WEKurtz
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Hostias, esa me ha recordado una parecida a mí... Cuando llegue a casa después, redacto la historia.Años 90, el que suscribe repartía comida a domicilio en una vespino trucada. Y posiblemente borracho. Hasta ahí, todo normal.
Me mandan un Martes cualquiera de un mes invernal cualquiera a las diez y media de la noche a la otra punta de la ciudad. El único pedido de toda la noche y llama poco antes de cerrar. Lástima no se atragante el hijoputa.
Total que llegó Dios sabe cómo a destino con mis ensaladas y mis escalopes. Llamo al telefonillo y me responde una voz femenina. Es un segundo con ascensor, menos mal. Llamo a la puerta y antes de abrir percibo un olor a cadáver corrompido, a ingle de tractorista una tarde de Julio, a bacalao en salazón al sol, a lentejas puestas al fuego durante tres horas, a colector de aguas residuales... Por los clavos de Cristo, si casi me lloraban los ojos y todo... Se abre la puerta y aparece una señora muy mona ella, maquillada como para una boda, bien vestida, mejor peinada, manicura perfecta, que me extiende un billete de dos mil pesetas y me dice que me quede el cambio. Cuando se gira antes de cerrar miro por encima de su hombro y sólo logro discernir un muro de basura al fondo de la habitación. Maciza de mierda hasta el puñetero techo. Bolsas, botellas, cajas de no se sabe qué...
Luego me enteré que la tía era viuda de un industrial, sin hijos y con dinero, que la coca le había dejado el cerebro como una esponja de baño y que ese trocito de habitación era todo lo que quedaba sin invadir por la mierda, y allí es donde pasaba los días sin salir de casa.