Y U M A N
Shurmano
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Hoy estoy metido en este puto zulo, afixiado de calor y sudor, donde no corre ni gota de aire y lo único que hago es sudar y sudar mientras trabajo en una posición muy incómoda. A la hora de comer he ido a mi casa, y automáticamente me lanzo a devorar un trozo de sepia a la plancha y ensalada. No tardo ni seis minutos en acabar hasta la última hoja de lechuga. Y a todo esto, me pregunto, ¿dónde estará mi gato?
Sé dónde está, lo sé...
Voy a mi cuarto, que tiene la puerta medio abierta y ahí me lo encuentro, en la cama con la panza arriba y las patas estiradas, el ventilador del techo encendido, puedo ver cómo se le mueven los pelos de su cuerpo. Abre los ojos el muy jodido, le digo:
—¿Tú qué, cabrón?
Y me responde:
—Mrrreeeu.
Se estira aún más y me invita a descansar a su lado el muy hijo de perra...
Pero no siento envidia, siento calma. Estoy podrido, lleno de grasa y polvo, y me tumbo en la cama, ¿qué más da? Hoy toca cambiar sábanas. Al gato le importa una mierda si estoy asqueroso. Se estira un poco más y se pone a ronronear.
El aire da vueltas y me abanica. ¡Qué frescor! El que inventó esta mierda se merece un puesto junto a Jesucristo, con un ventilador para que le refresque el halo ese que lleva, que seguro que da calor en la colleja.
En esa calma, viendo a mi gato estirado y relajado, encuentro un atisbo de paz. Su indiferencia al caos y al sudor, su serenidad en medio del calor sofocante, me recuerda que la vida puede ser simple y tranquila si uno decide dejarse llevar.
En una hora vuelvo al zulo, pero el gato ya se ha vuelto a quedar frito.
¿Trabajo para mí? ¿O trabajo para él?
Sé dónde está, lo sé...
Voy a mi cuarto, que tiene la puerta medio abierta y ahí me lo encuentro, en la cama con la panza arriba y las patas estiradas, el ventilador del techo encendido, puedo ver cómo se le mueven los pelos de su cuerpo. Abre los ojos el muy jodido, le digo:
—¿Tú qué, cabrón?
Y me responde:
—Mrrreeeu.
Se estira aún más y me invita a descansar a su lado el muy hijo de perra...
Pero no siento envidia, siento calma. Estoy podrido, lleno de grasa y polvo, y me tumbo en la cama, ¿qué más da? Hoy toca cambiar sábanas. Al gato le importa una mierda si estoy asqueroso. Se estira un poco más y se pone a ronronear.
El aire da vueltas y me abanica. ¡Qué frescor! El que inventó esta mierda se merece un puesto junto a Jesucristo, con un ventilador para que le refresque el halo ese que lleva, que seguro que da calor en la colleja.
En esa calma, viendo a mi gato estirado y relajado, encuentro un atisbo de paz. Su indiferencia al caos y al sudor, su serenidad en medio del calor sofocante, me recuerda que la vida puede ser simple y tranquila si uno decide dejarse llevar.
En una hora vuelvo al zulo, pero el gato ya se ha vuelto a quedar frito.
¿Trabajo para mí? ¿O trabajo para él?
