Conspiraciones Experiencias extrañas de los shurmanos

Conozco de primera mano historias de excompañeros y algunas seran invent otras no, pero algunas de ellas te ponen los pelos de punta. Lo peor y lo digo por experiencia son los monitores.

Los monitores, ¿por?
 
Nunca he hablado de esta historia con nadie a excepción de mi abuela y no sé por qué he pensado ahora en ella.

Es de las cosas más extrañas que me han pasado jamás y no tengo una explicación clara para ello, pero juro que es cierto.

Cuando tenía 19 años, solía ir a correr por el monte Armenteira en Galicia.

Conocía varias rutas forestales y caminos porque toda mi familia es de la zona y había jugado mucho por el monte de niño, alejándome cada vez un poco más hasta conocer bastante bien la disposición de aquel trozo del inmenso monte. Mi abuela siempre me decía que no me alejara mucho y que no me metiera en el bosque, pero a medida que iba conociendo el terreno, iba perdiendo el miedo a sus advertencias.

Cuando empecé a correr por ahí años después, las distancias recorridas simplemente se ampliaron. Conocía algunos caminos que me interesaban para correr y hacia mis rutas circulares, sin preocuparme demasiado de seguir ampliando fronteras.

Un día de verano, con 19 años, salí a correr después de hacer unos ejercicios de calistenia. Era una mañana cualquiera. Después de unos 20 minutos corriendo, ya bien adentrado en el monte, vi un caminito, como una trocha, que se internaba en el bosque y en el que nunca me había fijado, lo cual me resultó extraño porque pasaba por ahí casi a diario.

De pura curiosidad me dió por cogerlo para ver hasta donde llevaba. Como no conocía ese caminito, me quité los cascos para estar bien perceptivo. Supongo que no quería toparme con un animal salvaje ni tener ningún encuentro indeseable, pero recuerdo que fue algo más instintivo.

El caso es que cuando llevaba unos 5 minutos recorriendo aquel camino, empecé a tener la sensación de que la senda se hacía cada vez menos nítida y me estaba adentrando demasiado en el bosque. Ya me disponía a dar la vuelta, cuando de repente oí como unos sollozos. Me quedé helado. Quieto como un animalito, me quedé escuchando aquello, intentando discernir si era real o se trataba de mi cabeza haciéndome una jugarreta.

Pero sí oía los sollozos un poco más adelante. Por el tono, me dio la sensación de que se trataba de una mujer mayor. Y, honestamente, no se qué coño me impulsó a seguir caminando, porque sentía el pánico recorriendo mis extremidades a latigazos y las pulsaciones a tope, pero me adentré un poco más por lo que suponía que era el sendero, ahora desvaído. Supongo que la curiosidad puede ser más fuerte que el miedo. Al fin y al cabo, existe en nosotros un extraño e irrefrenable impulso de saber, que trasciende a la propia supervivencia.

Al doblar un pequeño recodo, como en una bajada junto a una roca enorme, descubrí las ruinas de una casa de piedra antigua. Pero no hecha con sillares, si no con piedras bastas, de forma plana y unas sobre otras. Algo muy raro porque nunca había visto en Galicia una construcción así antes. Tenía que ser muy vieja. La casa estaba derruida por un lado y no tenía techo, solo una ventana llena de zarzas y una puerta frente a la cual terminaba el camino a unos 4 o 5 metros.

Ahí plantado, oía los sollozos con toda claridad. Tragándome el pánico, di varios pasos hasta la puerta y metí la cabeza por el umbral. Al principio solo la metí un poco, escudriñando el interior y dije "¿Hola?". No hubo respuesta. Solo sollozos débiles. Esta vez metí más la cabeza, el hombro derecho y detrás el cuerpo para ver más adentro, mientras repetía la pregunta un poco más fuerte (o eso pretendía) "¿Hola?". Recuerdo los latigazos que sentía en el pecho, de puro pánico, pero estaba como pegado a aquella situación y no podía escapar.

Entonces, en una esquina del fondo de la casa, vi a una vieja sentada en un taburete, con el cuerpo vuelto hacia la esquina, de espaldas a la entrada. Iba vestida como as velliñas da aldea, con zapatillas de casa, falda y chaqueta negras, con pañuelo negro en la cabeza. Pero toda su vestimenta era como más basta de lo que acostumbraba a ver en la aldea, como más antigua. Especialmente las zapatillas, que parecían como hechas de piel de animales o de lana negra. Y sollozaba profundo. Me quedé ahí quieto por un segundo, mirando su chepa encorvada, recubierta con aquella lana basta color negro y llena de bolas.

Entonces, repetí la pregunta "¿Hola? ¿Está bien?". La vieja se calló y se enderezó, mirando a la pared. Su reacción me produjo inquietud. Lentamente, volvió el rostro hacia mí, y colocó su cuerpo y sus pies metidos en aquellas zapatillas tan raras mirando hacia donde yo estaba. Cuando se cruzaron nuestras miradas, no sabía qué coño estaba mirando. No parecía una persona si no otra cosa que no sabría explicar. Más bien una especie de presencia repugnante y maligna que simulaba ser una persona. No sabría explicarlo de otra manera. Percibía como un aura negativa fortísima a su alrededor, como una gran tristeza pero también una sed o un hambre tremendas. Sentí un grandísimo peligro, pero no me quería mover. Mirándonos los dos, frente a frente, tenía la sensación de que algo iba a ocurrir y, entonces, una especie de Gracia Divina me templó y, como si se tratara de un duelo, decidí tomar la iniciativa.

Con voz firme me brotó del pecho un "Podo axudarche?". Suelo hablar castellano, pero aquello me salió en gallego, como intentando hacerme entender, queriendo ayudar desinteresadamente, inspirado por esa Gracia.

Entonces, los ojos de aquella presencia, aquella especie de extraña mujer, se volvieron más vacuos. Vi sucederse dentro de ellos una cadena de emociones como en reacción: sorpresa, ternura y tristeza. Se quedó así un segundo y movió la cabeza de lado a lado, pero con mucha levedad, como diciendo que no con timidez o desesperanza, quizá una combinación de ambas. Y la sensación de peligro desapareció. Por un momento solo había tristeza.

Me relajé un poco, pero tuve la sensación de que aquella presencia sintió mi relajación, y de nuevo comenzó a cultivar esa energía negativa, como queriendo alimentarse de lo inconsciente de mi vulnerabilidad. De nuevo volvió a surgir en sus ojos esa especie de maldad vengativa. Volví a sentir mi miedo, tan fuerte como antes, pero ya no me afectó tanto. Tenía la sensación de que algo o alguien me protegía.

Así que, sin despegar la vista de aquellos ojos pútridos con sus pupilas blancas, dije "Boas tardes" y, literalmente, arranqué mis piernas del suelo como quién saca un par de clavos de una madera vieja, y comencé a andar medio ladeado por el camino, sin querer dar la espalda a esa extrañísima presencia de mujer o lo que carallo fuera.

Al cortar el campo de visión, sentí como sus ojos me miraban todavía a través de la pared, siguiendo mi movimiento como si pudiera ver a través de la piedra, y aún creí verlos mirarme a través de las zarzas de la ventana, mientras me alejaba de vuelta por el camino, caminando despacito pero con brío, como un cangrejo.

Perdí la casa de vista al doblar el recodo de la roca y me fui alejando por el camino, cada vez más rápido. Pero sin llegar a correr, porque tenía la sensación de que, si corría, se me caería el "escudo" que me protegía, y azuzaría las ansias de persecución de aquella malignidad a la que me había enfrentado, convirtiéndome de facto en su presa.

El camino que había hecho en lo que pensaba que eran cinco minutos, se convirtieron como en 20 entonces. Seguía la sombra de aquel sendero y tenía la sensación de que no iba a acabarse nunca, que estaba metido en una trampa y que me iba a morir allí. Empecé a notar en la nariz un olor a putrefacción horrible, que se mezclaba con el dulzor de los eucaliptos. Como si hubiera un animal grande muerto cerca. Pero por más que caminaba, el olor no cesaba, si no que parecía más intenso y más mezclado con el eucalipto.

Mi agobio era tal que empecé a dudar de si había cogido el camino de vuelta correcto o me había confundido y habría ido hacia el otro lado, habría seguido adentrándome en el bosque. No quería mirar hacia atrás porque sentía como si esa presencia se debatiera en sus crueldades interiores por perseguirme y devorarme. Tampoco oía los sollozos de la vieja y pensaba que era porque estaría relamiéndose de pensar en pillarme o porque estaría persiguiéndome en silencio. Sentía pánico de mirar y comencé a desesperarme y a maldecir al camino, porque no reconocía nada de aquello. De repente, volvió aquella Gracia Divina y tuve plena conciencia de que iba a salir de esa, de que todo aquello tan malo estaba quedando atrás y de que el camino estaba cerca.

Por fin lo encontré y volví a pisar la tierra de aquella pista forestal pegando un salto, como queriendo zafarme de los últimos vestigios de aquella presencia corrupta y de aquellos olores nauseabundos.

Entonces eché a correr como un jabalí, a buen ritmo, fingiendo que simplemente reanudaba la carrera que había dejado a medias hacía unos 10 minutos, pero tenía la percepción del tiempo super distorsionada. No sabía realmente qué hora era ni se me ocurrió mirar el móvil. Solo quería correr a tumba abierta hasta salir del monte Armenteira y llegar a la aldea.

Cuando llegué a mi casa, mi madre estaba en la puerta, esperando con mi abuela. A la que me vio aparecer a lo lejos, empezó a gritarme que dónde había estado, que estaba preocupada y que por qué no contestaba el teléfono. La vi como especialmente agitada, un punto histérica. Me acerqué al trote, sin decir nada, porque no quería que todos los vecinos se enteraran del jaleo. Mi abuela, que siempre fue una persona de gran carácter, sabia, de noble presencia y temple extraordinario, mantenía una calma aprehensiva y no dijo nada, solo me miraba.

Intenté calmar un poco a mi madre, explicándole que había salido a correr como otras mañanas y que ni siquiera me había alejado mucho. Y mi madre me gritó que llevaba fuera casi 6 horas. Me reí y le dije que eso era imposible, pero ella me enseñó su reloj y vi que tenía razón. Me quedé de piedra.

Completamente estupefacto, saqué el móvil del bolsillo para mirar la hora y, al querer encender la pantalla, me percaté de que estaba apagado. Pero yo no recordaba haberlo apagado.

Mientras mi madre me abroncaba en el patio, prendí el teléfono y vi que tenía como 13 llamadas perdidas de ella, dos de mi tía Maite y otra de mi padre. Ya eran casi las cuatro de la tarde y todos habían comido, excepto mi madre y mi abuela, que tenían todavía la comida en el plato.

Pasamos al salón y mi madre me seguía erre que erre con la matraca de que dónde había estado, que olía fatal y que estaba preocupada. Le dije que sería por el sudor de correr y hacer ejercicio, simplemente, pero ella dijo que olía como a tierra y a podrido, y una de mis hermanas lo corroboró, como haciendo presión de grupo. Yo estaba como en shock y les dije que me iba a duchar.

Me fui por el pasillo hasta el ala oeste de la casa y me metí en la ducha. Al salir, me cogió mi abuela por banda y me llevó a su habitación. Y ahí me interrogó fuerte. O más bien, le conté yo todo a su primera pregunta. Al principio, quise guardármelo para mí, porque estaba muy confundido y todavía no había puesto orden en mi cabeza con todo lo que había pasado. Pero pronto me di cuenta, por la mirada de mi abuela, que ella ya se olía el pastel y que no iba a salir de aquella si no diciendo la verdad. Así que le hice un relato somero de todo lo que había pasado, omitiendo detalles que pensaba que eran alucinaciones mías.

Había oído muchas historias viejas de boca de mis abuelos. Sobre todo de mi abuelo. De personas que desaparecen en el bosque y las encuentran días después. O de un crudo invierno donde los lobos devoraron a un niño pequeño y a su abuela. (Esta historia la tengo escrita y os la cuento otro día).

Así que mi abuela me pidió que me sentara en la mesa de su habitación y se quedó pensativa. Yo me quedé mirando el crucifijo que había sobre su cama y reflexioné que nunca me había fijado en la cantidad de elementos religiosos que poblaban la habitación de mis abuelos. Escapularios sobre las mesillas de noche, estatuillas de la virgen, cuadros con imágenes de la Pasión y de algún Santo y, bajo la lámina de cristal de la mesa redonda de la habitación, donde estábamos sentados, había una oración muy bonita en gallego.

Mi abuela, al cabo de unos minutos en silencio cogió y me dijo "Javi, creo que atopaches unha meiga". Y yo me quedé como "¡Y yo qué leches voy a saber!", porque una parte de mí quería racionalizar todo y reírse de aquel asunto, pero en el fondo mi intuición me decía que aquello era cierto, y desde entonces pienso estás cosas con más respeto.

Mi abuela me pidió que estuviera listo para salir a ver al cura en 5 minutos y yo tenía bastante hambre y sed, y me apetecía bajar a la Iglesia lo mismo que una patada en los huevos. Pero bueno. Bajé al salón y estaban ahí mi madre con mis dos tías y un tío mío dormitando en el sofá frente a la tele, con una peli de vaqueros en blanco y negro. Y hablando entre susurros convenimos entre mis tías, mi madre y yo, que simplemente me había perdido por el bosque y se me había alargado la carrera. Mi madre concluyó su bronca insistiendo en que no tenía que andar por caminos que no conociera. Quedó convencida de aquella hipótesis y mis tías también. Aunque yo, naturalmente, no. Pero la mente necesita creer en algo que le resulte razonable, a fin de cuentas, así que le di un beso a mi madre y lo dejé estar.

Bajé con mi abuela a la parroquia y nos recibió el cura, un señor ya mayor que se llamaba Don Dositeo, que murió a los ciento y pico años hará apenas ocho meses. Era un tradicionalista y un nacionalista gallego de tomo y lomo, bruto como un arado, pero de gran piedad y las gentes de la aldea lo querían mucho.

Mi abuela me puso frente a él y me obligó a contarle lo acontecido, un poco como se lo había contado a ella. Pero, por algún motivo, me dió por decirle lo de la energía protectora. Esa Gracia que me había imbuido para tomar la iniciativa y me había animado a tener esperanza.

El cura, que era brutísimo, insisto, sonriendo me tocó la cara con sus manos como palas y me dió un par de hostias cariñosas. O eso pretendía. Después me dió la bendición y a mí abuela también. Me dijo que había tenido mucha suerte y que tenía que estar agradecido de estar bien (que lo estaba).

Además, aprovechó para pedirme que le hiciera de monaguillo en el servicio del domingo (casi como en deuda) y, con mi abuela delante, no pude negarme. Astuto varón el cura cabrón, pensé. Pero era un hombre muy bueno y muy sincero, a pesar de ser un poco bruto.

De niño le temía por una vez que me colé con mi hermano mayor en la torre de las campanas y nos echó una peta infame en el galego más profundo y afectado de la comarca (vamos, que lo entendía a medias), mientras llorábamos porque nos dolían los tímpanos y del susto. Pero ya más mayor, a pesar de que era un adolescente proto-ateo gilipollesco con la cabeza llena de Nietzsche, sentía tremendo respeto por él.

Así que nada, mi abuela y yo nos fuimos tan contentos de vuelta a casa y, por el camino, mi abuela me invitó a un pulpo a feira en el Santiaguiño, y media ración de jamón asado con patatas fritas, y un Aquarius de limón.

Final feliz para una historia sobrecogedora.

Solo cabe añadir que estuve varios días sin salir a correr y dos semanas sin volver por el mismo camino. Por más que busqué, no volví a encontrar el camino aquel y no me apetecía meterme por el bosque a ver si encontraba aquella casa en ruinas de nuevo
De hecho, llevo desde ese verano sin pisar esa pista forestal, y ya van diez años. Solamente fui una vez en moto hasta la entrada de la pista hace dos o tres años. Pero no entré. Solo miré y me di la vuelta, recordando con extrañeza todo aquello.

Hace dos semanas fui a visitar a un amigo que vive al otro lado del monte Armenteira, por la zona de Poio, y me contó frente a una botella de licor café una historia que le sucedió a finales de febrero. Por lo visto, fue a una protesta para impedir la construcción de unos molinos generadores y, al volver, se perdió por el monte. Estuvo ocho horas caminando perdido hasta que comenzaron a fallarle las piernas y tuvo que pararse a descansar, pero pensaba que se quedaba ahí perdido ya. El caso es que encontró uno de los pueblos más aislados del monte y llamó a una casa donde dos ancianas le dieron agua y ya pudo volver por la carretera.

Además, este buen amigo mío compone música ambiental basada únicamente en el monte Armenteira. Y trata sobre brujas, conjuros y todas estas historias. Si me deja pasaros algo, os lo pasaré.

Bueno, hasta aquí llega el relato. Disculpad las divagaciones. Ha sido un placer.
 
Última edición:
Yo tengo algunas, pero algunas no puedo contar y algunas otras no quiero contar.
Lo que sí, al hilo de lo que dices de los olores, a lo largo de mi vida, en sitios en los que era absolutamente imposible, en infinidad de ocasiones he olido a rosas y/o a incienso, insisto, era en lugares y situaciones en las que era imposible :nusenuse:
Hay bastantes relatps sobre ese tema. No descarto subir algo en el futuro
 


como esto me contaron algo similar en un servicio de una nave de vehiculos de subastas que tenia que vigilar


Vaya vigilantes... :risas3:

¿Si veis algo raro salís huyendo como en el video en vez de mirar qué es lo que está pasando?... ¿Y si es alguien que ha entrado?... :Facepalm:

Osea que sí quiero robar o hacer algún tipo de barrabasada en un sitio vigilado sólo tengo que haceros creer que hay fantasmas y tendría el campo libre para lo que me diera la gana... Tomo nota... :risas3:
 
Vaya vigilantes... :risas3:

¿Si veis algo raro salís huyendo como en el video en vez de mirar qué es lo que está pasando?... ¿Y si es alguien que ha entrado?... :Facepalm:

Osea que sí quiero robar o hacer algún tipo de barrabasada en un sitio vigilado sólo tengo que haceros creer que hay fantasmas y tendría el campo libre para lo que me diera la gana... Tomo nota... :risas3:
La teoria esta bien. La realidad es muy diferente. Como digo no es lo mismo vigilar un centro comercial que un edificio abandonado
 
La teoria esta bien. La realidad es muy diferente. Como digo no es lo mismo vigilar un centro comercial que un edificio abandonado

Lo siento, pero es que me hace mucha gracia imaginármelo.

Hace falta vigilantes que vigilen a los vigilantes... :risas3:
 
Nuca he hablado de esta historia con nadie a excepción de mi abuela y no sé por qué he pensado ahora en ella.

Es de las cosas más extrañas que me han pasado jamás y no tengo una explicación clara para ello, pero juro que es cierto.

Cuando tenía 19 años, solía ir a correr por el monte Armenteira en Galicia.

Conocía varias rutas forestales y caminos porque toda mi familia es de la zona y había jugado mucho por el monte de niño, alejándome cada vez un poco más hasta conocer bastante bien la disposición de aquel trozo del inmenso monte. Mi abuela siempre me decía que no me alejara mucho y que no me metiera en el bosque, pero a medida que iba conociendo el terreno, iba perdiendo el miedo a sus advertencias.

Cuando empecé a correr por ahí años después, las distancias recorridas simplemente se ampliaron. Conocía algunos caminos que me interesaban para correr y hacia mis rutas circulares, sin preocuparme demasiado de seguir ampliando fronteras.

Un día de verano, con 19 años, salí a correr después de hacer unos ejercicios de calistenia. Era una mañana cualquiera. Después de unos 20 minutos corriendo, ya bien adentrado en el monte, vi un caminito, como una trocha, que se internaba en el bosque y en el que nunca me había fijado, lo cual me resultó extraño porque pasaba por ahí casi a diario.

De pura curiosidad me dió por cogerlo para ver hasta donde llevaba. Como no conocía ese caminito, me quité los cascos para estar bien perceptivo. Supongo que no quería toparme con un animal salvaje ni tener ningún encuentro indeseable, pero recuerdo que fue algo más instintivo.

El caso es que cuando llevaba unos 5 minutos recorriendo aquel camino, empecé a tener la sensación de que la senda se hacía cada vez menos nítida y me estaba adentrando demasiado en el bosque. Ya me disponía a dar la vuelta, cuando de repente oí como unos sollozos. Me quedé helado. Quieto como un animalito, me quedé escuchando aquello, intentando discernir si era real o se trataba de mi cabeza haciéndome una jugarreta.

Pero sí oía los sollozos un poco más adelante. Por el tono, me dio la sensación de que se trataba de una mujer mayor. Y, honestamente, no se qué coño me impulsó a seguir caminando, porque sentía el pánico recorriendo mis extremidades a latigazos y las pulsaciones a tope, pero me adentré un poco más por lo que suponía que era el sendero, ahora desvaído. Supongo que la curiosidad puede ser más fuerte que el miedo. Al fin y al cabo, existe en nosotros un extraño e irrefrenable impulso de saber, que trasciende a la propia supervivencia.

Al doblar un pequeño recodo, como en una bajada junto a una roca enorme, descubrí las ruinas de una casa de piedra antigua. Pero no hecha con sillares, si no con piedras bastas, de forma plana y unas sobre otras. Algo muy raro porque nunca había visto en Galicia una construcción así antes. Tenía que ser muy vieja. La casa estaba derruida por un lado y no tenía techo, solo una ventana llena de zarzas y una puerta frente a la cual terminaba el camino a unos 4 o 5 metros.

Ahí plantado, oía lo sollozos con toda claridad. Tragándome el pánico, di varios pasos hasta la puerta y metí la cabeza por el umbral. Al principio solo la metí un poco, escudriñando el interior y dije "¿Hola?". No hubo respuesta. Solo sollozos débiles. Esta vez metí más la cabeza, el hombro derecho y detrás el cuerpo para ver más adentro, mientras repetía la pregunta un poco más fuerte (o eso pretendía) "¿Hola?". Recuerdo los latigazos que sentía en el pecho, de puro pánico, pero estaba como pegado a aquella situación y no podía escapar.

Entonces, en una esquina del fondo de la casa, vi a una vieja sentada en un taburete, con el cuerpo vuelto hacia la esquina, de espaldas a la entrada. Iba vestida como as velliñas da aldea, con zapatillas de casa, falda y chaqueta negras, con pañuelo negro en la cabeza. Pero toda su vestimenta era como más basta de lo que acostumbraba a ver en la aldea, como más antigua. Especialmente las zapatillas, que parecían como hechas de piel de animales o de lana negra. Y sollozaba profundo. Me quedé ahí quieto por un segundo, mirando su chepa encorvada, recubierta con aquella lana basta color negro y llena de bolas.

Entonces, repetí la pregunta "¿Hola? ¿Está bien?". La vieja se calló y se enderezó, mirando a la pared. Su reacción me produjo inquietud. Lentamente, volvió el rostro hacia mí, y colocó su cuerpo y sus pies metidos en aquellas zapatillas tan raras mirando hacia donde yo estaba. Cuando se cruzaron nuestras miradas, no sabía qué coño estaba mirando. No parecía una persona si no otra cosa que no sabría explicar. Más bien una especie de presencia repugnante y maligna que simulaba ser una persona. No sabría explicarlo de otra manera. Percibía como un aura negativa fortísima a su alrededor, como una gran tristeza pero también una sed o un hambre tremendas. Sentí un grandísimo peligro, pero no me quería mover. Mirándonos los dos, frente a frente, tenía la sensación de que algo iba a ocurrir y, entonces, una especie de Gracia Divina me templó y, como si se tratara de un duelo, decidí tomar la iniciativa.

Con voz firme me brotó del pecho un "Podo axudarche?". Suelo hablar castellano, pero aquello me salió en gallego, como intentando hacerme entender, queriendo ayudar desinteresadamente, inspirado por esa Gracia.

Entonces, los ojos de aquella presencia, aquella especie de extraña mujer, se volvieron más vacuos. Vi sucederse dentro de ellos una cadena de emociones como en reacción: sorpresa, ternura y tristeza. Se quedó así un segundo y movió la cabeza de lado a lado, pero con mucha levedad, como diciendo que no con timidez o desesperanza, quizá una combinación de ambas. Y la sensación de peligró desapareció por un momento. Solo había tristeza.

Me relajé un poco, pero tuve la sensación de que aquella presencia sintió mi relajación, y de nuevo comenzó a cultivar esa energía negativa, como queriendo alimentarse de lo inconsciente de mi vulnerabilidad. De nuevo volvió a surgir en sus ojos esa especie de maldad vengativa. Volví a sentir mi miedo, tan fuerte como antes, pero ya no me afectó tanto. Tenia la sensación de que algo me protegía.

Así que, sin despegar la vista de aquellos ojos pútridos con sus pupilas blancas, dije "Boas tardes" y, literalmente, arranqué mis piernas del suelo como quién saca un par de clavos de una madera vieja, y comencé a andar medio ladeado por el camino, sin querer dar la espalda a esa extrañísima presencia de mujer o lo que carallo fuera.

Al cortar el campo de visión, sentí como sus ojos me miraban todavía a través de la pared, siguiendo mi movimiento como si pudiera ver a través de la piedra, y aún creí verlos mirarme a través de las zarzas de la ventana, mientras me alejaba de vuelta por el camino, caminando despacito pero con brío, como un cangrejo.

Perdí la casa de vista al doblar el recodo de la roca y me fui alejando por el camino, cada vez más rápido. Pero sin llegar a correr, porque tenía la sensación de que, si corría, se ma caería el "escudo" que me protegía, y azuzaría las ansias de persecución de aquella malignidad a la que me había enfrentado, convirtiéndome de facto en su presa.

El camino que había hecho en lo que pensaba que eran cinco minutos, se convirtieron como en 20 ahora. Seguía la sombra de aquel camino y tenía la sensación de que no iba a acabarse nunca, que estaba metido en una trampa y que me iba a morir allí. Empecé a notar en la nariz un olor a putrefacción horrible, que se mezclaba con el dulzor de los eucaliptos. Como si hubiera un animal grande muerto cerca. Pero por más que caminaba, el olor no cesaba, si no que parecía más intenso, mezclado con el eucalipto.

Mi agobio era tal que empecé a dudar de sí había cogido el camino de vuelta correcto o me había confundido y habría seguido adentrándome en el bosque. No quería mirar hacia atrás porque sentía como si esa presencia se debatiera en sus crueldades interiores por perseguirme y devorarme. Tampoco oía los sollozos de la vieja y pensaba que era porque estaría relamiéndose de pensar en pillarme o porque estaría persiguiéndome en silencio. Sentía pánico de mirar y comencé a desesperarme y a maldecir al camino, porque no reconocía nada de aquello. De repente, volvió aquella Gracia Divina y tuve plena conciencia de que iba a salir de esa, de que todo aquello tan malo estaba quedando atrás y de que el camino estaba cerca.

Por fin lo encontré y volví a pisar la tierra de aquella pista forestal pegando un salto, como queriendo zafarme de los últimos vestigios de aquella presencia corrupta y de aquellos olores nauseabundos.

Entonces eché a correr como un jabalí, a buen ritmo, fingiendo que simplemente reanudaba la carrera que había dejado a medias hacía unos 10 minutos, pero tenía la percepción del tiempo super distorsionada. No sabía realmente qué hora era ni se me ocurrió mirar el móvil. Solo quería correr a tumba abierta hasta salir del monte Armenteira y llegar a la aldea.

Cuando llegué a mi casa, mi madre estaba en la puerta, esperando con mi abuela. A la que me vio aparecer a lo lejos, empezó a gritarme que dónde había estado, que estaba preocupada y que por qué no contestaba el teléfono. La vi como especialmente agitada, un punto histérica. Me acerqué al trote, sin decir nada, porque no quería que todos los vecinos se enteraran del jaleo. Mi abuela, que siempre fue una persona de gran carácter, sabia, de noble presencia y temple extraordinario, mantenía una calma aprehensiva y no dijo nada, solo me miraba.

Intenté calmar un poco a mi madre, explicándole que había salido a correr como otras mañanas y que ni siquiera me había alejado mucho. Y mi madre me gritó que llevaba fuera casi 6 horas. Me reí y le dije que eso era imposible, pero ella me enseñó su reloj y vi que tenía razón. Me quedé de piedra.

Completamente estupefacto, saqué el móvil del bolsillo para mirar la hora y, al querer encender la pantalla, me percaté de que estaba apagado. Pero yo no recordaba haberlo apagado.

Mientras mi madre me abroncaba en el patio, prendí el teléfono y vi que tenía como 13 llamadas perdidas de ella, dos de mi tía Maite y otra de mi padre. Ya eran casi las cuatro de la tarde y todos habían comido, excepto mi madre y mi abuela, que tenían todavía la comida en el plato.

Pasamos al salón y mi madre me seguía erre que erre con la matraca de que dónde había estado, que olía fatal y que estaba preocupada. Le dije que sería poner el sudor de correr y hacer ejercicio, simplemente, pero ella dijo que olía como a tierra y a podrido, y una de mis hermanas lo corroboró, como haciendo presión de grupo. Yo estaba como en shock y les dije que me iba a duchar.

Me fui por el pasillo hasta el ala oeste de la casa y me metí en la ducha. Al salir, me cogió mi abuela por banda y me llevó a su habitación. Y ahí me interrogó fuerte. O más bien, le conté yo todo a su primera pregunta. Al principio, quise guardármelo para mí, porque estaba muy confundido y todavía no había puesto orden en mi cabeza con todo lo que había pasado. Pero pronto me di cuenta, por la mirada de mi abuela, que ella ya se olía el pastel y que no iba a salir de aquella si no diciendo la verdad. Así que le hice un relato somero de todo lo que había pasado, omitiendo detalles que pensaba que eran alucinaciones mías.

Había oído muchas historias viejas de boca de mis abuelos. Sobre todo de mi abuelo. De personas que desaparecen en el bosque y las encuentran días después. O de un crudo invierno donde los lobos devoraron a un niño pequeño y a su abuela. (Esta historia la tengo escrita y os la cuento otro día).

Así que mi abuela me pidió que me sentara en la mesa de su habitación y se quedó pensativa. Yo me quedé mirando el crucifijo que había sobre su cama y reflexioné que nunca me había fijado en la cantidad de elementos religiosos que poblaban la habitación de mis abuelos. Escapularios sobre las mesillas de noche, estatuillas de la virgen, cuadros con imágenes de la Pasión y de algún Santo y, bajo la lámina de cristal de la mesa redonda de la habitación, donde estábamos sentados, había una oración muy bonita en gallego.

Mi abuela, al cabo de unos minutos en silencio cogió y me dijo "Javi, creo que atopaches unha meiga". Y yo me quedé como "¡Y yo qué leches voy a saber!", porque una parte de mí quería racionalizar todo y reírse de aquel asunto, pero en el fondo mi intuición me decía que aquello era cierto, y desde entonces pienso estás cosas con más respeto.

Mi abuela me pidió que estuviera listo para salir a ver al cura en 5 minutos y yo tenía bastante hambre y sed, y me apetecía bajar a la Iglesia lo mismo que una patada en los huevos. Pero bueno. Bajé al salón y estaban ahí mi madre con mis dos tías y un tío mío dormitando en el sofá frente a la tele, con una peli de vaqueros en blanco y negro. Y hablando entre susurros convenimos entre mis tías, mi madre y yo, que simplemente me había perdido por el bosque y se me había alargado la carrera. Mi madre concluyó su bronca insistiendo en que no tenía que andar por caminos que no conociera. Quedó convencida de aquella hipótesis y mis tías también. Aunque yo, naturalmente, no. Pero la mente necesita creer en algo que le resulte razonable, a fin de cuentas, así que le di un beso a mi madre y lo dejé estar.

Bajé con mi abuela a la parroquia y nos recibió el cura, un señor ya mayor que se llamaba Don Dositeo, que murió a los ciento y pico años hará apenas ocho meses. Era un tradicionalista y un nacionalista gallego de tomo y lomo, bruto como un arado, pero de gran piedad y las gentes de la aldea lo querían mucho.

Mi abuela me puso frente a él y me obligó a contarle lo acontecido, un poco como se lo había contado a ella. Pero, por algún motivo, me dió por decirle lo de la energía protectora. Esa Gracia que me había imbuido para tomar la iniciativa y me había animado a tener esperanza.

El cura, que era brutísimo, insisto, sonriendo me tocó la cara con sus manos como palas y me dió un par de hostias cariñosas. O eso pretendía. Después me dió la bendición y a mí abuela también. Me dijo que había tenido mucha suerte y que tenía que estar agradecido de estar bien (que lo estaba).

Además, aprovechó para pedirme que le hiciera de monaguillo en el servicio del domingo (casi como en deuda) y, con mi abuela delante, no pude negarme. Astuto varón el cura cabrón, pensé. Pero era un hombre muy bueno y muy sincero, a pesar de ser un poco bruto. De niño le temía por una vez que me colé con mi hermano mayor en la torre de las campanas y nos echó una peta infame en el galego más profundo y afectado de la comarca (vamos, que lo entendía a medias), mientras llorábamos porque nos dolían los tímpanos y del susto. Pero ya más mayor, a pesar de que era un adolescente proto-ateo gilipollesco con la cabeza llena de Nietzsche, sentía tremendo respeto por él.

Así que nada, mi abuela y yo nos fuimos tan contentos de vuelta a casa y, por el camino, mi abuela me invitó a un pulpo a feira en el Santiaguiño, y media ración de jamón asado con patatas fritas, y un Aquarius de limón.

Final feliz para una historia sobrecogedora.

Solo cabe añadir que estuve varios días sin salir a correr y dos semanas sin volver por el mismo camino. Por más que busqué, no volví a encontrar el camino aquel y no me apetecía meterme por el bosque a ver si encontraba aquella casa en ruinas de nuevo
De hecho, llevo desde ese verano sin pisar esa pista forestal, y ya van diez años. Solamente fui una vez en moto hasta la entrada de la pista hace dos o tres años. Pero no entré. Solo miré y me di la vuelta, recordando con extrañeza todo aquello.

Hace dos semanas fui a visitar a un amigo que vive al otro lado del monte Armenteira, por la zona de Poio, y me contó frente a una botella de licor café una historia que le sucedió a finales de febrero. Por lo visto, fue a una protesta para impedir la construcción de unos molinos generadores y, al volver, se perdió por el monte. Estuvo ocho horas caminando perdido hasta que comenzaron a fallarle las piernas y tuvo que pararse a descansar, pero pensaba que se quedaba ahí perdido ya. El caso es que encontró uno de los pueblos más aislados del monte y llamó a una casa donde dos ancianas le dieron agua y ya pudo volver por la carretera.

Además, este buen amigo mío compone música ambiental basada únicamente en el monte Armenteira. Y trata sobre brujas, conjuros y todas estas historias. Si me deja pasaros algo, os lo pasaré.

Bueno, hasta aquí llega el relato. Disculpad las divagaciones. Ha sido un placer.
Lo leo con calma porque esto telita...
 
Uffff. Eso me pasó una vez cuando vivía en casa de mis padres. Ufffff ufffff mira me están dando escalofríos..

Una amiga que sabe muchísimo de todo me dijo que es la mente. Y yo lo creo.

Pero macho...la puta cosa que fuera iba subiendo cada vez más hacia arriba de mis piernas, los muslos, el estómago creo (no recuerdo bien)...lo que sí recuerdo es la imposibilidad de hablar y de moverme....uf


Aquí tampoco hubo paja poxolate

¿Sabes si padeces parálisis del sueño?
 
Nuca he hablado de esta historia con nadie a excepción de mi abuela y no sé por qué he pensado ahora en ella.

Es de las cosas más extrañas que me han pasado jamás y no tengo una explicación clara para ello, pero juro que es cierto.

Cuando tenía 19 años, solía ir a correr por el monte Armenteira en Galicia.

Conocía varias rutas forestales y caminos porque toda mi familia es de la zona y había jugado mucho por el monte de niño, alejándome cada vez un poco más hasta conocer bastante bien la disposición de aquel trozo del inmenso monte. Mi abuela siempre me decía que no me alejara mucho y que no me metiera en el bosque, pero a medida que iba conociendo el terreno, iba perdiendo el miedo a sus advertencias.

Cuando empecé a correr por ahí años después, las distancias recorridas simplemente se ampliaron. Conocía algunos caminos que me interesaban para correr y hacia mis rutas circulares, sin preocuparme demasiado de seguir ampliando fronteras.

Un día de verano, con 19 años, salí a correr después de hacer unos ejercicios de calistenia. Era una mañana cualquiera. Después de unos 20 minutos corriendo, ya bien adentrado en el monte, vi un caminito, como una trocha, que se internaba en el bosque y en el que nunca me había fijado, lo cual me resultó extraño porque pasaba por ahí casi a diario.

De pura curiosidad me dió por cogerlo para ver hasta donde llevaba. Como no conocía ese caminito, me quité los cascos para estar bien perceptivo. Supongo que no quería toparme con un animal salvaje ni tener ningún encuentro indeseable, pero recuerdo que fue algo más instintivo.

El caso es que cuando llevaba unos 5 minutos recorriendo aquel camino, empecé a tener la sensación de que la senda se hacía cada vez menos nítida y me estaba adentrando demasiado en el bosque. Ya me disponía a dar la vuelta, cuando de repente oí como unos sollozos. Me quedé helado. Quieto como un animalito, me quedé escuchando aquello, intentando discernir si era real o se trataba de mi cabeza haciéndome una jugarreta.

Pero sí oía los sollozos un poco más adelante. Por el tono, me dio la sensación de que se trataba de una mujer mayor. Y, honestamente, no se qué coño me impulsó a seguir caminando, porque sentía el pánico recorriendo mis extremidades a latigazos y las pulsaciones a tope, pero me adentré un poco más por lo que suponía que era el sendero, ahora desvaído. Supongo que la curiosidad puede ser más fuerte que el miedo. Al fin y al cabo, existe en nosotros un extraño e irrefrenable impulso de saber, que trasciende a la propia supervivencia.

Al doblar un pequeño recodo, como en una bajada junto a una roca enorme, descubrí las ruinas de una casa de piedra antigua. Pero no hecha con sillares, si no con piedras bastas, de forma plana y unas sobre otras. Algo muy raro porque nunca había visto en Galicia una construcción así antes. Tenía que ser muy vieja. La casa estaba derruida por un lado y no tenía techo, solo una ventana llena de zarzas y una puerta frente a la cual terminaba el camino a unos 4 o 5 metros.

Ahí plantado, oía lo sollozos con toda claridad. Tragándome el pánico, di varios pasos hasta la puerta y metí la cabeza por el umbral. Al principio solo la metí un poco, escudriñando el interior y dije "¿Hola?". No hubo respuesta. Solo sollozos débiles. Esta vez metí más la cabeza, el hombro derecho y detrás el cuerpo para ver más adentro, mientras repetía la pregunta un poco más fuerte (o eso pretendía) "¿Hola?". Recuerdo los latigazos que sentía en el pecho, de puro pánico, pero estaba como pegado a aquella situación y no podía escapar.

Entonces, en una esquina del fondo de la casa, vi a una vieja sentada en un taburete, con el cuerpo vuelto hacia la esquina, de espaldas a la entrada. Iba vestida como as velliñas da aldea, con zapatillas de casa, falda y chaqueta negras, con pañuelo negro en la cabeza. Pero toda su vestimenta era como más basta de lo que acostumbraba a ver en la aldea, como más antigua. Especialmente las zapatillas, que parecían como hechas de piel de animales o de lana negra. Y sollozaba profundo. Me quedé ahí quieto por un segundo, mirando su chepa encorvada, recubierta con aquella lana basta color negro y llena de bolas.

Entonces, repetí la pregunta "¿Hola? ¿Está bien?". La vieja se calló y se enderezó, mirando a la pared. Su reacción me produjo inquietud. Lentamente, volvió el rostro hacia mí, y colocó su cuerpo y sus pies metidos en aquellas zapatillas tan raras mirando hacia donde yo estaba. Cuando se cruzaron nuestras miradas, no sabía qué coño estaba mirando. No parecía una persona si no otra cosa que no sabría explicar. Más bien una especie de presencia repugnante y maligna que simulaba ser una persona. No sabría explicarlo de otra manera. Percibía como un aura negativa fortísima a su alrededor, como una gran tristeza pero también una sed o un hambre tremendas. Sentí un grandísimo peligro, pero no me quería mover. Mirándonos los dos, frente a frente, tenía la sensación de que algo iba a ocurrir y, entonces, una especie de Gracia Divina me templó y, como si se tratara de un duelo, decidí tomar la iniciativa.

Con voz firme me brotó del pecho un "Podo axudarche?". Suelo hablar castellano, pero aquello me salió en gallego, como intentando hacerme entender, queriendo ayudar desinteresadamente, inspirado por esa Gracia.

Entonces, los ojos de aquella presencia, aquella especie de extraña mujer, se volvieron más vacuos. Vi sucederse dentro de ellos una cadena de emociones como en reacción: sorpresa, ternura y tristeza. Se quedó así un segundo y movió la cabeza de lado a lado, pero con mucha levedad, como diciendo que no con timidez o desesperanza, quizá una combinación de ambas. Y la sensación de peligro desapareció. Por un momento solo había tristeza.

Me relajé un poco, pero tuve la sensación de que aquella presencia sintió mi relajación, y de nuevo comenzó a cultivar esa energía negativa, como queriendo alimentarse de lo inconsciente de mi vulnerabilidad. De nuevo volvió a surgir en sus ojos esa especie de maldad vengativa. Volví a sentir mi miedo, tan fuerte como antes, pero ya no me afectó tanto. Tenía la sensación de que algo o alguien me protegía.

Así que, sin despegar la vista de aquellos ojos pútridos con sus pupilas blancas, dije "Boas tardes" y, literalmente, arranqué mis piernas del suelo como quién saca un par de clavos de una madera vieja, y comencé a andar medio ladeado por el camino, sin querer dar la espalda a esa extrañísima presencia de mujer o lo que carallo fuera.

Al cortar el campo de visión, sentí como sus ojos me miraban todavía a través de la pared, siguiendo mi movimiento como si pudiera ver a través de la piedra, y aún creí verlos mirarme a través de las zarzas de la ventana, mientras me alejaba de vuelta por el camino, caminando despacito pero con brío, como un cangrejo.

Perdí la casa de vista al doblar el recodo de la roca y me fui alejando por el camino, cada vez más rápido. Pero sin llegar a correr, porque tenía la sensación de que, si corría, se me caería el "escudo" que me protegía, y azuzaría las ansias de persecución de aquella malignidad a la que me había enfrentado, convirtiéndome de facto en su presa.

El camino que había hecho en lo que pensaba que eran cinco minutos, se convirtieron como en 20 entonces. Seguía la sombra de aquel sendero y tenía la sensación de que no iba a acabarse nunca, que estaba metido en una trampa y que me iba a morir allí. Empecé a notar en la nariz un olor a putrefacción horrible, que se mezclaba con el dulzor de los eucaliptos. Como si hubiera un animal grande muerto cerca. Pero por más que caminaba, el olor no cesaba, si no que parecía más intenso y más mezclado con el eucalipto.

Mi agobio era tal que empecé a dudar de si había cogido el camino de vuelta correcto o me había confundido y habría ido hacia el otro lado, habría seguido adentrándome en el bosque. No quería mirar hacia atrás porque sentía como si esa presencia se debatiera en sus crueldades interiores por perseguirme y devorarme. Tampoco oía los sollozos de la vieja y pensaba que era porque estaría relamiéndose de pensar en pillarme o porque estaría persiguiéndome en silencio. Sentía pánico de mirar y comencé a desesperarme y a maldecir al camino, porque no reconocía nada de aquello. De repente, volvió aquella Gracia Divina y tuve plena conciencia de que iba a salir de esa, de que todo aquello tan malo estaba quedando atrás y de que el camino estaba cerca.

Por fin lo encontré y volví a pisar la tierra de aquella pista forestal pegando un salto, como queriendo zafarme de los últimos vestigios de aquella presencia corrupta y de aquellos olores nauseabundos.

Entonces eché a correr como un jabalí, a buen ritmo, fingiendo que simplemente reanudaba la carrera que había dejado a medias hacía unos 10 minutos, pero tenía la percepción del tiempo super distorsionada. No sabía realmente qué hora era ni se me ocurrió mirar el móvil. Solo quería correr a tumba abierta hasta salir del monte Armenteira y llegar a la aldea.

Cuando llegué a mi casa, mi madre estaba en la puerta, esperando con mi abuela. A la que me vio aparecer a lo lejos, empezó a gritarme que dónde había estado, que estaba preocupada y que por qué no contestaba el teléfono. La vi como especialmente agitada, un punto histérica. Me acerqué al trote, sin decir nada, porque no quería que todos los vecinos se enteraran del jaleo. Mi abuela, que siempre fue una persona de gran carácter, sabia, de noble presencia y temple extraordinario, mantenía una calma aprehensiva y no dijo nada, solo me miraba.

Intenté calmar un poco a mi madre, explicándole que había salido a correr como otras mañanas y que ni siquiera me había alejado mucho. Y mi madre me gritó que llevaba fuera casi 6 horas. Me reí y le dije que eso era imposible, pero ella me enseñó su reloj y vi que tenía razón. Me quedé de piedra.

Completamente estupefacto, saqué el móvil del bolsillo para mirar la hora y, al querer encender la pantalla, me percaté de que estaba apagado. Pero yo no recordaba haberlo apagado.

Mientras mi madre me abroncaba en el patio, prendí el teléfono y vi que tenía como 13 llamadas perdidas de ella, dos de mi tía Maite y otra de mi padre. Ya eran casi las cuatro de la tarde y todos habían comido, excepto mi madre y mi abuela, que tenían todavía la comida en el plato.

Pasamos al salón y mi madre me seguía erre que erre con la matraca de que dónde había estado, que olía fatal y que estaba preocupada. Le dije que sería poner el sudor de correr y hacer ejercicio, simplemente, pero ella dijo que olía como a tierra y a podrido, y una de mis hermanas lo corroboró, como haciendo presión de grupo. Yo estaba como en shock y les dije que me iba a duchar.

Me fui por el pasillo hasta el ala oeste de la casa y me metí en la ducha. Al salir, me cogió mi abuela por banda y me llevó a su habitación. Y ahí me interrogó fuerte. O más bien, le conté yo todo a su primera pregunta. Al principio, quise guardármelo para mí, porque estaba muy confundido y todavía no había puesto orden en mi cabeza con todo lo que había pasado. Pero pronto me di cuenta, por la mirada de mi abuela, que ella ya se olía el pastel y que no iba a salir de aquella si no diciendo la verdad. Así que le hice un relato somero de todo lo que había pasado, omitiendo detalles que pensaba que eran alucinaciones mías.

Había oído muchas historias viejas de boca de mis abuelos. Sobre todo de mi abuelo. De personas que desaparecen en el bosque y las encuentran días después. O de un crudo invierno donde los lobos devoraron a un niño pequeño y a su abuela. (Esta historia la tengo escrita y os la cuento otro día).

Así que mi abuela me pidió que me sentara en la mesa de su habitación y se quedó pensativa. Yo me quedé mirando el crucifijo que había sobre su cama y reflexioné que nunca me había fijado en la cantidad de elementos religiosos que poblaban la habitación de mis abuelos. Escapularios sobre las mesillas de noche, estatuillas de la virgen, cuadros con imágenes de la Pasión y de algún Santo y, bajo la lámina de cristal de la mesa redonda de la habitación, donde estábamos sentados, había una oración muy bonita en gallego.

Mi abuela, al cabo de unos minutos en silencio cogió y me dijo "Javi, creo que atopaches unha meiga". Y yo me quedé como "¡Y yo qué leches voy a saber!", porque una parte de mí quería racionalizar todo y reírse de aquel asunto, pero en el fondo mi intuición me decía que aquello era cierto, y desde entonces pienso estás cosas con más respeto.

Mi abuela me pidió que estuviera listo para salir a ver al cura en 5 minutos y yo tenía bastante hambre y sed, y me apetecía bajar a la Iglesia lo mismo que una patada en los huevos. Pero bueno. Bajé al salón y estaban ahí mi madre con mis dos tías y un tío mío dormitando en el sofá frente a la tele, con una peli de vaqueros en blanco y negro. Y hablando entre susurros convenimos entre mis tías, mi madre y yo, que simplemente me había perdido por el bosque y se me había alargado la carrera. Mi madre concluyó su bronca insistiendo en que no tenía que andar por caminos que no conociera. Quedó convencida de aquella hipótesis y mis tías también. Aunque yo, naturalmente, no. Pero la mente necesita creer en algo que le resulte razonable, a fin de cuentas, así que le di un beso a mi madre y lo dejé estar.

Bajé con mi abuela a la parroquia y nos recibió el cura, un señor ya mayor que se llamaba Don Dositeo, que murió a los ciento y pico años hará apenas ocho meses. Era un tradicionalista y un nacionalista gallego de tomo y lomo, bruto como un arado, pero de gran piedad y las gentes de la aldea lo querían mucho.

Mi abuela me puso frente a él y me obligó a contarle lo acontecido, un poco como se lo había contado a ella. Pero, por algún motivo, me dió por decirle lo de la energía protectora. Esa Gracia que me había imbuido para tomar la iniciativa y me había animado a tener esperanza.

El cura, que era brutísimo, insisto, sonriendo me tocó la cara con sus manos como palas y me dió un par de hostias cariñosas. O eso pretendía. Después me dió la bendición y a mí abuela también. Me dijo que había tenido mucha suerte y que tenía que estar agradecido de estar bien (que lo estaba).

Además, aprovechó para pedirme que le hiciera de monaguillo en el servicio del domingo (casi como en deuda) y, con mi abuela delante, no pude negarme. Astuto varón el cura cabrón, pensé. Pero era un hombre muy bueno y muy sincero, a pesar de ser un poco bruto. De niño le temía por una vez que me colé con mi hermano mayor en la torre de las campanas y nos echó una peta infame en el galego más profundo y afectado de la comarca (vamos, que lo entendía a medias), mientras llorábamos porque nos dolían los tímpanos y del susto. Pero ya más mayor, a pesar de que era un adolescente proto-ateo gilipollesco con la cabeza llena de Nietzsche, sentía tremendo respeto por él.

Así que nada, mi abuela y yo nos fuimos tan contentos de vuelta a casa y, por el camino, mi abuela me invitó a un pulpo a feira en el Santiaguiño, y media ración de jamón asado con patatas fritas, y un Aquarius de limón.

Final feliz para una historia sobrecogedora.

Solo cabe añadir que estuve varios días sin salir a correr y dos semanas sin volver por el mismo camino. Por más que busqué, no volví a encontrar el camino aquel y no me apetecía meterme por el bosque a ver si encontraba aquella casa en ruinas de nuevo
De hecho, llevo desde ese verano sin pisar esa pista forestal, y ya van diez años. Solamente fui una vez en moto hasta la entrada de la pista hace dos o tres años. Pero no entré. Solo miré y me di la vuelta, recordando con extrañeza todo aquello.

Hace dos semanas fui a visitar a un amigo que vive al otro lado del monte Armenteira, por la zona de Poio, y me contó frente a una botella de licor café una historia que le sucedió a finales de febrero. Por lo visto, fue a una protesta para impedir la construcción de unos molinos generadores y, al volver, se perdió por el monte. Estuvo ocho horas caminando perdido hasta que comenzaron a fallarle las piernas y tuvo que pararse a descansar, pero pensaba que se quedaba ahí perdido ya. El caso es que encontró uno de los pueblos más aislados del monte y llamó a una casa donde dos ancianas le dieron agua y ya pudo volver por la carretera.

Además, este buen amigo mío compone música ambiental basada únicamente en el monte Armenteira. Y trata sobre brujas, conjuros y todas estas historias. Si me deja pasaros algo, os lo pasaré.

Bueno, hasta aquí llega el relato. Disculpad las divagaciones. Ha sido un placer.
Leido dos veces. Acojonante....

Es bien sabido que Galicia tiene mucha leyenda y brujeria y los bosques de alli no son como los demas. Ya hable en otro tema sobre la posibilidad de la existencia de ciertos sitios que son puertas a otros planos. Circula tambien la historia de que en La mussara hay una piedra que si tienes la mala suerte de tocar te teletransporta a saber donde sin dejar rastro (ver la famosa desaparicion en el 91 de Enrique).

Por tanto respecto a tu historia pues me ha puesto los pelos de punta sinceramente.

Gracias por compartirla amigo!
 
Lee el encabezado
Lo he leido tio que yuyu lo tuyo, pero te digo que yo hubiera ido a averiguar los portazos, bufff subidón de adrenalina, ajjajajaja. Yo soy como Juan sin miedo, me tiro por un barranco si me dicen que la gravedad no me va afectar en ese punto y si falla que por cojones no sea, ajjajajajaa.
 
Cuando se pierde el miedo a la muerte nos da igual todo, pero cuando la muerte se siente cerca nos aterra, lo peor es que pueda ser demasiado tarde.

No puedo estar más en desacuerdo contigo.
Te aseguro que no le tengo el menor miedo a la muerte ni me aterra en absoluto, y he estado muchas veces tan cerca de ella que en varias ocasiones "he muerto" aunque consiguieron traerme de vuelta.
Alguna vez lo he contado aquí, pero te garantizo que no me hubiera importado no volver, sobre todo en una ocasión. Mientras se supone que estaba muerto, no podría describir con palabras la sensación que experimentaba. Nunca en mi vida me he sentido mejor que en esos momentos.
 
Lo he leido tio que yuyu lo tuyo, pero te digo que yo hubiera ido a averiguar los portazos, bufff subidón de adrenalina, ajjajajaja. Yo soy como Juan sin miedo, me tiro por un barranco si me dicen que la gravedad no me va afectar en ese punto y si falla que por cojones no sea, ajjajajajaa.
No no si fui xq no me iba a quedar perdido toda la noche jaja. En dias siguientes que me toco de dia me familiarice con el edificio y no paso nada. Tambien dire que esa noche no vi nada raro a excepcion de lo que oi... no voy a mentir... vi algo no? Escuche? De todo
 
No puedo estar más en desacuerdo contigo.
Te aseguro que no le tengo el menor miedo a la muerte ni me aterra en absoluto, y he estado muchas veces tan cerca de ella que en varias ocasiones "he muerto" aunque consiguieron traerme de vuelta.
Alguna vez lo he contado aquí, pero te garantizo que no me hubiera importado no volver, sobre todo en una ocasión. Mientras se supone que estaba muerto, no podría describir con palabras la sensación que experimentaba. Nunca en mi vida me he sentido mejor que en esos momentos.
Yo ahi comparto opiniones con ambos. No eres el primero que leo que comenta esa sensacion como que te atrae..
 
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No puedo estar más en desacuerdo contigo.
Te aseguro que no le tengo el menor miedo a la muerte ni me aterra en absoluto, y he estado muchas veces tan cerca de ella que en varias ocasiones "he muerto" aunque consiguieron traerme de vuelta.
Alguna vez lo he contado aquí, pero te garantizo que no me hubiera importado no volver, sobre todo en una ocasión. Mientras se supone que estaba muerto, no podría describir con palabras la sensación que experimentaba. Nunca en mi vida me he sentido mejor que en esos momentos.
Lamento mucho oír eso shur, no tenía ni idea, si comemtastes algo sobre ese tema yo no estaba o no vi tal historia, lo que si me alegro es de tenerte por aquí.

Estás en desacuerdo conmigo sobre mí cita por lo que has vivido tú, pero estoy seguro que también los habrá que se arrepientan en el último momento, al igual de los que como en tu caso no temen a la muerte, hay de todo. A mí nunca se me ha pasado por la cabeza llegar hasta tal punto, pero si no temer a la muerte siempre y cuando no sea yo el brazo ejecutor. Seguramente no me estoy explicando bien.
 
Lamento mucho oír eso shur, no tenía ni idea, si comemtastes algo sobre ese tema yo no estaba o no vi tal historia, lo que si me alegro es de tenerte por aquí.

Estás en desacuerdo conmigo sobre mí cita por lo que has vivido tú, pero estoy seguro que también los habrá que se arrepientan en el último momento, al igual de los que como en tu caso no temen a la muerte, hay de todo. A mí nunca se me ha pasado por la cabeza llegar hasta tal punto, pero si no temer a la muerte siempre y cuando no sea yo el brazo ejecutor. Seguramente no me estoy explicando bien.

Gracias por tus palabras, eres muy buena gente, pero si no me equivoco, por tus palabras deduzco que piensas que trate de acabar conmigo. No fue así. Fueron percances en el trabajo.

Entiendo lo que dices, en mi caso, no soy miedoso en general y soy bastante temerario, pero yo creo que el miedo a la muerte, el ser humano lo necesita y lo trae de serie por naturaleza porque así lo necesita para sobrevivir. Como cualquier otro animal.
Una especie que no temiera a la muerte, yo creo que se extinguiría rápido. Es tan solo mi opinión.


Por cierto, no me quedan likes para tí... :Facepalm:
 
Leido dos veces. Acojonante....

Es bien sabido que Galicia tiene mucha leyenda y brujeria y los bosques de alli no son como los demas. Ya hable en otro tema sobre la posibilidad de la existencia de ciertos sitios que son puertas a otros planos. Circula tambien la historia de que en La mussara hay una piedra que si tienes la mala suerte de tocar te teletransporta a saber donde sin dejar rastro (ver la famosa desaparicion en el 91 de Enrique).

Por tanto respecto a tu historia pues me ha puesto los pelos de punta sinceramente.

Gracias por compartirla amigo!
Sí, en Galicia me han pasado varias cosas flipantes.

Por la noche, cuando subo a la aldea, a veces veo fuegos en el monte que se bien que no existen. Pero ahí están. Y luego no hay rastro de ellos por la mañana. Hay que andarse con cuidado.
 
Gracias por tus palabras, eres muy buena gente, pero si no me equivoco, por tus palabras deduzco que piensas que trate de acabar conmigo. No fue así. Fueron percances en el trabajo.

Entiendo lo que dices, en mi caso, no soy miedoso en general y soy bastante temerario, pero yo creo que el miedo a la muerte, el ser humano lo necesita y lo trae de serie por naturaleza porque así lo necesita para sobrevivir. Como cualquier otro animal.
Una especie que no temiera a la muerte, yo creo que se extinguiría rápido. Es tan solo mi opinión.


Por cierto, no me quedan likes para tí... :Facepalm:
Totalmente de acuerdo contigo y si, deduces bien, pensaba que hablabas de otra cosa.
 
Tengo algunas y otra de una compañera de trabajo, cuento la mía primero.

Un día por la tarde iba con mis tres perros dando una vuelta por el monte por una zona desconocida que nunca había ido. Al llegar un punto me meto por una pista forestal para ahorrar e ir de vuelta a casa. A mitad de camino veo una furgoneta la típica volkswagen antigua abandonada en una finca debajo de unos árboles, no se encontraba mal estado pero seguro que no andaba, primer indicio.

Sigo por la pista, a todo esto muy bien conservada y me encuentro con una parcela que dentro hay una cabaña de madera algo desvencijada y con un todoterreno al lado con el capó levantado con unos cables pinzados, muy mala pinta todo. Lo que me asombró es que tenía una piscina casera aprovechada por el agua de un regato cercano. Luz no tenía pero se le veían unas placas solares. Muy mal rollo, a mi me recordaba ese lugar al de La matanza de Texas.

No se apreciaba presencia humana por ningún sitio, ni ruido ninguno, pero pasé rápido por delante y mirando para atrás por si aparecía el loco de la motosierra.

Con el tiempo me di cuenta que era una edificación ilegal como alguna mas que había abandona, al final pasé mas veces por el lugar pero siempre echando la vista atrás por si acaso. Daba temor porque era una zona que no pasaba nadie.
 
No puedo estar más en desacuerdo contigo.
Te aseguro que no le tengo el menor miedo a la muerte ni me aterra en absoluto, y he estado muchas veces tan cerca de ella que en varias ocasiones "he muerto" aunque consiguieron traerme de vuelta.
Alguna vez lo he contado aquí, pero te garantizo que no me hubiera importado no volver, sobre todo en una ocasión. Mientras se supone que estaba muerto, no podría describir con palabras la sensación que experimentaba. Nunca en mi vida me he sentido mejor que en esos momentos.
Lo corroboro y puedo atestiguar lo mismo.
 
Tengo algunas y otra de una compañera de trabajo, cuento la mía primero.

Un día por la tarde iba con mis tres perros dando una vuelta por el monte por una zona desconocida que nunca había ido. Al llegar un punto me meto por una pista forestal para ahorrar e ir de vuelta a casa. A mitad de camino veo una furgoneta la típica volkswagen antigua abandonada en una finca debajo de unos árboles, no se encontraba mal estado pero seguro que no andaba, primer indicio.

Sigo por la pista, a todo esto muy bien conservada y me encuentro con una parcela que dentro hay una cabaña de madera algo desvencijada y con un todoterreno al lado con el capó levantado con unos cables pinzados, muy mala pinta todo. Lo que me asombró es que tenía una piscina casera aprovechada por el agua de un regato cercano. Luz no tenía pero se le veían unas placas solares. Muy mal rollo, a mi me recordaba ese lugar al de La matanza de Texas.

No se apreciaba presencia humana por ningún sitio, ni ruido ninguno, pero pasé rápido por delante y mirando para atrás por si aparecía el loco de la motosierra.

Con el tiempo me di cuenta que era una edificación ilegal como alguna mas que había abandona, al final pasé mas veces por el lugar pero siempre echando la vista atrás por si acaso. Daba temor porque era una zona que no pasaba nadie.
Ojito que en cualquier lugar hay un sitio turbio de esos si. No hace falta irnos a EEUU. Aqui tambien tenemos de eso
 
Hace años, frente a la casa de mis padres, estaban rehabilitando un edificio (tendrá unos 250 años). En ese edificio siempre tenias la sensación que pasaban cosas raras, tantas que parte de los obreros se negaron a trabajar y tuvieron que cambiar la cuadrilla.
En ese edificio:
-Si mirabas por la ventana hacia el siempre se te hacia ver a alguien al otro lado de la calle mirándote, seria día, noche, con gente o sin gente trabajando.
-Un día de tormenta, con un apagón y sin luz. Los obreros se habían ido, era de noche, pero que se escuchaban taladros, radiales...esto lo escuchaba mucha gente y los obreros lo decían.
-Los obreros se quejaron de varios asuntos: escuchar las herramientas sin estar enchufadas. aparecían trabajos hechos de un día para otro, sin que nadie lo hubiera hecho (ventanas puestas, paredes tiradas). Decían que veían siluetas que parecían personas.

Cuando era pequeño, muchos fines de semana íbamos a casa de unos amigos de mis padres en un pueblo. El centro del pueblo estaba a unos 700 metros y el barrio de la casa, eran 4 ó 5 casas. Entre el pueblo y el barrio estaba la casa de un familiar de los amigos de mis padres, tenían un hijo de mi edad con el que yo solía pasar el rato. El camino del pueblo al barrio,en aquella época no tenia alumbrado, ni acera. Era carretera y un regato (riachuelo medio canalizado), con prados con vacas y algo de bosque, raramente pasaba un coche.
Una noche, bajaba a cenar con mi amigo y quedarme allí. Como eran 250-300 metros, no pasaban coches y entre las casas supongo que se me podía ver, me dejaron ir solo (tendría 10-11 años). Bajando, sin ver nada más que con la luz de la luna y los reflejos del barrio y el pueblo (sensación impactante en ese momento y supongo que hoy en día), a los pocos metros, sensación de que me seguían y poco después que me empujaban. Instintivamente, me fui hacia el regato para estar al lado de la carretera. Al poco rato, de repente, una sensación de compañía, pero no agresiva, como que me guiaba, al estilo de cuando tus padres te cogen de la mano o de los hombros. Será sugestión o lo que sea, pero siempre nos enseñan de niños (de acuerdo a la mitología tradicional) que las hadas buenas (anjanas), siempre están junto al agua para ayudar a la gente en apuros.
 
Lo más espeluznante fue una vez en un hospital madrileño estaba haciendo noche pq tenía un familiar enfermo y claro no podía dormir así que me puse a pasear por los pasillos en uno había una mujer mayor que me saludo y me dijo que tenía ingresado al marido, es más la puerta de la habitación estaba entre abierta y vi al hombre tumbado.
Vamos le desee suerte y me fui .
Al día siguiente me pasó por el mismo pasillo y veo la puerta cerrada , llamó la abro y allí no había nadie . Le preguntó a la enfermera y me dice que esa habitación lleva días vacía que era imposible.

El hospital era puerta de hierro
 
Si supierais en cuantos sitios he dormido con el arma en la mano
 
Durante el confinamiento, a veces escuchaba a las noches las carreteras como si hubiera tráfico normal, evidentemente no lo había, pero lo escuchaba. Lo he solido comentar con más personas y a algunas también les pasó.
¿Os ha pasado aquí a alguien?
 
Hace años, frente a la casa de mis padres, estaban rehabilitando un edificio (tendrá unos 250 años). En ese edificio siempre tenias la sensación que pasaban cosas raras, tantas que parte de los obreros se negaron a trabajar y tuvieron que cambiar la cuadrilla.
En ese edificio:
-Si mirabas por la ventana hacia el siempre se te hacia ver a alguien al otro lado de la calle mirándote, seria día, noche, con gente o sin gente trabajando.
-Un día de tormenta, con un apagón y sin luz. Los obreros se habían ido, era de noche, pero que se escuchaban taladros, radiales...esto lo escuchaba mucha gente y los obreros lo decían.
-Los obreros se quejaron de varios asuntos: escuchar las herramientas sin estar enchufadas. aparecían trabajos hechos de un día para otro, sin que nadie lo hubiera hecho (ventanas puestas, paredes tiradas). Decían que veían siluetas que parecían personas.

Cuando era pequeño, muchos fines de semana íbamos a casa de unos amigos de mis padres en un pueblo. El centro del pueblo estaba a unos 700 metros y el barrio de la casa, eran 4 ó 5 casas. Entre el pueblo y el barrio estaba la casa de un familiar de los amigos de mis padres, tenían un hijo de mi edad con el que yo solía pasar el rato. El camino del pueblo al barrio,en aquella época no tenia alumbrado, ni acera. Era carretera y un regato (riachuelo medio canalizado), con prados con vacas y algo de bosque, raramente pasaba un coche.
Una noche, bajaba a cenar con mi amigo y quedarme allí. Como eran 250-300 metros, no pasaban coches y entre las casas supongo que se me podía ver, me dejaron ir solo (tendría 10-11 años). Bajando, sin ver nada más que con la luz de la luna y los reflejos del barrio y el pueblo (sensación impactante en ese momento y supongo que hoy en día), a los pocos metros, sensación de que me seguían y poco después que me empujaban. Instintivamente, me fui hacia el regato para estar al lado de la carretera. Al poco rato, de repente, una sensación de compañía, pero no agresiva, como que me guiaba, al estilo de cuando tus padres te cogen de la mano o de los hombros. Será sugestión o lo que sea, pero siempre nos enseñan de niños (de acuerdo a la mitología tradicional) que las hadas buenas (anjanas), siempre están junto al agua para ayudar a la gente en apuros.
Hostias que mal rollo tio...
 
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