tontodelculo
Shurmano
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- 16 Jul 2025
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PRELUDIO
Pues os cuento, foreros. Yo soy empresario de éxito, profesional de los que ya no se ven, murciano de pura cepa, con los huevos negros de currar y las manos manchadas de aceite Castrol desde los 13. Y como buen español que levanta el país con su sudor, llevaba meses hasta el gorro de niñatos que venían a pedirme curro. Que si “¿se libran los findes?”, que si “¿tenéis cafetera de cápsulas?”, que si “hazme contrato para pedir un crédito”. ¡Anda ya, hombre!
Uno venía con ojeras de ver al Ibai ese hasta las tantas. Otro se me plantó con las uñas pintadas de verde, que parecía que venía a cambiar el aceite a un coche de Barbie. Y mariconadas las justas: el Interviú de Sonia Monroy colgado en la pared no está de adorno, está para enseñar cultura.
Dije: “¡Se acabó! No contrato a otro español vago más”.
Ahí fue cuando me acordé de Ángel Gaitán, referente empresarial donde los haya, que fichó a un moro espabilado para que le cubriera el taller los domingos. Me dije: "Si Gaitán tiene a su moro, yo no voy a ser menos. España no se levanta con lattes de avena ni playlists de Bad Bunny." Además, mientras nosotros vamos a misa, ellos están entretenidos haciendo cosas útiles en el taller que para algo han venido a pagar pensiones. Así que el domingo no es su día del Señor: es día útil.
Total, que una mañana estoy por la plaza tomándome mi cortado (leche entera, cucharilla de metal, vaso aclarado con agua del grifo como debe ser) y veo al típico chaval rondando con cara de que te levanta un iPhone y sale corriendo como Lamin Yamal. El chaval se llama Mohamed, y lo más bonito es que el padre también se llama Mohamed. Gente organizada. Tradición familiar.
Un crío de 17 o 18 años, flaco como un palillo, más callejero que el Callejeros. Aunque vete tú a saber, que estos dicen que tienen 17 y llevan cotizados 3 años de ayuda. Su padre trabaja en un kebab cerca del taller, y él llevaba semanas merodeando sin mucho rumbo.
Entonces se me encendió la bombilla:
“Este crío es potencial desperdiciado. O le das tú algo que hacer, o en seis meses está vendiendo móviles robados en Wallapop a 80 pavos sin cargador.”
Me acerqué con mano izquierda y voz firme:
“Mira, morito. Si te vuelvo a ver merodeando sin hacer nada, te enchufo de recadero. Te doy 5 o 10 europeillos, vas a por piezas, haces algún mandao y te ganas el pan sin liarla.”
Y aceptó. Yo diría que por las vacaciones de verano, pero ya llevaba un par de años rondando por la zona, dudo que estudie algo que no sea el Coram. Sin exigir contrato, ni festivos, ni aire acondicionado. Lo mandaba con un billete de 50 a por unos manguitos, y me volvía con el cambio exacto. Ventaja evolutiva: como su religión no le permite tomar café, sabía que no se iba a gastar la vuelta en un cortado como el español medio, que encima luego te mira como si le debieras propina.
LUDIO
Al día siguiente, el chaval se presenta puntual al taller… o eso parecía. La verdad es que llegué yo del bar a las 10 y pico, así que vete tú a saber.
Le di un par de ánimos y le solté:
“Hoy vas a hacerte hombre, Mohamed. Vas a ser mis piernas, mis manos… y si no la lías, igual un día hasta te dejo abrir el capó.”
Le puse tareas nobles pero sencillas: ir a por bujías, recoger discos de freno, llevar piezas a Torregüil. Lo justo para que aprenda el noble arte del recado industrial sin peligro de que me reviente nada por el camino.
Y oye, la magia: va, cumple y vuelve. No se pierde, no protesta, no se pasa el día fumando en la parte de atrás, no me pide comer. Un profesional.
Mientras tanto, he tenido chavales españoles que para ir de un taller a otro a tres calles pedían GPS, Spotify Premium, gafas de sol y parada en la gasolinera “pa repostar un Monster y un Donut”.
¡Pero Mohamed no! Él va a pata, o le doy un par de euros pa coger el autobú y se apaña. Si llueve, se moja. Si hace sol, se asa. Pero no se queja. Como un legionario del recambio.
Y la guinda: le das un billete de 10, la pieza cuesta 7,50, y te vuelve con 2,50 clavados. En la mano. Con las tres moneditas como si fuera una ofrenda al patrón del taller.
Después de mi perro, el animal más fiel que conozco.
POSTLUDIO
Todo iba sobre ruedas. Mohamed era puntual, cumplidor, más eficaz que SEUR en Navidad. Ya me lo estaba planteando para algo más serio, incluso ponerle uniforme con camiseta del taller. No le iba a faltar ni bocadillo de chorizo con queso.
Pero claro… la cabra tira al monte.
Esta mañana le doy 200 euros para ir a por un compresor que venía de Molina de Segura. Le digo:
“Pagas 178,50, y me traes el cambio y el albarán.”
Me vuelve con 20 euros pelaos y me suelta:
“Tuve que coger el autobú.”
¿Cómo? ¿¡Que gasta el dinero que no es suyo como Pedro Sánchez!?
Y encima con esa cara de que me está haciendo un favor.
Le digo que ese día se queda sin los 10€. Que un recado mal hecho no tiene paga.
Y va y me llama “explotador”.
¿¡CÓMO!? ¿¡Explotador!?
¿¡Yo!? Que le he dado techo profesional, experiencia real y una Fanta de naranja un día de calor.
Y lo remata con:
“No soy tu sirviente. Soy un ser humano con derechos.”
Ahí se me cayó el alma al suelo.
Toda la semana mintiendo, callado como una tumba, y al final me sale con panfletos de ONG.
Pues que vaya al SEPE a buscar justicia social.
Yo hice lo que tenía que hacer: lo mandé a la cola del paro, sin lágrimas, sin indemnización y sin abrazo. Como debe ser.
Ahora, cada vez que paso por el kebab del padre, ni me mira.
Y si fuera gente de bien, se disculparía por lo que hizo su hijo. Pero no. Uno los acoge con los brazos abiertos y ellos te tratan como si el inmigrante fueras tú.
Y yo lo digo alto y claro:
El que tiene abuelos con DNI español y que levantaron este país fui yo, no esta gente que viene a aprovecharse a la mínima.
Ya no reconozco a España.
Pues os cuento, foreros. Yo soy empresario de éxito, profesional de los que ya no se ven, murciano de pura cepa, con los huevos negros de currar y las manos manchadas de aceite Castrol desde los 13. Y como buen español que levanta el país con su sudor, llevaba meses hasta el gorro de niñatos que venían a pedirme curro. Que si “¿se libran los findes?”, que si “¿tenéis cafetera de cápsulas?”, que si “hazme contrato para pedir un crédito”. ¡Anda ya, hombre!
Uno venía con ojeras de ver al Ibai ese hasta las tantas. Otro se me plantó con las uñas pintadas de verde, que parecía que venía a cambiar el aceite a un coche de Barbie. Y mariconadas las justas: el Interviú de Sonia Monroy colgado en la pared no está de adorno, está para enseñar cultura.
Dije: “¡Se acabó! No contrato a otro español vago más”.
Ahí fue cuando me acordé de Ángel Gaitán, referente empresarial donde los haya, que fichó a un moro espabilado para que le cubriera el taller los domingos. Me dije: "Si Gaitán tiene a su moro, yo no voy a ser menos. España no se levanta con lattes de avena ni playlists de Bad Bunny." Además, mientras nosotros vamos a misa, ellos están entretenidos haciendo cosas útiles en el taller que para algo han venido a pagar pensiones. Así que el domingo no es su día del Señor: es día útil.
Total, que una mañana estoy por la plaza tomándome mi cortado (leche entera, cucharilla de metal, vaso aclarado con agua del grifo como debe ser) y veo al típico chaval rondando con cara de que te levanta un iPhone y sale corriendo como Lamin Yamal. El chaval se llama Mohamed, y lo más bonito es que el padre también se llama Mohamed. Gente organizada. Tradición familiar.
Un crío de 17 o 18 años, flaco como un palillo, más callejero que el Callejeros. Aunque vete tú a saber, que estos dicen que tienen 17 y llevan cotizados 3 años de ayuda. Su padre trabaja en un kebab cerca del taller, y él llevaba semanas merodeando sin mucho rumbo.
Entonces se me encendió la bombilla:
“Este crío es potencial desperdiciado. O le das tú algo que hacer, o en seis meses está vendiendo móviles robados en Wallapop a 80 pavos sin cargador.”
Me acerqué con mano izquierda y voz firme:
“Mira, morito. Si te vuelvo a ver merodeando sin hacer nada, te enchufo de recadero. Te doy 5 o 10 europeillos, vas a por piezas, haces algún mandao y te ganas el pan sin liarla.”
Y aceptó. Yo diría que por las vacaciones de verano, pero ya llevaba un par de años rondando por la zona, dudo que estudie algo que no sea el Coram. Sin exigir contrato, ni festivos, ni aire acondicionado. Lo mandaba con un billete de 50 a por unos manguitos, y me volvía con el cambio exacto. Ventaja evolutiva: como su religión no le permite tomar café, sabía que no se iba a gastar la vuelta en un cortado como el español medio, que encima luego te mira como si le debieras propina.
LUDIO
Al día siguiente, el chaval se presenta puntual al taller… o eso parecía. La verdad es que llegué yo del bar a las 10 y pico, así que vete tú a saber.
Le di un par de ánimos y le solté:
“Hoy vas a hacerte hombre, Mohamed. Vas a ser mis piernas, mis manos… y si no la lías, igual un día hasta te dejo abrir el capó.”
Le puse tareas nobles pero sencillas: ir a por bujías, recoger discos de freno, llevar piezas a Torregüil. Lo justo para que aprenda el noble arte del recado industrial sin peligro de que me reviente nada por el camino.
Y oye, la magia: va, cumple y vuelve. No se pierde, no protesta, no se pasa el día fumando en la parte de atrás, no me pide comer. Un profesional.
Mientras tanto, he tenido chavales españoles que para ir de un taller a otro a tres calles pedían GPS, Spotify Premium, gafas de sol y parada en la gasolinera “pa repostar un Monster y un Donut”.
¡Pero Mohamed no! Él va a pata, o le doy un par de euros pa coger el autobú y se apaña. Si llueve, se moja. Si hace sol, se asa. Pero no se queja. Como un legionario del recambio.
Y la guinda: le das un billete de 10, la pieza cuesta 7,50, y te vuelve con 2,50 clavados. En la mano. Con las tres moneditas como si fuera una ofrenda al patrón del taller.
Después de mi perro, el animal más fiel que conozco.
POSTLUDIO
Todo iba sobre ruedas. Mohamed era puntual, cumplidor, más eficaz que SEUR en Navidad. Ya me lo estaba planteando para algo más serio, incluso ponerle uniforme con camiseta del taller. No le iba a faltar ni bocadillo de chorizo con queso.
Pero claro… la cabra tira al monte.
Esta mañana le doy 200 euros para ir a por un compresor que venía de Molina de Segura. Le digo:
“Pagas 178,50, y me traes el cambio y el albarán.”
Me vuelve con 20 euros pelaos y me suelta:
“Tuve que coger el autobú.”
¿Cómo? ¿¡Que gasta el dinero que no es suyo como Pedro Sánchez!?
Y encima con esa cara de que me está haciendo un favor.
Le digo que ese día se queda sin los 10€. Que un recado mal hecho no tiene paga.
Y va y me llama “explotador”.
¿¡CÓMO!? ¿¡Explotador!?
¿¡Yo!? Que le he dado techo profesional, experiencia real y una Fanta de naranja un día de calor.
Y lo remata con:
“No soy tu sirviente. Soy un ser humano con derechos.”
Ahí se me cayó el alma al suelo.
Toda la semana mintiendo, callado como una tumba, y al final me sale con panfletos de ONG.
Pues que vaya al SEPE a buscar justicia social.
Yo hice lo que tenía que hacer: lo mandé a la cola del paro, sin lágrimas, sin indemnización y sin abrazo. Como debe ser.
Ahora, cada vez que paso por el kebab del padre, ni me mira.
Y si fuera gente de bien, se disculparía por lo que hizo su hijo. Pero no. Uno los acoge con los brazos abiertos y ellos te tratan como si el inmigrante fueras tú.
Y yo lo digo alto y claro:
El que tiene abuelos con DNI español y que levantaron este país fui yo, no esta gente que viene a aprovecharse a la mínima.
Ya no reconozco a España.
