La milla verde es de esas pelis que te dejan roto, pero a la vez con esa sensación rara de haber visto algo enorme. Se ambienta en una cárcel en los años 30, donde los presos esperan su turno para caminar la famosa “milla verde”, que es básicamente el pasillo que los lleva directos a la silla eléctrica. Ahí curran Paul Edgecomb (Tom Hanks) y sus compañeros, intentando hacer su trabajo con un mínimo de humanidad en medio de un ambiente que huele a desesperación.
Y entonces aparece John Coffey. Un tipo enorme, acusado de un crimen atroz, pero que nada más abrir la boca te das cuenta de que no encaja con el monstruo que todos piensan que es. El contraste es brutal: físicamente impone, pero en realidad es un niño grande, inocente, con un don que lo convierte en alguien casi divino: puede absorber el dolor y curar a los demás. Y claro, eso hace que la historia se convierta en algo mucho más grande que una peli carcelaria.
La película está llena de momentos que te hacen apretar los puños: la crueldad de algunos carceleros, las ejecuciones que se te clavan como un cuchillo, el sufrimiento de la gente que está esperando lo inevitable… Y entre tanta oscuridad, Coffey aparece como un milagro, como esa chispa de bondad inexplicable que nadie se esperaba encontrar en un sitio así.
El final, bueno… es de esos que te deja tirado en el sofá, con un nudo en la garganta. Da mucha rabia, porque lo que representa es que el mundo no es justo, nunca lo ha sido. La peli te deja con la sensación de haber visto algo muy triste pero también muy humano, de esos relatos que se quedan contigo para siempre.
¿Qué tiene de especial? Que en un sitio donde todo debería ser feo y cruel, aparece un personaje que es pura luz. John Coffey es inolvidable.
¿Fácil de ver? No es ligera, es larga y lenta, pero engancha si le das el tiempo que pide.
¿Recomendada? Obligatoria si te gusta el cine que golpea fuerte.
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Películas - RESEÑAS CORTAS
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