La historia de la Bomba del Zar es de esas cosas que cuando las conoces bien te das cuenta de lo cerca que ha estado la humanidad de hacer una locura irreversible. Es el ejemplo perfecto de hasta dónde puede llegar el ser humano cuando se mete en una carrera de poder y miedo.
Todo empezó en 1961, cuando la Guerra Fría estaba más tensa que nunca. Estados Unidos y la Unión Soviética estaban jugando a ver quién la tenía más grande, literalmente hablando, en cuestión de bombas nucleares. Y los soviéticos, en un arrebato de orgullo, dijeron: “vamos a hacer algo que deje al mundo entero con la boca abierta”. Y vaya si lo hicieron.
Diseñaron una bomba tan descomunal que parecía una broma. La llamaron RDS-220, pero todo el mundo la conoce como la Bomba del Zar, como diciendo: “esta es la reina de todas las bombas”. Su potencia: 50 megatones. Para que te hagas una idea, eso es más de 3.000 veces la de Hiroshima. Pero lo más loco es que el diseño original era de 100 megatones, lo que pasa es que al final decidieron recortarla a la mitad porque ni ellos mismos estaban seguros de lo que podía pasar si la detonaban entera. Tenían miedo, literal.
El 30 de octubre de 1961 la llevaron a Nova Zemblya, una zona perdida del Ártico. La montaron en un avión Tu-95, que casi tuvieron que reforzar entero porque la bomba pesaba más de 27 toneladas. Le pusieron un paracaídas enorme, no para que aterrizara suave, sino para darle tiempo al avión a escapar antes de que explotara. Porque si no, el avión se iba a la mierda también.
Nueva Zembla en los mapas
Cuando cayó, la tierra tembló. La explosión fue tan brutal que la bola de fuego medía unos 8 kilómetros de diámetro, y el hongo nuclear subió más de 60 kilómetros de altura, más allá de la estratosfera. Fue tan brillante que se vio a más de mil kilómetros de distancia. En pueblos a 800 km se rompieron ventanas y la onda expansiva dio tres vueltas al planeta. No es una exageración: literalmente rebotó por toda la Tierra.
El calor fue tal que, incluso a 100 km del punto de impacto, una persona habría quedado carbonizada en segundos si no tenía refugio. Los instrumentos del avión que la lanzó fallaron durante minutos por la intensidad del flash y la vibración. Era como ver el fin del mundo.
Y lo curioso es que, dentro de lo brutal, fue una bomba “limpia”. Los ingenieros cambiaron el recubrimiento de uranio por uno de plomo, lo que evitó una lluvia radiactiva masiva. Si no lo hubieran hecho, la cantidad de radiación liberada habría contaminado medio planeta. Aun así, la zona de Nova Zemblya quedó destrozada: montañas deformadas, el suelo derretido, todo hecho polvo. Ni vegetación, ni animales, ni nada.
¿Y quiénes hicieron semejante monstruo? Pues un grupo de científicos soviéticos dirigidos por Yuli Khariton, aunque el más conocido de todos fue Andrei Sájarov, el tipo que más tarde se convertiría en uno de los grandes defensores de los derechos humanos y del desarme nuclear. El mismo hombre que ayudó a crear la bomba más poderosa del mundo, acabó pasándose el resto de su vida intentando que nadie volviera a construir algo así. Es casi poético, ¿no? El tipo que miró al abismo y decidió que no quería volver a verlo.
A la izquierda de la imagen Yuli Khariton, a la derecha Andrey Sajarov
La prueba fue un éxito técnico, sí. Los soviéticos demostraron que podían crear algo tan potente que ningún país podía igualarlo. Pero también fue una especie de punto de inflexión: demostraron que el poder había llegado tan lejos que ya no tenía sentido. Una bomba así no se podía usar. Era tan descomunal que, si alguien la lanzaba en una guerra real, el planeta entero sufriría las consecuencias.
Desde entonces, la Bomba del Zar quedó como un símbolo. No de fuerza, sino de advertencia. El día en que la humanidad vio hasta qué punto podía destruirlo todo… y decidió (más o menos) no cruzar esa línea otra vez.