DaleGarrote
Shurmano Logia
- Nº Ranking
- 37
- Shurmano Nº
- 17731
- Desde
- 7 Sep 2025
- Mensajes
- 9,880
- Reacciones
- 268,503
Siempre me ha generado curiosidad entender por qué el ser humano puede llegar a ser racista o xenófobo. Me pregunto si es por miedo, por ignorancia o por alguna otra razón más profunda. Me resulta difícil comprender que alguien pueda juzgar a otra persona por su color de piel, por su origen, por su religión o por su ideología política, en lugar de valorar lo que esa persona es capaz de aportar a la sociedad.
En mi caso, provengo de Galicia, una tierra marcada profundamente por la emigración. Es difícil encontrar una familia gallega que no tenga en su historia a algún abuelo, tío o bisabuelo que haya tenido que marcharse a otro país en busca de oportunidades. Durante generaciones, muchas personas tuvieron que dejar su hogar por pura necesidad, porque en su tierra no había otra forma de salir adelante.
Por eso me sorprende especialmente escuchar discursos racistas o xenófobos en un país como España, que históricamente ha sido un país emigrante. Hoy en día seguimos emigrando, aunque en muchos casos por razones diferentes: ya no siempre por pura supervivencia, sino porque muchos jóvenes formados se marchan a ejercer su profesión y a aportar su talento en otros lugares del mundo.
Existe además una contradicción evidente. Cuando nosotros emigramos, solemos pensar que vamos a trabajar, a esforzarnos y a contribuir al progreso del país que nos acoge. Sin embargo, cuando otras personas llegan al nuestro buscando exactamente lo mismo, con frecuencia se les mira con desconfianza o se les acusa de aprovecharse del sistema. Esa doble vara de medir resulta difícil de entender.
También me llama la atención la idea de la “pureza”, ya sea racial o nacional. Si uno revisa con un mínimo de honestidad cualquier árbol genealógico, lo más probable es que encuentre mezclas, migraciones y desplazamientos. La historia de la humanidad es, en gran medida, una historia de movimientos y mestizaje.
Además, creo que cualquier persona que haya tenido un poco de mundo —y con esto no me refiero necesariamente a emigrar a otro continente— sabe que salir del lugar donde uno ha crecido cambia la perspectiva. Incluso dentro del mismo país las diferencias culturales existen. No es lo mismo crecer en Galicia que en Andalucía, por ejemplo, y a veces incluso dentro de esas diferencias pueden aparecer pequeños prejuicios o estereotipos.
Yo mismo he tenido la oportunidad de vivir en otros países. Emigrar nunca es fácil. Tiene una parte de ilusión, pero también de dolor. Uno deja atrás su entorno, su familia y sus costumbres. Aunque no haya una discriminación abierta, siempre existe la sensación de ser un poco extranjero, un poco forastero.
Por eso me sorprende especialmente cuando las ideas racistas o xenófobas vienen precisamente de personas que también han sido emigrantes o cuyos padres lo fueron. En esos casos, la contradicción es todavía más evidente.
Tampoco creo que el racismo o la xenofobia puedan atribuirse de manera automática a una ideología política concreta. Identificar a la derecha como necesariamente xenófoba o a la izquierda como automáticamente abierta y tolerante me parece una simplificación. Al final, estas actitudes nacen de las personas, no de las etiquetas políticas.
En mi opinión, uno de los factores que más alimenta estos prejuicios es la forma en que a veces se presenta la información en ciertos medios. Muchos discursos sobre inmigración se construyen a partir de datos incompletos, exageraciones o generalizaciones que acaban creando una percepción distorsionada de la realidad.
Si lo pensamos bien, la mayoría de nosotros convivimos a diario con personas inmigrantes. Nos cruzamos con ellas trabajando: atendiendo en comercios, repartiendo, construyendo, limpiando, cuidando o realizando innumerables tareas que forman parte del funcionamiento cotidiano de la sociedad.
También se habla mucho de las ayudas sociales, de las llamadas “paguitas”, como si fueran un privilegio fácil de obtener. Pero pocas veces se explica con claridad qué requisitos existen para acceder a ellas o cuál es realmente la cantidad que se percibe. La realidad suele ser mucho más compleja y, en muchos casos, esas ayudas apenas permiten subsistir.
Por todo ello, sigo preguntándome hasta qué punto muchas de estas actitudes nacen realmente del rechazo personal o si, en parte, responden a corrientes de opinión que se ponen de moda en determinados momentos. Quiero pensar que es lo segundo.
Afortunadamente, mi experiencia personal me ha demostrado también el lado contrario: la capacidad que tenemos las personas de entendernos, de convivir y de construir vínculos más allá del origen, la religión o la cultura. A lo largo de mi vida he tenido la suerte de conocer y de querer a personas de distintas nacionalidades y creencias, y eso me ha recordado una y otra vez algo bastante simple: antes que cualquier etiqueta, todos somos personas.
En mi caso, provengo de Galicia, una tierra marcada profundamente por la emigración. Es difícil encontrar una familia gallega que no tenga en su historia a algún abuelo, tío o bisabuelo que haya tenido que marcharse a otro país en busca de oportunidades. Durante generaciones, muchas personas tuvieron que dejar su hogar por pura necesidad, porque en su tierra no había otra forma de salir adelante.
Por eso me sorprende especialmente escuchar discursos racistas o xenófobos en un país como España, que históricamente ha sido un país emigrante. Hoy en día seguimos emigrando, aunque en muchos casos por razones diferentes: ya no siempre por pura supervivencia, sino porque muchos jóvenes formados se marchan a ejercer su profesión y a aportar su talento en otros lugares del mundo.
Existe además una contradicción evidente. Cuando nosotros emigramos, solemos pensar que vamos a trabajar, a esforzarnos y a contribuir al progreso del país que nos acoge. Sin embargo, cuando otras personas llegan al nuestro buscando exactamente lo mismo, con frecuencia se les mira con desconfianza o se les acusa de aprovecharse del sistema. Esa doble vara de medir resulta difícil de entender.
También me llama la atención la idea de la “pureza”, ya sea racial o nacional. Si uno revisa con un mínimo de honestidad cualquier árbol genealógico, lo más probable es que encuentre mezclas, migraciones y desplazamientos. La historia de la humanidad es, en gran medida, una historia de movimientos y mestizaje.
Además, creo que cualquier persona que haya tenido un poco de mundo —y con esto no me refiero necesariamente a emigrar a otro continente— sabe que salir del lugar donde uno ha crecido cambia la perspectiva. Incluso dentro del mismo país las diferencias culturales existen. No es lo mismo crecer en Galicia que en Andalucía, por ejemplo, y a veces incluso dentro de esas diferencias pueden aparecer pequeños prejuicios o estereotipos.
Yo mismo he tenido la oportunidad de vivir en otros países. Emigrar nunca es fácil. Tiene una parte de ilusión, pero también de dolor. Uno deja atrás su entorno, su familia y sus costumbres. Aunque no haya una discriminación abierta, siempre existe la sensación de ser un poco extranjero, un poco forastero.
Por eso me sorprende especialmente cuando las ideas racistas o xenófobas vienen precisamente de personas que también han sido emigrantes o cuyos padres lo fueron. En esos casos, la contradicción es todavía más evidente.
Tampoco creo que el racismo o la xenofobia puedan atribuirse de manera automática a una ideología política concreta. Identificar a la derecha como necesariamente xenófoba o a la izquierda como automáticamente abierta y tolerante me parece una simplificación. Al final, estas actitudes nacen de las personas, no de las etiquetas políticas.
En mi opinión, uno de los factores que más alimenta estos prejuicios es la forma en que a veces se presenta la información en ciertos medios. Muchos discursos sobre inmigración se construyen a partir de datos incompletos, exageraciones o generalizaciones que acaban creando una percepción distorsionada de la realidad.
Si lo pensamos bien, la mayoría de nosotros convivimos a diario con personas inmigrantes. Nos cruzamos con ellas trabajando: atendiendo en comercios, repartiendo, construyendo, limpiando, cuidando o realizando innumerables tareas que forman parte del funcionamiento cotidiano de la sociedad.
También se habla mucho de las ayudas sociales, de las llamadas “paguitas”, como si fueran un privilegio fácil de obtener. Pero pocas veces se explica con claridad qué requisitos existen para acceder a ellas o cuál es realmente la cantidad que se percibe. La realidad suele ser mucho más compleja y, en muchos casos, esas ayudas apenas permiten subsistir.
Por todo ello, sigo preguntándome hasta qué punto muchas de estas actitudes nacen realmente del rechazo personal o si, en parte, responden a corrientes de opinión que se ponen de moda en determinados momentos. Quiero pensar que es lo segundo.
Afortunadamente, mi experiencia personal me ha demostrado también el lado contrario: la capacidad que tenemos las personas de entendernos, de convivir y de construir vínculos más allá del origen, la religión o la cultura. A lo largo de mi vida he tenido la suerte de conocer y de querer a personas de distintas nacionalidades y creencias, y eso me ha recordado una y otra vez algo bastante simple: antes que cualquier etiqueta, todos somos personas.
Última edición:

