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Estoy de viaje hoy e iba a ir a uno de mis sitios favoritos a comer tras un viaje largo, pero en el último momento he estado mirando los comentarios de Google Maps y he decidido ir a otro establecimiento.
El sitio al que no he ido, tiene pensión, restaurante, bar y platos combinados. También tiene camareros que son unos señores posiblemente mayores que yo, o bastante más curtidos por la vida. Uno de ellos tiene unos tatuajes que me hacen preguntarme si ha sido marino antes que camarero. A veces huele a alcohol. Siempre es profesional, si bien un tanto abrupto.
Los comentarios de Google Maps, tanto de propios como extraños, insistían en lo maleducado e indolente de estos hombres, lo básico del menú, y lo caras que eran las bebidas.
He ido a otro restaurante que sí parecía más mejor y lujoso que el bar en cuestión. En vez de Antena 3 en la tele, tenían música de ambiente de los 80 y 90. Todo estaba limpio y muy bien decorado.
Una camarera muy amable y con pinta de cansada con acento creo que colombiano, me ha preguntado qué deseaba el señor. Resistiendo el impulso de mirar atrás a ver a quién se refería, le he señalado la butifarra a la parrilla del menú, y le he preguntado si venía con acompañamiento de alubias blancas, que es típico de la zona. Me ha dicho que a qué me refería, y dado que en el sitio hablan catalán y no acertando a recordar la palabra "fríjoles", le he preguntado si tenía botifarra amb mongetes. La chica no parecía saber muy bien de qué estaba hablando pero me ha dicho, resuelta, que venía con patatas fritas. Le he dado las gracias y he pedido la butifarra.
Durante medio segundo he considerado si pedir una clara con cerveza sin alcohol, pero no me ha parecido prudente, y le he dicho si me podría traer una cerveza sin alcohol y una Fanta de limón.
Tras un ratito, lo ha traído, ha abierto la cerveza y antes de abrir la Fanta, ha pausado y me ha preguntado, al ver mis canas, si quería una Fanta de limón, enseñándome la etiqueta, por si acaso.
Le he dicho que sí, y que muchas gracias. Al rato, ha traído una butifarra de muy señor mío, un pimiento rojo asado que estaba también muy rico, y una patata que parecía asada cortada en dos. Pensaba que debería haber pedido ajoaceite, pero no me he querido gastar los 2,90 euros. Mientras daba cuenta de este crimen dietético y mezclaba la Fanta de limón con la cerveza sin, han puesto "comfortably numb" en esa especie de hilo musical que tenía el restaurante.
Por la razón que sea, durante un momento he desconectado y estaba pensando en el plato combinado de sepia del otro sitio, en el bar con Antena 3, el menú plastificado, el camarero malhumorado, y la contraseña del wifi que está puesta en un papel pegado con celo en la pared.
El sitio al que no he ido, tiene pensión, restaurante, bar y platos combinados. También tiene camareros que son unos señores posiblemente mayores que yo, o bastante más curtidos por la vida. Uno de ellos tiene unos tatuajes que me hacen preguntarme si ha sido marino antes que camarero. A veces huele a alcohol. Siempre es profesional, si bien un tanto abrupto.
Los comentarios de Google Maps, tanto de propios como extraños, insistían en lo maleducado e indolente de estos hombres, lo básico del menú, y lo caras que eran las bebidas.
He ido a otro restaurante que sí parecía más mejor y lujoso que el bar en cuestión. En vez de Antena 3 en la tele, tenían música de ambiente de los 80 y 90. Todo estaba limpio y muy bien decorado.
Una camarera muy amable y con pinta de cansada con acento creo que colombiano, me ha preguntado qué deseaba el señor. Resistiendo el impulso de mirar atrás a ver a quién se refería, le he señalado la butifarra a la parrilla del menú, y le he preguntado si venía con acompañamiento de alubias blancas, que es típico de la zona. Me ha dicho que a qué me refería, y dado que en el sitio hablan catalán y no acertando a recordar la palabra "fríjoles", le he preguntado si tenía botifarra amb mongetes. La chica no parecía saber muy bien de qué estaba hablando pero me ha dicho, resuelta, que venía con patatas fritas. Le he dado las gracias y he pedido la butifarra.
Durante medio segundo he considerado si pedir una clara con cerveza sin alcohol, pero no me ha parecido prudente, y le he dicho si me podría traer una cerveza sin alcohol y una Fanta de limón.
Tras un ratito, lo ha traído, ha abierto la cerveza y antes de abrir la Fanta, ha pausado y me ha preguntado, al ver mis canas, si quería una Fanta de limón, enseñándome la etiqueta, por si acaso.
Le he dicho que sí, y que muchas gracias. Al rato, ha traído una butifarra de muy señor mío, un pimiento rojo asado que estaba también muy rico, y una patata que parecía asada cortada en dos. Pensaba que debería haber pedido ajoaceite, pero no me he querido gastar los 2,90 euros. Mientras daba cuenta de este crimen dietético y mezclaba la Fanta de limón con la cerveza sin, han puesto "comfortably numb" en esa especie de hilo musical que tenía el restaurante.
Por la razón que sea, durante un momento he desconectado y estaba pensando en el plato combinado de sepia del otro sitio, en el bar con Antena 3, el menú plastificado, el camarero malhumorado, y la contraseña del wifi que está puesta en un papel pegado con celo en la pared.
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