Hace mucho, los dioses tenían el monopolio del fuego. Los humanos vivían en plan primitivo, a oscuras, pasando frío y comiendo carne cruda como cavernícolas. Y ahí es cuando entra Prometeo, un titán que siempre había tenido cierta simpatía por los mortales.
Prometeo veía que los dioses del Olimpo vivían a lo grande y los humanos estaban hechos polvo, así que pensó: “Pues yo les voy a dar algo que les cambie la vida”. Y lo que hizo fue robar el fuego del Olimpo.
Cómo? Pues en una de esas fiestas o despistes de los dioses, cogió una antorcha y se lo llevó a escondidas para dárselo a los hombres.
Cuando los humanos tuvieron el fuego, todo cambió: pudieron calentarse, cocinar, iluminarse y, en cierto modo, comenzó la civilización. Pero claro, Zeus, que era un poco rencoroso y con cero sentido del humor, se enteró y montó en cólera.
Su castigo fue brutal: mandó encadenar a Prometeo en una montaña del Cáucaso. Y no bastaba con las cadenas, no… Cada día venía un águila y le devoraba el hígado. Como Prometeo era inmortal, por la noche el hígado se regeneraba, y al día siguiente otra vez el pajarito a darse el banquete. Un tormento eterno.
Los humanos, mientras tanto, ya no podían devolver el fuego y con eso se quedaron.
Este mito es muy simbólico porque representa la rebeldía contra los dioses, el conocimiento que trae poder, y también el precio de desafiar a la autoridad. Y fíjate, Prometeo siempre se ha visto como un héroe trágico, el que sufre por darnos a nosotros la chispa que nos hizo distintos.