TheMadChivo
Shurmano Infinite
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Hese xobi maxoso eee gagaga
Ladela farda vamka kesla @lolilai mmm
Gaga @xarolei tene muxo + haños lla kisiera
Hese xobi maxoso eee gagaga
Ladela farda vamka kesla @lolilai mmm
Kantos mmm
Gaga @xarolei tene muxo + haños lla kisiera![]()
Me párese vien, ha patir doi llano ai truno de noxe, zolo aré juardia llo caundo nel taravago valla de noxeheso si nuna kosa ai kavlar gefe @nardonton
llasan galmao la kosa hen konta deste ilo
podia kitano hel tuno de noxe de bigila lilo ete siono
Ses netro gefeee 111Me párese vien, ha patir doi llano ai truno de noxe, zolo aré juardia llo caundo nel taravago valla de noxe
exoperoCebada viem llalo berhas
Gomfia 111
E?exopero
jrasiapo tu hanimo
Ela Dorelai , pedo emloz oitenta .Hese xobi maxoso eee gagaga
Ladela farda vamka kesla @lolilai mmm
lo kualo?
goenohPedon .
Hueroz diaz .
O aljo naz ...Kantos mmm
Polonemos karenta mmm
HiiiiBei bito gueme buedo u adunsio guece bonen bolla elo ilo?
Bida gue badojo be bolla
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Polo meons. Llo kreo ke rroza lo sikuetaKantos mmm
Polonemos karenta mmm

Disgurpa mmmDe los sos ojos tan fuertemientre llorando non vos digo, señoras e señores, mas llegamos al anno del grand desastre. Al de mil e quatrocientos e noventa e ocho, quando la España que desde el anno de mil e quinientos avié tenido al mundo por las vergüenzas agarrado, después de un siglo e más creciendo e casi tres encogiendo commo paño ruin mucho lavado, fue metida en casi lo que agora yaze. Diéronle —diéronnos— la postremera ferida las guerras de Cuba e de las Filipinas. En la tierra de dentro, con Alfonso Doze niño e su madre la reina regente, las nubes prietas se ayuntavan poco a poco, ca a los omnes labradores e a los que labran en las villas, individualistas commo la madre que los parió, non les plazía mucho la ordenança de los socialistas —o luego los comunistas— e querían más ser anarquistas, e cada uno se fazía su camino aparte. Esto era de sabrosa miel a los poderes que regían, que seguían toreando al pueblo por entrambos cuernos. Mas lo de Cuba e Filipinas avié de remover todo el paýs.En Cuba, de nuevo alzada en lid, do millares de españoles tenían con la metrópoli lazos de mercaduría e de sangre, la represión era bestial, bien sumada por el general Weyler, que era pequeño de cuerpo e de muy mala saña: «¿Que he mandado matar a muchos presos? Verdad es, mas non commo presos de guerra, sinon commo quemadores e matadores». Esto avivava el fuego e avié mal cobro, en primero porque los Estados Unidos, que ya estavan en grand fuerza, querían tragar el Caribe de los españoles. E en segundo, porque las bozes cuerdas que pedían un estado razonable para Cuba se afogavan por la necedad, la corrupción, la dura cerviz, los provechos de mercaduría de la alta burguesía —catalana en parte— con sus negocios en Cuba, e por el amor patrio vil de una prensa vendida e sin seso.El fin es harto sabido de todos: una guerra cruel que non se podía vencer (los fijos de los ricos se libravan pagando porque un desdichado fuese en su logar), la entrada de los Estados Unidos, e nuestra armada, al mandado del almirante Cervera, cercada en Santiago de Cuba. De Madrid vino la mandadera desatinada de salir e lidiar a toda costa por el honor de España —una España que aquel domingo se fue a ver lid de toros—; e los marinos españoles, maguer sabiendo que los avían de despedaçar, cumplieron las órdenes commo un siglo antes en Trafalgar, e salieron uno en pos de otro, pobres mesquinos en naves de madera, para ser desfechos por los grandes navíos de los norteños, a los quales non podían poner fuerza que les bastase —el Cristóbal Colón nin avié la artillería puesta—, mas sí la bendición que envió por el telégrafo el arzobispo de Madrid-Alcalá: «Que Santiago, San Telmo e San Raimundo vayan delante e vos fagan non vulnerables a las saetas del enemigo».A esto se ayuntaron los políticos e la prensa. «Las armadas son para lidiar», ladrava Romero Robledo en las Cortes, mientra a los que querían fablar de avenencia, commo el ministro Moret, les fazían grita e escarnio a las puertas de sus casas. Pocas vegadas en la estoria de España ovo tanto valor de una parte e tanta vileza de la otra. Después desto, desamparada por las grandes potencias porque non valíamos un ardite, España dio Cuba, Puerto Rico —do los de Puerto Rico avían lidiado con los españoles— e las Filipinas, e al otro anno ovo de vender a Alemania las islas de Carolina e Palaos, en el mar del Pacífico.En las Filipinas, por cierto («Una colonia regida por frailes e por omnes de armas», la diz el estoriador Ramón Villares), avié acaecido más o menos lo de Cuba: alzamiento lidiado con grand crueldat, la entrada de los norteños, la armada del Pacífico desfecha por los americanos en la bahía de Cavite, e lides de tierra do, commo en la manigua cubana, los pobres soldaditos españoles, sin aparejos de guerra, dolientes, mal comidos e a mill leguas de su tierra, lidiaron con el valor que suelen los buenos e leales vasallos fasta que non pudieron más —mi abuelo me contava el espectáculo de las naves que traían de allende la mar a aquellos fantasmas flacos, llagados e enfermos—. E algunos lidiaran más allá de lo que omne puede. Ca en Baler, un pequeño lugar filipino apartado do non llegó mandado de la paz, un tropel dellos, los postreros de Filipinas, solos e sin nuevas, siguieron lidiando un anno más, creyendo que la guerra durava, e costó grand trabajo fazerles entender que todo avié acabado. E commo colofón muy de España desta estoria, diremos que a uno de aquellos varones de pro, el último o el penúltimo que avié quedado en vida, un tropel de milicianos o falangistas, non importa quiénes, lo sacaron de su casa en mil novecientos treinta e seis e lo mataron a tiros mientra el pobre viejo les mostrava sus medallas viejas e sin provecho.
HiiiiPolo meons. Llo kreo ke rroza lo sikuetaauke dise ke tie trenita
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Bei bito gueme buedo u adunsio guece bonen bolla elo ilo?
Bida gue badojo be bolla
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Pero ezo bacae ene egsamen?De los sos ojos tan fuertemientre llorando non vos digo, señoras e señores, mas llegamos al anno del grand desastre. Al de mil e quatrocientos e noventa e ocho, quando la España que desde el anno de mil e quinientos avié tenido al mundo por las vergüenzas agarrado, después de un siglo e más creciendo e casi tres encogiendo commo paño ruin mucho lavado, fue metida en casi lo que agora yaze. Diéronle —diéronnos— la postremera ferida las guerras de Cuba e de las Filipinas. En la tierra de dentro, con Alfonso Doze niño e su madre la reina regente, las nubes prietas se ayuntavan poco a poco, ca a los omnes labradores e a los que labran en las villas, individualistas commo la madre que los parió, non les plazía mucho la ordenança de los socialistas —o luego los comunistas— e querían más ser anarquistas, e cada uno se fazía su camino aparte. Esto era de sabrosa miel a los poderes que regían, que seguían toreando al pueblo por entrambos cuernos. Mas lo de Cuba e Filipinas avié de remover todo el paýs.En Cuba, de nuevo alzada en lid, do millares de españoles tenían con la metrópoli lazos de mercaduría e de sangre, la represión era bestial, bien sumada por el general Weyler, que era pequeño de cuerpo e de muy mala saña: «¿Que he mandado matar a muchos presos? Verdad es, mas non commo presos de guerra, sinon commo quemadores e matadores». Esto avivava el fuego e avié mal cobro, en primero porque los Estados Unidos, que ya estavan en grand fuerza, querían tragar el Caribe de los españoles. E en segundo, porque las bozes cuerdas que pedían un estado razonable para Cuba se afogavan por la necedad, la corrupción, la dura cerviz, los provechos de mercaduría de la alta burguesía —catalana en parte— con sus negocios en Cuba, e por el amor patrio vil de una prensa vendida e sin seso.El fin es harto sabido de todos: una guerra cruel que non se podía vencer (los fijos de los ricos se libravan pagando porque un desdichado fuese en su logar), la entrada de los Estados Unidos, e nuestra armada, al mandado del almirante Cervera, cercada en Santiago de Cuba. De Madrid vino la mandadera desatinada de salir e lidiar a toda costa por el honor de España —una España que aquel domingo se fue a ver lid de toros—; e los marinos españoles, maguer sabiendo que los avían de despedaçar, cumplieron las órdenes commo un siglo antes en Trafalgar, e salieron uno en pos de otro, pobres mesquinos en naves de madera, para ser desfechos por los grandes navíos de los norteños, a los quales non podían poner fuerza que les bastase —el Cristóbal Colón nin avié la artillería puesta—, mas sí la bendición que envió por el telégrafo el arzobispo de Madrid-Alcalá: «Que Santiago, San Telmo e San Raimundo vayan delante e vos fagan non vulnerables a las saetas del enemigo».A esto se ayuntaron los políticos e la prensa. «Las armadas son para lidiar», ladrava Romero Robledo en las Cortes, mientra a los que querían fablar de avenencia, commo el ministro Moret, les fazían grita e escarnio a las puertas de sus casas. Pocas vegadas en la estoria de España ovo tanto valor de una parte e tanta vileza de la otra. Después desto, desamparada por las grandes potencias porque non valíamos un ardite, España dio Cuba, Puerto Rico —do los de Puerto Rico avían lidiado con los españoles— e las Filipinas, e al otro anno ovo de vender a Alemania las islas de Carolina e Palaos, en el mar del Pacífico.En las Filipinas, por cierto («Una colonia regida por frailes e por omnes de armas», la diz el estoriador Ramón Villares), avié acaecido más o menos lo de Cuba: alzamiento lidiado con grand crueldat, la entrada de los norteños, la armada del Pacífico desfecha por los americanos en la bahía de Cavite, e lides de tierra do, commo en la manigua cubana, los pobres soldaditos españoles, sin aparejos de guerra, dolientes, mal comidos e a mill leguas de su tierra, lidiaron con el valor que suelen los buenos e leales vasallos fasta que non pudieron más —mi abuelo me contava el espectáculo de las naves que traían de allende la mar a aquellos fantasmas flacos, llagados e enfermos—. E algunos lidiaran más allá de lo que omne puede. Ca en Baler, un pequeño lugar filipino apartado do non llegó mandado de la paz, un tropel dellos, los postreros de Filipinas, solos e sin nuevas, siguieron lidiando un anno más, creyendo que la guerra durava, e costó grand trabajo fazerles entender que todo avié acabado. E commo colofón muy de España desta estoria, diremos que a uno de aquellos varones de pro, el último o el penúltimo que avié quedado en vida, un tropel de milicianos o falangistas, non importa quiénes, lo sacaron de su casa en mil novecientos treinta e seis e lo mataron a tiros mientra el pobre viejo les mostrava sus medallas viejas e sin provecho.
Tai blando detiti 9999 mefalo toa
Gaga @xarolei tene muxo + haños lla kisiera![]()
K dise 99De los sos ojos tan fuertemientre llorando non vos digo, señoras e señores, mas llegamos al anno del grand desastre. Al de mil e quatrocientos e noventa e ocho, quando la España que desde el anno de mil e quinientos avié tenido al mundo por las vergüenzas agarrado, después de un siglo e más creciendo e casi tres encogiendo commo paño ruin mucho lavado, fue metida en casi lo que agora yaze. Diéronle —diéronnos— la postremera ferida las guerras de Cuba e de las Filipinas. En la tierra de dentro, con Alfonso Doze niño e su madre la reina regente, las nubes prietas se ayuntavan poco a poco, ca a los omnes labradores e a los que labran en las villas, individualistas commo la madre que los parió, non les plazía mucho la ordenança de los socialistas —o luego los comunistas— e querían más ser anarquistas, e cada uno se fazía su camino aparte. Esto era de sabrosa miel a los poderes que regían, que seguían toreando al pueblo por entrambos cuernos. Mas lo de Cuba e Filipinas avié de remover todo el paýs.En Cuba, de nuevo alzada en lid, do millares de españoles tenían con la metrópoli lazos de mercaduría e de sangre, la represión era bestial, bien sumada por el general Weyler, que era pequeño de cuerpo e de muy mala saña: «¿Que he mandado matar a muchos presos? Verdad es, mas non commo presos de guerra, sinon commo quemadores e matadores». Esto avivava el fuego e avié mal cobro, en primero porque los Estados Unidos, que ya estavan en grand fuerza, querían tragar el Caribe de los españoles. E en segundo, porque las bozes cuerdas que pedían un estado razonable para Cuba se afogavan por la necedad, la corrupción, la dura cerviz, los provechos de mercaduría de la alta burguesía —catalana en parte— con sus negocios en Cuba, e por el amor patrio vil de una prensa vendida e sin seso.El fin es harto sabido de todos: una guerra cruel que non se podía vencer (los fijos de los ricos se libravan pagando porque un desdichado fuese en su logar), la entrada de los Estados Unidos, e nuestra armada, al mandado del almirante Cervera, cercada en Santiago de Cuba. De Madrid vino la mandadera desatinada de salir e lidiar a toda costa por el honor de España —una España que aquel domingo se fue a ver lid de toros—; e los marinos españoles, maguer sabiendo que los avían de despedaçar, cumplieron las órdenes commo un siglo antes en Trafalgar, e salieron uno en pos de otro, pobres mesquinos en naves de madera, para ser desfechos por los grandes navíos de los norteños, a los quales non podían poner fuerza que les bastase —el Cristóbal Colón nin avié la artillería puesta—, mas sí la bendición que envió por el telégrafo el arzobispo de Madrid-Alcalá: «Que Santiago, San Telmo e San Raimundo vayan delante e vos fagan non vulnerables a las saetas del enemigo».A esto se ayuntaron los políticos e la prensa. «Las armadas son para lidiar», ladrava Romero Robledo en las Cortes, mientra a los que querían fablar de avenencia, commo el ministro Moret, les fazían grita e escarnio a las puertas de sus casas. Pocas vegadas en la estoria de España ovo tanto valor de una parte e tanta vileza de la otra. Después desto, desamparada por las grandes potencias porque non valíamos un ardite, España dio Cuba, Puerto Rico —do los de Puerto Rico avían lidiado con los españoles— e las Filipinas, e al otro anno ovo de vender a Alemania las islas de Carolina e Palaos, en el mar del Pacífico.En las Filipinas, por cierto («Una colonia regida por frailes e por omnes de armas», la diz el estoriador Ramón Villares), avié acaecido más o menos lo de Cuba: alzamiento lidiado con grand crueldat, la entrada de los norteños, la armada del Pacífico desfecha por los americanos en la bahía de Cavite, e lides de tierra do, commo en la manigua cubana, los pobres soldaditos españoles, sin aparejos de guerra, dolientes, mal comidos e a mill leguas de su tierra, lidiaron con el valor que suelen los buenos e leales vasallos fasta que non pudieron más —mi abuelo me contava el espectáculo de las naves que traían de allende la mar a aquellos fantasmas flacos, llagados e enfermos—. E algunos lidiaran más allá de lo que omne puede. Ca en Baler, un pequeño lugar filipino apartado do non llegó mandado de la paz, un tropel dellos, los postreros de Filipinas, solos e sin nuevas, siguieron lidiando un anno más, creyendo que la guerra durava, e costó grand trabajo fazerles entender que todo avié acabado. E commo colofón muy de España desta estoria, diremos que a uno de aquellos varones de pro, el último o el penúltimo que avié quedado en vida, un tropel de milicianos o falangistas, non importa quiénes, lo sacaron de su casa en mil novecientos treinta e seis e lo mataron a tiros mientra el pobre viejo les mostrava sus medallas viejas e sin provecho.
Pomcela hen tola femte si gagagagaTai blando detiti 9999 mefalo toa
ate xuleta vokeron pozi kae ene egsamenK dise 99
Crive vien
BE GAGO TOTU BUERDODe los sos ojos tan fuertemientre llorando non vos digo, señoras e señores, mas llegamos al anno del grand desastre. Al de mil e quatrocientos e noventa e ocho, quando la España que desde el anno de mil e quinientos avié tenido al mundo por las vergüenzas agarrado, después de un siglo e más creciendo e casi tres encogiendo commo paño ruin mucho lavado, fue metida en casi lo que agora yaze. Diéronle —diéronnos— la postremera ferida las guerras de Cuba e de las Filipinas. En la tierra de dentro, con Alfonso Doze niño e su madre la reina regente, las nubes prietas se ayuntavan poco a poco, ca a los omnes labradores e a los que labran en las villas, individualistas commo la madre que los parió, non les plazía mucho la ordenança de los socialistas —o luego los comunistas— e querían más ser anarquistas, e cada uno se fazía su camino aparte. Esto era de sabrosa miel a los poderes que regían, que seguían toreando al pueblo por entrambos cuernos. Mas lo de Cuba e Filipinas avié de remover todo el paýs.En Cuba, de nuevo alzada en lid, do millares de españoles tenían con la metrópoli lazos de mercaduría e de sangre, la represión era bestial, bien sumada por el general Weyler, que era pequeño de cuerpo e de muy mala saña: «¿Que he mandado matar a muchos presos? Verdad es, mas non commo presos de guerra, sinon commo quemadores e matadores». Esto avivava el fuego e avié mal cobro, en primero porque los Estados Unidos, que ya estavan en grand fuerza, querían tragar el Caribe de los españoles. E en segundo, porque las bozes cuerdas que pedían un estado razonable para Cuba se afogavan por la necedad, la corrupción, la dura cerviz, los provechos de mercaduría de la alta burguesía —catalana en parte— con sus negocios en Cuba, e por el amor patrio vil de una prensa vendida e sin seso.El fin es harto sabido de todos: una guerra cruel que non se podía vencer (los fijos de los ricos se libravan pagando porque un desdichado fuese en su logar), la entrada de los Estados Unidos, e nuestra armada, al mandado del almirante Cervera, cercada en Santiago de Cuba. De Madrid vino la mandadera desatinada de salir e lidiar a toda costa por el honor de España —una España que aquel domingo se fue a ver lid de toros—; e los marinos españoles, maguer sabiendo que los avían de despedaçar, cumplieron las órdenes commo un siglo antes en Trafalgar, e salieron uno en pos de otro, pobres mesquinos en naves de madera, para ser desfechos por los grandes navíos de los norteños, a los quales non podían poner fuerza que les bastase —el Cristóbal Colón nin avié la artillería puesta—, mas sí la bendición que envió por el telégrafo el arzobispo de Madrid-Alcalá: «Que Santiago, San Telmo e San Raimundo vayan delante e vos fagan non vulnerables a las saetas del enemigo».A esto se ayuntaron los políticos e la prensa. «Las armadas son para lidiar», ladrava Romero Robledo en las Cortes, mientra a los que querían fablar de avenencia, commo el ministro Moret, les fazían grita e escarnio a las puertas de sus casas. Pocas vegadas en la estoria de España ovo tanto valor de una parte e tanta vileza de la otra. Después desto, desamparada por las grandes potencias porque non valíamos un ardite, España dio Cuba, Puerto Rico —do los de Puerto Rico avían lidiado con los españoles— e las Filipinas, e al otro anno ovo de vender a Alemania las islas de Carolina e Palaos, en el mar del Pacífico.En las Filipinas, por cierto («Una colonia regida por frailes e por omnes de armas», la diz el estoriador Ramón Villares), avié acaecido más o menos lo de Cuba: alzamiento lidiado con grand crueldat, la entrada de los norteños, la armada del Pacífico desfecha por los americanos en la bahía de Cavite, e lides de tierra do, commo en la manigua cubana, los pobres soldaditos españoles, sin aparejos de guerra, dolientes, mal comidos e a mill leguas de su tierra, lidiaron con el valor que suelen los buenos e leales vasallos fasta que non pudieron más —mi abuelo me contava el espectáculo de las naves que traían de allende la mar a aquellos fantasmas flacos, llagados e enfermos—. E algunos lidiaran más allá de lo que omne puede. Ca en Baler, un pequeño lugar filipino apartado do non llegó mandado de la paz, un tropel dellos, los postreros de Filipinas, solos e sin nuevas, siguieron lidiando un anno más, creyendo que la guerra durava, e costó grand trabajo fazerles entender que todo avié acabado. E commo colofón muy de España desta estoria, diremos que a uno de aquellos varones de pro, el último o el penúltimo que avié quedado en vida, un tropel de milicianos o falangistas, non importa quiénes, lo sacaron de su casa en mil novecientos treinta e seis e lo mataron a tiros mientra el pobre viejo les mostrava sus medallas viejas e sin provecho.
Guen dya zeño11Weno dia ñore