Zagaliko
Shurmano Interestelar
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Robert E. Cornish fue un genio precoz. Se graduó a los 18, obtuvo su doctorado a los 22 y parecía destinado a una carrera brillante en la ciencia. Pero a los 27, tomó un camino que cambiaría su vida para siempre: quiso devolverle la vida a los muertos.
Convencido de que la muerte no era definitiva si se actuaba a tiempo, diseñó una mesa basculante para generar circulación artificial en cadáveres recientes. Pero sus primeros intentos con humanos fracasaron. Entonces se volvió hacia los animales.
En 1934, comenzó sus experimentos más polémicos: resucitar perros clínicamente muertos. Los asfixiaba con éter y nitrógeno, y luego aplicaba adrenalina, anticoagulantes y respiración asistida. Increíblemente, algunos volvieron a la vida. Pero regresaban ciegos, con graves daños neurológicos. No eran los mismos.
La prensa lo llamó “el nuevo Frankenstein”. Y aunque alcanzó fama, también fue perseguido. Las críticas crecieron. Las universidades le cerraron las puertas. La ciencia lo aisló.
Años después, un preso condenado a muerte se ofreció como voluntario. Cornish quería usar un aparato casero de circulación extracorpórea —hecho con piezas recicladas: una aspiradora, mangueras, tubos y hasta ojales de zapatos— para intentar una resurrección humana.
La propuesta fue rechazada. Nunca pudo realizar el experimento.
Cornish murió en 1963, vendiendo su propia pasta dental. Su sueño de devolver la vida quedó en el olvido... pero su historia aún revive el debate sobre los límites de la ciencia.