INVICTO
Shurmano Dios
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A raíz de todos los hilos respecto a la família, aquí tenéis el ladrillaco de la situación con mi cuñada.
Espero que no se os haga pesado y nos iluminéis con la mejor decla sabiduría Shurmanística.Pd: tb lo tengo redactado como si de la biblia se tratase por si se os es más leve la lectura
Capítulo 1: El bar y la chispa
Todo comenzó en un bar. Un sitio de barrio, de esos que sirven como punto de encuentro para todos los jóvenes de la zona. Íbamos ahí casi como si fuera nuestro centro cívico no oficial, el lugar donde la noche empezaba y las conversaciones se repetían como rituales de viernes.
Ella estaba allí. Camarera de mirada rápida y sonrisa fingida, servía copas sin mucha charla. Yo solía preguntarle por su hermana, a quien no conocía. Era un gesto casi de broma, una manera de romper el hielo. Insistí tanto que un día apareció. Y esa aparición cambió mi vida: era la que hoy es mi pareja, la madre del hijo que viene en camino.
Capítulo 2: Historias mal cerradas
Mi cuñada tiene una hija, es madre separada y con una historia que parece escrita por un guionista borracho. De su ex decía que era “un huevo sin sal”, pero él trabajaba como un mulo en la obra, mientras ella se quedaba en casa sin mover un dedo.
Durante esa relación conoció a otro, diez años mayor. Mientras el padre de la niña sudaba para mantenerlas, ella se enamoró del típico “kinki” de manual, el que viene con promesas y termina siendo una pesadilla. Se fue con él esperando una vida de película, pero lo que encontró fue otra cosa: una relación tóxica, llena de peleas, desprecios y regresos dolorosos.
Capítulo 3: Veranos oscuros y balcones ocupados
En ese entonces, yo seguía con mi pareja y veíamos poco a mi cuñada. Solo los viernes, cuando iba al bar. Allí, entre fiestas temáticas y copas de jäger, empezamos a notar las grietas. Lo que parecía una relación problemática resultó ser directamente insana. El kinki iba y venía. Ella lo recibía como si fuera su castigo eterno.
Ese verano se instaló, sin pedir permiso, en nuestra casa. Sin carnet, sin control, salía todas las noches y dejaba a su hija con mi suegra. Nosotros, con miedo cada noche de que algo le pasara, de que no volviera. Hasta que un día la encontramos dormida en el balcón, fumando un porro, con el kinki en llamada. Porque sí, vivían pegados al teléfono. Un control constante, una dependencia mutua.
Capítulo 4: Fin de año y estallido
Poco a poco, se fue haciendo habitual que nos encasquetara a la niña. Si ella trabajaba, la niña era nuestra. Si tenía libre, venía a salir con nosotros.
Y así llegó el fin de año. Una noche que empezó tranquila y acabó en desastre. Éramos pocos, y entre copas, mi cuñada perdió el control. Borracha, desató toda su frustración. Le gritó a mi pareja que había sido un lastre en su infancia. A mí me soltó que le daba igual si mi hermana me dejaba o me engañaba. Y aún así, durmió en nuestra casa. Yo hice la comida al día siguiente como si nada.
Capítulo 5: Cafeterías, campings y excusas
Dejó el bar diciendo que “le hacían cosas”. Se fue a trabajar a una cafetería de ambiente muy distinto, donde se aburría. Luego, apareció una vecina con la idea mágica: trabajar tres meses en un camping como encargada de dos restaurantes. Sin carnet, sin transporte, con una hija que cuidar… Pero ella lo vio como el plan perfecto.
Mientras tanto, la niña seguía dividida entre casas. La mitad del verano con su padre, la otra mitad con mi suegra… o con nosotros. Porque claro, aunque no nos moleste la niña, supone una carga. No podemos hacer nada solos, y nuestra vida también pesa.
En el camping ya ha tenido problemas. Lleva apenas una semana y ya se lleva mal con una compañera, que resulta ser la mujer de uno de los jefes.
Capítulo 6: Terapeutas y reproches
Mi novia decidió tomar las riendas de su vida e ir a terapia. Y le está funcionando. Su hermana, en cambio, se apuntó a constelaciones familiares y otras historias místicas, pero pronto empezó a pelearse también allí. Discutió con mi pareja, la acusó de ser fría, sin corazón, y dejó de ir a talleres y sesiones.
Capítulo 7: La suegra mártir
Mi suegra, viuda y con 61 años, vive en el pueblo de al lado. Trabaja, lleva y recoge a la niña del colegio, hace de chófer, niñera y apoyo emocional sin pedir nada a cambio. Y aún así, mi cuñada tiene la cara de decir que no la ayuda, que no sirve para nada.
Nosotros intentamos alejarnos durante el invierno. Sobre todo yo. No quiero que mi pareja, embarazada, aguante más mierdas ajenas. No se lo merece.
Capítulo 8: Nuestro momento y sus cargas
Recibimos la peor noticia posible: algo no iba bien con nuestro bebé. Aunque los médicos han descartado muchas cosas, seguimos con el miedo clavado en el pecho. Si en julio hay dudas, nos tocará visitar los mejores hospitales.
Y como si eso no fuera suficiente, a mí me tienen que operar del menisco. Dejaré la empresa tres meses parada. No quiero contratar a cualquiera que me complique la vida.
Pero a ella le da igual. Insiste en dejarnos a la niña todo el verano. Egoísmo puro. Nosotros con mil frentes abiertos, y ella pensando solo en sí misma. Yo ya no puedo más.
Capítulo 9: La decadencia y el autoengaño
Su vida es caos: trabaja, duerme, discute con todos. Maltrata verbalmente incluso a su hija. Su propia familia ya no la reconoce. Vive en una casa que le ha prestado su abuela, no paga nada, y aún se queja porque mi pareja o su madre no le lavan los platos cuando la visitan.
No tiene carnet. Dice que no tiene tiempo. Pero en invierno solo trabajaba cuatro horas por la mañana. Tiempo tenía. Lo que le falta es voluntad.
Cuando mi novia le sugirió ir a su psicóloga, respondió que no necesitaba terapia, que lo que le hacía falta era ayuda con la niña y con el cambio de armario. El colmo.
Capítulo 10: El final que no llega
El padre de la niña ha rehecho su vida con una mujer que ya tiene dos hijas. Se van a casar. Mi sobrina, feliz en esa nueva casa, disfruta con sus hermanastras. Pero mi cuñada no lo soporta. Dice que allí no la tratan bien. Miente. Ella quería volver con el padre, si el plan con el kinki fracasaba.
Todo lo que vemos es una cadena de malas decisiones, caprichos y exigencias. Nunca paga nada, ni la comida. La mantiene la suegra, la aguantamos nosotros.
Mi opinión, clara y firme: que pague una niñera. Que limpie su casa. Que enfrente su vida. Que no nos arrastre más.
Nosotros tenemos bastante con lo nuestro.
