Es un western de Clint Eastwood que empieza con un golpe bajo: Josey Wales es un granjero tranquilo, currando en lo suyo, y de repente se le viene el mundo abajo. Unos soldados unionistas le matan a su mujer y a su hijo delante de sus narices. Ahí muere el hombre y nace el forajido. Desde ese momento, Josey se convierte en un tipo marcado por la venganza, alguien que no tiene nada que perder.
Lo que mola es que la peli arranca con sangre y pólvora, pero no se queda solo en eso. Josey empieza su camino como un hombre que dispara primero y pregunta después, pero en el viaje se va encontrando con gente igual de rota que él: una anciana, una joven, un par de indios marginados… poco a poco, sin buscarlo, se convierte en el líder de esa especie de familia improvisada. Ahí es donde la historia gana, porque ves cómo alguien que vivía para vengarse termina teniendo otra cosa por la que luchar.
Eastwood lo clava. Tiene ese aire de tipo callado, frío, con mirada que corta, que cuando aprieta el gatillo sabes que alguien va a caer. Pero también deja ver que Josey no es solo un pistolero: es un hombre al que le arrancaron todo y que, aun así, busca redención. Eso le da un peso brutal al personaje.
La peli es puro western setentero: paisajes que parecen infinitos, tiroteos secos y directos, silencios que pesan más que las palabras… y al final, esa sensación de que no hace falta decir mucho cuando ya lo dice todo la mirada de Eastwood.
¿Qué tiene de especial? Que no es un western plano de tiros y venganza, sino un viaje de dolor, rabia y, al final, esperanza.
¿Fácil de ver? Sí, aunque es lenta en algunos tramos, engancha porque tiene alma.
¿Recomendada? Totalmente, es de las grandes del género y de lo mejor de Eastwood.
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