Orfeo era un tipo que tenía un don brutal: tocaba la lira de tal manera que no había ser vivo que no se quedara pillado escuchándolo. Todo el mundo flipaba con él. Y claro, con ese talento y ese corazón sensible, se enamoró de Eurídice, una ninfa guapísima, y se casaron. Todo perfecto, hasta que la vida hizo de las suyas: a ella la muerde una serpiente el mismo día de la boda y muere. Zas. El amor de su vida se le va al otro barrio de golpe.
Orfeo, que no era de rendirse fácil, dijo: “Pues bajo al inframundo a por ella, qué cojones”. Y se plantó allí con su lira, cruzando ríos de muertos, calmando a Cerbero con música y cantándole incluso a Hades y Perséfone. Su canción fue tan jodidamente triste que hasta los reyes del inframundo se ablandaron. Y Hades le dio una oportunidad: “Te la llevas, pero con una condición: caminas delante y no puedes mirar atrás hasta que estéis fuera”.
Y ahí tienes al pobre Orfeo, avanzando con el alma en vilo, sintiendo que ella está detrás, pero sin poder girarse. Cada paso era un tormento. Y justo cuando estaban ya casi llegando a la salida, la duda le ganó: “¿Y si me la han jugado? ¿Y si ella no viene detrás?”. Se giró. Un segundo. Lo suficiente. Eurídice estaba ahí, pero al mirarla se desvaneció para siempre. Y esta vez no hubo trato, no hubo segunda oportunidad.
Orfeo volvió solo, roto por dentro. Se pasó la vida cantando canciones tristes, de esas que te ponen los pelos de punta. Y ahí queda su historia, una de las más jodidas pero también de las más humanas de la mitología griega: ese miedo a perder, esa manía de desconfiar en el último segundo, y el dolor eterno de saber que una sola mirada lo cambió todo.
