Y U M A N
Shurmano
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Perdonadme si me pongo filosófico, pero mientras colocaba mampostería me ha dado por pensar.
Ale. Hasta aqui mi gran reflexión de la vida
A veces, algunas piedras que coloco son gigantes. Da igual dónde las pongas: siempre quedan bien, dominan el muro con su presencia.
Pero hay que tener cuidado de no poner dos enormes demasiado cerca, porque aunque asienten bien y ahorren trabajo, parece que compitan entre sí por ver cuál es más imponente.
Las piedras grandes tienen otro problema: su tamaño obliga a las demás a adaptarse a su forma. No está mal aportan estructura y fuerza.
Pero algunas piedras, grandes también aunque no tanto, no soportan estar junto a una de esas moles. Se sienten eclipsadas, pequeñas, fuera de lugar.
Pero hay que tener cuidado de no poner dos enormes demasiado cerca, porque aunque asienten bien y ahorren trabajo, parece que compitan entre sí por ver cuál es más imponente.
Las piedras grandes tienen otro problema: su tamaño obliga a las demás a adaptarse a su forma. No está mal aportan estructura y fuerza.
Pero algunas piedras, grandes también aunque no tanto, no soportan estar junto a una de esas moles. Se sienten eclipsadas, pequeñas, fuera de lugar.
Cada piedra tiene su destino.
Algunas parecen imposibles de encajar: las giras, las pruebas aquí y allá, y nada. Hasta que un día entiendes que no era culpa de la piedra, sino del entorno… o quizá de su actitud.
A veces, basta con que se abra un poco, que cambie la orientación, y encaja a la perfección.
Otras llegan a tu vida y, sin saber cómo, encajan a la primera.
No son gigantes ni diminutas; cumplen su función, dan estabilidad al conjunto, hacen más fácil el trabajo y ayudan a que todo lo demás se mantenga en pie.
Y están esas pocas, únicas, que parecen haber nacido para un solo lugar. Las ves y sabes que son la pieza exacta para llenar ese hueco imposible, ese punto delicado que parecía no tener solución.
Algunas parecen imposibles de encajar: las giras, las pruebas aquí y allá, y nada. Hasta que un día entiendes que no era culpa de la piedra, sino del entorno… o quizá de su actitud.
A veces, basta con que se abra un poco, que cambie la orientación, y encaja a la perfección.
Otras llegan a tu vida y, sin saber cómo, encajan a la primera.
No son gigantes ni diminutas; cumplen su función, dan estabilidad al conjunto, hacen más fácil el trabajo y ayudan a que todo lo demás se mantenga en pie.
Y están esas pocas, únicas, que parecen haber nacido para un solo lugar. Las ves y sabes que son la pieza exacta para llenar ese hueco imposible, ese punto delicado que parecía no tener solución.
La mayoría cumplen su papel, desde las grandes que sostienen todo el peso hasta las pequeñas que rellenan los huecos. Estas últimas no llaman la atención, pero su ausencia se nota más que la falta de cualquier piedra colosal.
Y luego están las otras… esas piedras que, por mucho que insistas, por mucho que quieras hacerlas encajar, simplemente no encajan.
Hija de puta de piedra negra.
Y luego están las otras… esas piedras que, por mucho que insistas, por mucho que quieras hacerlas encajar, simplemente no encajan.
Hija de puta de piedra negra.
Ale. Hasta aqui mi gran reflexión de la vida

