zaumadsein
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A raíz de las ideas expansionistas de Trump sobre Groenlandia y unos intereses ocultos de unos millonarios libertarios os voy a contar la historia del experimento libertario de Grafton....
Antes de meternos en el tema, vamos con una intro rápida para situarnos.
El libertarismo es una filosofía política que defiende la libertad individual por encima de casi todo. Básicamente, sin Estado (o mínimo), sin impuestos, sin apenas normas. Cada uno es responsable de su vida, su propiedad y sus decisiones. ¿El gobierno? Solo lo justo y necesario —y a veces ni eso. Suena bien en papel: libertad total, cero interferencias, y cada uno a su bola sin que venga el Estado a decirte cómo vivir.
Ahora bien… ¿qué pasó cuando un grupo de libertarios decidió poner eso en práctica en un pueblo real?
Bienvenidos a Grafton, New Hampshire:
A principios de los 2000, un grupo de libertarios americanos se lanzó a un proyecto llamado el “Free Town Project”. ¿El plan? Mudarse todos juntos a un pequeño pueblo, Grafton, donde pudieran tomar el control político local y convertirlo en un paraíso libertario: sin regulaciones, sin impuestos locales, y con una administración mínima.
Algunos tenían mucho dinero, otros ninguno y acamparon en el bosque con tiendas de campaña, el caso es que fueron tantos que se hicieron con el control municipal. Redujeron todo a lo mínimo y no llegaba ni para lo básico.
La idea parecía simple: vive y deja vivir. Que cada uno haga con su tierra y su vida lo que quiera. ¿Códigos de construcción? ¿Recogida de basura? ¿Control de fauna salvaje? Eso son cadenas del sistema, hermano.
Lo que no esperaban era que esta relajación total atrajera a unos nuevos habitantes: osos negros. Sin gestión de residuos ni normas sobre seguridad, el pueblo empezó a convertirse en un comedero gigante para la fauna local. Hubo vecinos que incluso decidieron alimentarlos. Ya os imagináis cómo acabó eso: un día, uno de los osos decidió que si le daban de comer en el jardín, también podía entrar a la cocina a por postre.
Los osos empezaron a campar a sus anchas, hubo ataques, mascotas devoradas, caos, y más de uno tuvo que espantar a un plantígrado con la sartén en mano.
La convivencia entre libertarios tampoco fue fácil. Al no haber reglas comunes claras, cada uno hacía su vida a su manera, lo que generó conflictos, desorganización y muchas discusiones sobre cómo mantener siquiera las infraestructuras mínimas. Y claro, cuando ni siquiera te pones de acuerdo en cómo arreglar un bache, mal vamos. Las pocas calles estaban bacheadas, se quedaron sin iluminación y el crimen (asesinatos incluidos) apareció en un pueblo que no tenía registros de nada parecido, y el único sheriff no podía hacer gran cosa.
Con el tiempo, muchos abandonaron Grafton. La falta de servicios, los roces internos y los encuentros con los osos acabaron con el sueño libertario del pueblo sin reglas.
Antes de meternos en el tema, vamos con una intro rápida para situarnos.
El libertarismo es una filosofía política que defiende la libertad individual por encima de casi todo. Básicamente, sin Estado (o mínimo), sin impuestos, sin apenas normas. Cada uno es responsable de su vida, su propiedad y sus decisiones. ¿El gobierno? Solo lo justo y necesario —y a veces ni eso. Suena bien en papel: libertad total, cero interferencias, y cada uno a su bola sin que venga el Estado a decirte cómo vivir.
Ahora bien… ¿qué pasó cuando un grupo de libertarios decidió poner eso en práctica en un pueblo real?
Bienvenidos a Grafton, New Hampshire:
A principios de los 2000, un grupo de libertarios americanos se lanzó a un proyecto llamado el “Free Town Project”. ¿El plan? Mudarse todos juntos a un pequeño pueblo, Grafton, donde pudieran tomar el control político local y convertirlo en un paraíso libertario: sin regulaciones, sin impuestos locales, y con una administración mínima.
Algunos tenían mucho dinero, otros ninguno y acamparon en el bosque con tiendas de campaña, el caso es que fueron tantos que se hicieron con el control municipal. Redujeron todo a lo mínimo y no llegaba ni para lo básico.
La idea parecía simple: vive y deja vivir. Que cada uno haga con su tierra y su vida lo que quiera. ¿Códigos de construcción? ¿Recogida de basura? ¿Control de fauna salvaje? Eso son cadenas del sistema, hermano.
Lo que no esperaban era que esta relajación total atrajera a unos nuevos habitantes: osos negros. Sin gestión de residuos ni normas sobre seguridad, el pueblo empezó a convertirse en un comedero gigante para la fauna local. Hubo vecinos que incluso decidieron alimentarlos. Ya os imagináis cómo acabó eso: un día, uno de los osos decidió que si le daban de comer en el jardín, también podía entrar a la cocina a por postre.
Los osos empezaron a campar a sus anchas, hubo ataques, mascotas devoradas, caos, y más de uno tuvo que espantar a un plantígrado con la sartén en mano.
La convivencia entre libertarios tampoco fue fácil. Al no haber reglas comunes claras, cada uno hacía su vida a su manera, lo que generó conflictos, desorganización y muchas discusiones sobre cómo mantener siquiera las infraestructuras mínimas. Y claro, cuando ni siquiera te pones de acuerdo en cómo arreglar un bache, mal vamos. Las pocas calles estaban bacheadas, se quedaron sin iluminación y el crimen (asesinatos incluidos) apareció en un pueblo que no tenía registros de nada parecido, y el único sheriff no podía hacer gran cosa.
Con el tiempo, muchos abandonaron Grafton. La falta de servicios, los roces internos y los encuentros con los osos acabaron con el sueño libertario del pueblo sin reglas.
había atracos, amenazas, agresiones... un show.