Me hallaba ayer noche en la entrada de Karachi, en mi carro tirado por los 300 bueyes supervivientes de la colosal travesía por el desierto, cuando fatigado y sin ánimos de proseguir mi hazaña, ingenié una artimaña excelsa para poner fin a mis desdichas.
Até unos cordajes de aluminio a las patas traseras de los bueyes, y el extremo de dicho cordaje lo até a mi cuello, de tal modo que al galopar con bravura mis nobles bueyes me decapitarían, haciendo el efecto de un corcho saliendo despedido de la botella. Cuál fue mi sorpresa que, al arrear con mis látigos los lomos de los bueyes, estos comenzaron a galopar con presteza, erosionándome la piel del cuello hasta hacerme visibles el encéfalo en la parte trasera, y la tráquea y esófago en la delantera. Pero justo en el momento en que iba a salir despedida mi cabeza al añil del cielo divino, el cordaje se liberó de la atadura de mi cuello, pues sin que yo fuese consciente, un diminuto gorrión macho fue picoteando el cordaje hasta hacérmelo deshacer.
De nuevo Cristo Rey, y sus artimañas excelsas, me salvaron la vida. Ahora sólo tengo que hacer frente a las cuantiosas infecciones que la tráquea abierta y el encéfalo sin piel me han provocado y que tienen sumido en tremendas fiebres y delirios.