Hoy, durante el almuerzo, me he dado cuenta de algo que me ha hecho pensar. Un compañero de trabajo se reía de las subnormalidades de Gabriel Rufián mientras veía el móvil y no he podido evitar preguntarme cómo es posible que alguien le ría las gracias a un tipo que, en el fondo, no es más que un parásito político que vive de los impuestos que la gente trabajadora paga con su esfuerzo.
Tenemos una clase política que, en lugar de servir al ciudadano, se comporta como una casta de aprovechados, dedicada a vivir del cuento mientras predican moral desde su pedestal.... Todo sabemos que Gabriel Rufián es un pijo que se cree obrero.
Lo más preocupante es que muchos ni siquiera lo perciben, porque los medios de comunicación y los partidos se encargan de fabricar un relato que nos moldea la mente y nos dice qué pensar, a quién odiar y a quién admirar. Y aunque lo trates de explicar es imposible, es como gritar en una cámara de eco.
Nos crean enemigos imaginarios, nos presentan los problemas de manera sesgada y nos hacen creer que quien piensa distinto es el villano. Dividen para gobernar, enfrentan para conservar el poder. Y mientras tanto, una parte de la sociedad, quizá sin darse cuenta, acaba riéndoles las gracias a sus propios verdugos. Es una especie de síndrome de Estocolmo colectivo.... Amamos a quienes nos manipulan, defendemos a quienes nos roban y despreciamos a quien intenta pensar por su cuenta.