sus hijos, sus sobrinos y uno de sus nietos, Javier, un niño curioso y juguetón.
En el lecho, con voz débil, Ricardo miró a Javier y le dijo:
—Si me preguntas qué quiero ahora...
Javier, sabiendo la respuesta, sonrió:
—Una bolita rojita.
Ricardo asintió con una sonrisa triste.
Entonces Javier, con la inocencia de la niñez, preguntó:
—Abuelo, ¿para qué quieres tantas bolitas rojitas?
Todos en la habitación se quedaron en silencio, esperando la respuesta que nunca había llegado.
Ricardo miró a Javier, le apretó la mano y dijo:
—Mira, Javier, yo quiero tantas bolitas rojitas porque...
Y justo en ese instante, Ricardo murió.