Con unas expectativas modestas, tras la indiferencia que me causó la primera parte, la sorpresa ha sido agradable. Hay una mejoría notable. Ya desde el mismo comienzo noté otra cosa, una fuerza, un vigor y, lo más importante, una reacción emocional a los acontecimientos del film. Incluso los momentos endebles, que los hay, no lo son tanto como en la parte uno.
Dada mi satisfacción, algo bueno ha de haber en la dirección de Denis Villeneuve cuando, honestamente, las interpretaciones de los actores principales no me enardecen; los que sí sobresalen son algunos los secundarios: Javier Bardem está de puta madre, con perdón; y Florence Pugh y Léa Seydoux le dan mil vueltas a Zendaya, que dicho sea de paso sale bastante fea. Rebecca Ferguson da la talla. En defensa de nuestro héroe, Timothée Chalamet, enclenque, subdesarrollado, diré que cuando finalmente se alza como mesías, en una escena que te pone la piel de gallina, gana puntos.
Los malos tirando a mal. Dave Bautista peor que en la primera y Austin Butler una caricatura. He de mencionar el placer de ver a los veteranos Christopher Walken y Charlotte Rampling, aunque salen poco.
En la banda sonora de Hans Zimmer hay un tema colosal, el que pongo aquí, que da una fuerza casi mística a determinadas escenas. Mi expresión de asombro surgió al momento.
Las batallas son igual que en la primera película: flojas, de power rangers, incluso ridículas con esas espadas que no acabo de entender porque a veces llevan rifles; no está mal el combate en que Paul y Chani derriban una de las naves Harkonnen.
Los gusanos no están mal hechos pero los de David Lynch molaban más, tenían otra épica.
El final con Chani en el desierto es manifiestamente mejorable. Ha habido ahí un empoderamiento extemporáneo.
Le doy un 8. Hay poder en Dune: Part Two.