Fenix_ardiente
Shurmano Logia
- Nº Ranking
- 33
- Shurmano Nº
- 1588
- Desde
- 24 Dic 2023
- Mensajes
- 6,049
- Reacciones
- 285,343
Este hilo también está dedicado a @trane. Gracias shur por aportar ideas para mis redacciones. Un gran abrazo amigo mio.
El Abad y el Eco de la Eternidad
Advertencia: Lo que aquí se relata no es una piadosa fábula, sino el escalofriante testimonio de un hombre que rozó el velo de la eternidad y regresó quebrado.
En el corazón de Navarra, donde el Monasterio de Leyre se aferra a la roca como un parásito de piedra, vivió un hombre consumido por una pregunta: ¿Qué es la Eternidad?
Su nombre era Virila, un abad cuya fe era tan profunda como su angustia. La idea de un tiempo sin fin, de una existencia inmutable, era un abismo que lo devoraba. Una tarde, incapaz de conciliar el sueño bajo el peso de su duda, abandonó la seguridad de los muros del monasterio. Se adentró en el bosque circundante, un laberinto de sombras y silencio solo roto por el crujido de las ramas bajo sus sandalias.
Buscó un lugar apartado, un rincón donde la presencia de Dios o del Diablo fuera palpable. Lo encontró junto a un manantial oculto, bajo la sombra de un roble milenario. Y allí, en la penumbra que se espesaba, escuchó el canto.
No era el trino alegre de un pájaro, sino una melodía espectral, un lamento cristalino que parecía surgir de la tierra misma. Era el canto de un ruiseñor, pero su música no era de este mundo. Cada nota era un hilo de seda que se enrollaba alrededor de la conciencia de Virila, arrastrándolo a un estado de éxtasis y terror. El abad cerró los ojos, y el tiempo, tal como lo conocía, se detuvo.
La melodía duró lo que dura un suspiro, o tal vez un parpadeo. Cuando el canto cesó, Virila abrió los ojos. El sol se había movido apenas unos grados en el cielo. Se levantó, sintiendo una extraña pesadez en sus huesos, y regresó al monasterio.
Pero algo había cambiado.
Las piedras del claustro parecían más gastadas, el aire olía a polvo y olvido. Los monjes que lo recibieron no eran sus hermanos. Eran rostros extraños, con hábitos ajados y miradas de recelo.
—¿Quién sois, Padre? —preguntó un joven monje con voz temblorosa.
Virila, confundido, pronunció su nombre. El joven palideció.
—El Abad Virila… La leyenda cuenta que desapareció hace siglos.
El horror se apoderó del anciano. Buscó en la biblioteca, entre los polvorientos códices, y encontró el registro de su propia desaparición. El tiempo que él había pasado escuchando el canto del ruiseñor, ese instante de belleza y pavor, había sido en realidad trescientos años.
Virila había obtenido su respuesta. La Eternidad no era un tiempo sin fin, sino un instante fuera del tiempo, un vacío donde tres siglos podían desvanecerse como una mota de polvo.
El abad, que había regresado de la nada, no duró mucho. Su cuerpo, aunque solo había envejecido un poco, se desintegró rápidamente, incapaz de soportar el peso de trescientos años de tiempo robado. Murió en el mismo instante en que comprendió la verdad: la eternidad es el olvido.
Pero la leyenda susurra que su alma no encontró descanso. En las noches de niebla, si te acercas al manantial oculto de Leyre, puedes escuchar un eco. No es el canto del ruiseñor, sino un murmullo que se arrastra entre las piedras: la voz de Virila, atrapada en el bucle de ese instante eterno, preguntando una y otra vez: ”¿Qué es la Eternidad?”
Y si escuchas con suficiente atención, el bosque te responderá con un silencio que dura trescientos años.
El Abad y el Eco de la Eternidad
Advertencia: Lo que aquí se relata no es una piadosa fábula, sino el escalofriante testimonio de un hombre que rozó el velo de la eternidad y regresó quebrado.
En el corazón de Navarra, donde el Monasterio de Leyre se aferra a la roca como un parásito de piedra, vivió un hombre consumido por una pregunta: ¿Qué es la Eternidad?
Su nombre era Virila, un abad cuya fe era tan profunda como su angustia. La idea de un tiempo sin fin, de una existencia inmutable, era un abismo que lo devoraba. Una tarde, incapaz de conciliar el sueño bajo el peso de su duda, abandonó la seguridad de los muros del monasterio. Se adentró en el bosque circundante, un laberinto de sombras y silencio solo roto por el crujido de las ramas bajo sus sandalias.
Buscó un lugar apartado, un rincón donde la presencia de Dios o del Diablo fuera palpable. Lo encontró junto a un manantial oculto, bajo la sombra de un roble milenario. Y allí, en la penumbra que se espesaba, escuchó el canto.
No era el trino alegre de un pájaro, sino una melodía espectral, un lamento cristalino que parecía surgir de la tierra misma. Era el canto de un ruiseñor, pero su música no era de este mundo. Cada nota era un hilo de seda que se enrollaba alrededor de la conciencia de Virila, arrastrándolo a un estado de éxtasis y terror. El abad cerró los ojos, y el tiempo, tal como lo conocía, se detuvo.
La melodía duró lo que dura un suspiro, o tal vez un parpadeo. Cuando el canto cesó, Virila abrió los ojos. El sol se había movido apenas unos grados en el cielo. Se levantó, sintiendo una extraña pesadez en sus huesos, y regresó al monasterio.
Pero algo había cambiado.
Las piedras del claustro parecían más gastadas, el aire olía a polvo y olvido. Los monjes que lo recibieron no eran sus hermanos. Eran rostros extraños, con hábitos ajados y miradas de recelo.
—¿Quién sois, Padre? —preguntó un joven monje con voz temblorosa.
Virila, confundido, pronunció su nombre. El joven palideció.
—El Abad Virila… La leyenda cuenta que desapareció hace siglos.
El horror se apoderó del anciano. Buscó en la biblioteca, entre los polvorientos códices, y encontró el registro de su propia desaparición. El tiempo que él había pasado escuchando el canto del ruiseñor, ese instante de belleza y pavor, había sido en realidad trescientos años.
Virila había obtenido su respuesta. La Eternidad no era un tiempo sin fin, sino un instante fuera del tiempo, un vacío donde tres siglos podían desvanecerse como una mota de polvo.
El abad, que había regresado de la nada, no duró mucho. Su cuerpo, aunque solo había envejecido un poco, se desintegró rápidamente, incapaz de soportar el peso de trescientos años de tiempo robado. Murió en el mismo instante en que comprendió la verdad: la eternidad es el olvido.
Pero la leyenda susurra que su alma no encontró descanso. En las noches de niebla, si te acercas al manantial oculto de Leyre, puedes escuchar un eco. No es el canto del ruiseñor, sino un murmullo que se arrastra entre las piedras: la voz de Virila, atrapada en el bucle de ese instante eterno, preguntando una y otra vez: ”¿Qué es la Eternidad?”
Y si escuchas con suficiente atención, el bosque te responderá con un silencio que dura trescientos años.
