TheMadChivo
Shurmano Infinite
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La noche fue inusitadamente extraña. La inquietud no sólo no cesó, sino que fue en aumento. Quiso el mundo que los desgarradores truenos y la lluvia incesante acompañaran aquellos turbulentos pensamientos. Como si la propia naturaleza estallara de ira ante los acontecimientos que sucedían en la oscuridad, cuando nadie, o muy pocos, observan.
El Chivo, con pesadez, salió de la casa, aún con la incredulidad y pesadumbre en su mirada. Las nubes y cielos, oscuros y grises, poblaban el firmamento como no podía ser de otra forma.
Ya habían desaparecido otros antes, pero esta vez no iba a ser igual. Algo se había marchitado en su interior. Como si le hubieran arrancado un trocito de su vida de un bocado. Sin avisar, sin señales, sin despedidas... cada vez más solo, rodeado de tantos.
Lentamente, el Chivo se dirigió al acantilado, y se sentó en la dura y fría piedra. Sacó de su bolsillo un pequeño morral con algunas de sus hierbas y rellenó su vieja pipa de madera. La encendió, dio un par de caladas y dejó que el humo ancestral se apoderara de sus pensamientos.
En su cabeza no paraba de repetirse un murmullo incansable, imposible de acallar: "No puede ser... Tú no, hermano, tú no..."
Siempre estuvo ahí. Desde el primer día. Y los días se hicieron semanas, las semanas meses y los meses años. Fueron tantos momentos, tantas risas, tantas conversaciones... Aprendieron y crecieron juntos. Vivieron juntos hasta el final. Sangre de su sangre. Pero ya no estaba, ya no...
Entonces, mientras absorbía el humo de la pipa, durante unos segundos, el sol volvió a lucir, cual mensajero celestial enviando un mensaje desde la lejanía. Un mensaje de esperanza, de futuro.
Pero apenas duró unos segundos. Las grises nubes volvieron a cubrir el firmamento y el gélido viento golpeó su desgastada cara. El futuro ya no iba ser nunca igual, no desde ese fatídico día, eso era una certeza. Una lágrima comenzó a deslizarse por su rostro. Y la rabia inundó su semblante. Apretó el puño con fuerza y, mirando al cielo, exclamó con la ira en sus ojos:
- ¡Malditos seáis! ¡Malditos seáis todos!
Y, una vez más, rugieron los truenos, enfurecidos. Y el cielo comenzó, de nuevo, a descargar sus aguas sobre la tierra, con insistencia y firmeza, acompañadas de los imponentes fulgores de los relámpagos que iluminaban la vista.
Cabizbajo, el Chivo volvió a su casa, se sentó junto a la chimenea, volvió a rellenar la pipa, dio unas caladas y observó el fuego, meditabundo.
- La vida sigue, pero te echaré de menos. No imaginas cuanto... Espero tu regreso algún día.
PD: estoy bien, por si alguno se ralla que sois capaces jaja. Es un relato no más, wey
El Chivo, con pesadez, salió de la casa, aún con la incredulidad y pesadumbre en su mirada. Las nubes y cielos, oscuros y grises, poblaban el firmamento como no podía ser de otra forma.
Ya habían desaparecido otros antes, pero esta vez no iba a ser igual. Algo se había marchitado en su interior. Como si le hubieran arrancado un trocito de su vida de un bocado. Sin avisar, sin señales, sin despedidas... cada vez más solo, rodeado de tantos.
Lentamente, el Chivo se dirigió al acantilado, y se sentó en la dura y fría piedra. Sacó de su bolsillo un pequeño morral con algunas de sus hierbas y rellenó su vieja pipa de madera. La encendió, dio un par de caladas y dejó que el humo ancestral se apoderara de sus pensamientos.
En su cabeza no paraba de repetirse un murmullo incansable, imposible de acallar: "No puede ser... Tú no, hermano, tú no..."
Siempre estuvo ahí. Desde el primer día. Y los días se hicieron semanas, las semanas meses y los meses años. Fueron tantos momentos, tantas risas, tantas conversaciones... Aprendieron y crecieron juntos. Vivieron juntos hasta el final. Sangre de su sangre. Pero ya no estaba, ya no...
Entonces, mientras absorbía el humo de la pipa, durante unos segundos, el sol volvió a lucir, cual mensajero celestial enviando un mensaje desde la lejanía. Un mensaje de esperanza, de futuro.
Pero apenas duró unos segundos. Las grises nubes volvieron a cubrir el firmamento y el gélido viento golpeó su desgastada cara. El futuro ya no iba ser nunca igual, no desde ese fatídico día, eso era una certeza. Una lágrima comenzó a deslizarse por su rostro. Y la rabia inundó su semblante. Apretó el puño con fuerza y, mirando al cielo, exclamó con la ira en sus ojos:
- ¡Malditos seáis! ¡Malditos seáis todos!
Y, una vez más, rugieron los truenos, enfurecidos. Y el cielo comenzó, de nuevo, a descargar sus aguas sobre la tierra, con insistencia y firmeza, acompañadas de los imponentes fulgores de los relámpagos que iluminaban la vista.
Cabizbajo, el Chivo volvió a su casa, se sentó junto a la chimenea, volvió a rellenar la pipa, dio unas caladas y observó el fuego, meditabundo.
- La vida sigue, pero te echaré de menos. No imaginas cuanto... Espero tu regreso algún día.
PD: estoy bien, por si alguno se ralla que sois capaces jaja. Es un relato no más, wey

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