Nuca he hablado de esta historia con nadie a excepción de mi abuela y no sé por qué he pensado ahora en ella.
Es de las cosas más extrañas que me han pasado jamás y no tengo una explicación clara para ello, pero juro que es cierto.
Cuando tenía 19 años, solía ir a correr por el monte Armenteira en Galicia.
Conocía varias rutas forestales y caminos porque toda mi familia es de la zona y había jugado mucho por el monte de niño, alejándome cada vez un poco más hasta conocer bastante bien la disposición de aquel trozo del inmenso monte. Mi abuela siempre me decía que no me alejara mucho y que no me metiera en el bosque, pero a medida que iba conociendo el terreno, iba perdiendo el miedo a sus advertencias.
Cuando empecé a correr por ahí años después, las distancias recorridas simplemente se ampliaron. Conocía algunos caminos que me interesaban para correr y hacia mis rutas circulares, sin preocuparme demasiado de seguir ampliando fronteras.
Un día de verano, con 19 años, salí a correr después de hacer unos ejercicios de calistenia. Era una mañana cualquiera. Después de unos 20 minutos corriendo, ya bien adentrado en el monte, vi un caminito, como una trocha, que se internaba en el bosque y en el que nunca me había fijado, lo cual me resultó extraño porque pasaba por ahí casi a diario.
De pura curiosidad me dió por cogerlo para ver hasta donde llevaba. Como no conocía ese caminito, me quité los cascos para estar bien perceptivo. Supongo que no quería toparme con un animal salvaje ni tener ningún encuentro indeseable, pero recuerdo que fue algo más instintivo.
El caso es que cuando llevaba unos 5 minutos recorriendo aquel camino, empecé a tener la sensación de que la senda se hacía cada vez menos nítida y me estaba adentrando demasiado en el bosque. Ya me disponía a dar la vuelta, cuando de repente oí como unos sollozos. Me quedé helado. Quieto como un animalito, me quedé escuchando aquello, intentando discernir si era real o se trataba de mi cabeza haciéndome una jugarreta.
Pero sí oía los sollozos un poco más adelante. Por el tono, me dio la sensación de que se trataba de una mujer mayor. Y, honestamente, no se qué coño me impulsó a seguir caminando, porque sentía el pánico recorriendo mis extremidades a latigazos y las pulsaciones a tope, pero me adentré un poco más por lo que suponía que era el sendero, ahora desvaído. Supongo que la curiosidad puede ser más fuerte que el miedo. Al fin y al cabo, existe en nosotros un extraño e irrefrenable impulso de saber, que trasciende a la propia supervivencia.
Al doblar un pequeño recodo, como en una bajada junto a una roca enorme, descubrí las ruinas de una casa de piedra antigua. Pero no hecha con sillares, si no con piedras bastas, de forma plana y unas sobre otras. Algo muy raro porque nunca había visto en Galicia una construcción así antes. Tenía que ser muy vieja. La casa estaba derruida por un lado y no tenía techo, solo una ventana llena de zarzas y una puerta frente a la cual terminaba el camino a unos 4 o 5 metros.
Ahí plantado, oía lo sollozos con toda claridad. Tragándome el pánico, di varios pasos hasta la puerta y metí la cabeza por el umbral. Al principio solo la metí un poco, escudriñando el interior y dije "¿Hola?". No hubo respuesta. Solo sollozos débiles. Esta vez metí más la cabeza, el hombro derecho y detrás el cuerpo para ver más adentro, mientras repetía la pregunta un poco más fuerte (o eso pretendía) "¿Hola?". Recuerdo los latigazos que sentía en el pecho, de puro pánico, pero estaba como pegado a aquella situación y no podía escapar.
Entonces, en una esquina del fondo de la casa, vi a una vieja sentada en un taburete, con el cuerpo vuelto hacia la esquina, de espaldas a la entrada. Iba vestida como as velliñas da aldea, con zapatillas de casa, falda y chaqueta negras, con pañuelo negro en la cabeza. Pero toda su vestimenta era como más basta de lo que acostumbraba a ver en la aldea, como más antigua. Especialmente las zapatillas, que parecían como hechas de piel de animales o de lana negra. Y sollozaba profundo. Me quedé ahí quieto por un segundo, mirando su chepa encorvada, recubierta con aquella lana basta color negro y llena de bolas.
Entonces, repetí la pregunta "¿Hola? ¿Está bien?". La vieja se calló y se enderezó, mirando a la pared. Su reacción me produjo inquietud. Lentamente, volvió el rostro hacia mí, y colocó su cuerpo y sus pies metidos en aquellas zapatillas tan raras mirando hacia donde yo estaba. Cuando se cruzaron nuestras miradas, no sabía qué coño estaba mirando. No parecía una persona si no otra cosa que no sabría explicar. Más bien una especie de presencia repugnante y maligna que simulaba ser una persona. No sabría explicarlo de otra manera. Percibía como un aura negativa fortísima a su alrededor, como una gran tristeza pero también una sed o un hambre tremendas. Sentí un grandísimo peligro, pero no me quería mover. Mirándonos los dos, frente a frente, tenía la sensación de que algo iba a ocurrir y, entonces, una especie de Gracia Divina me templó y, como si se tratara de un duelo, decidí tomar la iniciativa.
Con voz firme me brotó del pecho un "Podo axudarche?". Suelo hablar castellano, pero aquello me salió en gallego, como intentando hacerme entender, queriendo ayudar desinteresadamente, inspirado por esa Gracia.
Entonces, los ojos de aquella presencia, aquella especie de extraña mujer, se volvieron más vacuos. Vi sucederse dentro de ellos una cadena de emociones como en reacción: sorpresa, ternura y tristeza. Se quedó así un segundo y movió la cabeza de lado a lado, pero con mucha levedad, como diciendo que no con timidez o desesperanza, quizá una combinación de ambas. Y la sensación de peligro desapareció. Por un momento solo había tristeza.
Me relajé un poco, pero tuve la sensación de que aquella presencia sintió mi relajación, y de nuevo comenzó a cultivar esa energía negativa, como queriendo alimentarse de lo inconsciente de mi vulnerabilidad. De nuevo volvió a surgir en sus ojos esa especie de maldad vengativa. Volví a sentir mi miedo, tan fuerte como antes, pero ya no me afectó tanto. Tenía la sensación de que algo o alguien me protegía.
Así que, sin despegar la vista de aquellos ojos pútridos con sus pupilas blancas, dije "Boas tardes" y, literalmente, arranqué mis piernas del suelo como quién saca un par de clavos de una madera vieja, y comencé a andar medio ladeado por el camino, sin querer dar la espalda a esa extrañísima presencia de mujer o lo que carallo fuera.
Al cortar el campo de visión, sentí como sus ojos me miraban todavía a través de la pared, siguiendo mi movimiento como si pudiera ver a través de la piedra, y aún creí verlos mirarme a través de las zarzas de la ventana, mientras me alejaba de vuelta por el camino, caminando despacito pero con brío, como un cangrejo.
Perdí la casa de vista al doblar el recodo de la roca y me fui alejando por el camino, cada vez más rápido. Pero sin llegar a correr, porque tenía la sensación de que, si corría, se me caería el "escudo" que me protegía, y azuzaría las ansias de persecución de aquella malignidad a la que me había enfrentado, convirtiéndome de facto en su presa.
El camino que había hecho en lo que pensaba que eran cinco minutos, se convirtieron como en 20 entonces. Seguía la sombra de aquel sendero y tenía la sensación de que no iba a acabarse nunca, que estaba metido en una trampa y que me iba a morir allí. Empecé a notar en la nariz un olor a putrefacción horrible, que se mezclaba con el dulzor de los eucaliptos. Como si hubiera un animal grande muerto cerca. Pero por más que caminaba, el olor no cesaba, si no que parecía más intenso y más mezclado con el eucalipto.
Mi agobio era tal que empecé a dudar de si había cogido el camino de vuelta correcto o me había confundido y habría ido hacia el otro lado, habría seguido adentrándome en el bosque. No quería mirar hacia atrás porque sentía como si esa presencia se debatiera en sus crueldades interiores por perseguirme y devorarme. Tampoco oía los sollozos de la vieja y pensaba que era porque estaría relamiéndose de pensar en pillarme o porque estaría persiguiéndome en silencio. Sentía pánico de mirar y comencé a desesperarme y a maldecir al camino, porque no reconocía nada de aquello. De repente, volvió aquella Gracia Divina y tuve plena conciencia de que iba a salir de esa, de que todo aquello tan malo estaba quedando atrás y de que el camino estaba cerca.
Por fin lo encontré y volví a pisar la tierra de aquella pista forestal pegando un salto, como queriendo zafarme de los últimos vestigios de aquella presencia corrupta y de aquellos olores nauseabundos.
Entonces eché a correr como un jabalí, a buen ritmo, fingiendo que simplemente reanudaba la carrera que había dejado a medias hacía unos 10 minutos, pero tenía la percepción del tiempo super distorsionada. No sabía realmente qué hora era ni se me ocurrió mirar el móvil. Solo quería correr a tumba abierta hasta salir del monte Armenteira y llegar a la aldea.
Cuando llegué a mi casa, mi madre estaba en la puerta, esperando con mi abuela. A la que me vio aparecer a lo lejos, empezó a gritarme que dónde había estado, que estaba preocupada y que por qué no contestaba el teléfono. La vi como especialmente agitada, un punto histérica. Me acerqué al trote, sin decir nada, porque no quería que todos los vecinos se enteraran del jaleo. Mi abuela, que siempre fue una persona de gran carácter, sabia, de noble presencia y temple extraordinario, mantenía una calma aprehensiva y no dijo nada, solo me miraba.
Intenté calmar un poco a mi madre, explicándole que había salido a correr como otras mañanas y que ni siquiera me había alejado mucho. Y mi madre me gritó que llevaba fuera casi 6 horas. Me reí y le dije que eso era imposible, pero ella me enseñó su reloj y vi que tenía razón. Me quedé de piedra.
Completamente estupefacto, saqué el móvil del bolsillo para mirar la hora y, al querer encender la pantalla, me percaté de que estaba apagado. Pero yo no recordaba haberlo apagado.
Mientras mi madre me abroncaba en el patio, prendí el teléfono y vi que tenía como 13 llamadas perdidas de ella, dos de mi tía Maite y otra de mi padre. Ya eran casi las cuatro de la tarde y todos habían comido, excepto mi madre y mi abuela, que tenían todavía la comida en el plato.
Pasamos al salón y mi madre me seguía erre que erre con la matraca de que dónde había estado, que olía fatal y que estaba preocupada. Le dije que sería poner el sudor de correr y hacer ejercicio, simplemente, pero ella dijo que olía como a tierra y a podrido, y una de mis hermanas lo corroboró, como haciendo presión de grupo. Yo estaba como en shock y les dije que me iba a duchar.
Me fui por el pasillo hasta el ala oeste de la casa y me metí en la ducha. Al salir, me cogió mi abuela por banda y me llevó a su habitación. Y ahí me interrogó fuerte. O más bien, le conté yo todo a su primera pregunta. Al principio, quise guardármelo para mí, porque estaba muy confundido y todavía no había puesto orden en mi cabeza con todo lo que había pasado. Pero pronto me di cuenta, por la mirada de mi abuela, que ella ya se olía el pastel y que no iba a salir de aquella si no diciendo la verdad. Así que le hice un relato somero de todo lo que había pasado, omitiendo detalles que pensaba que eran alucinaciones mías.
Había oído muchas historias viejas de boca de mis abuelos. Sobre todo de mi abuelo. De personas que desaparecen en el bosque y las encuentran días después. O de un crudo invierno donde los lobos devoraron a un niño pequeño y a su abuela. (Esta historia la tengo escrita y os la cuento otro día).
Así que mi abuela me pidió que me sentara en la mesa de su habitación y se quedó pensativa. Yo me quedé mirando el crucifijo que había sobre su cama y reflexioné que nunca me había fijado en la cantidad de elementos religiosos que poblaban la habitación de mis abuelos. Escapularios sobre las mesillas de noche, estatuillas de la virgen, cuadros con imágenes de la Pasión y de algún Santo y, bajo la lámina de cristal de la mesa redonda de la habitación, donde estábamos sentados, había una oración muy bonita en gallego.
Mi abuela, al cabo de unos minutos en silencio cogió y me dijo "Javi, creo que atopaches unha meiga". Y yo me quedé como "¡Y yo qué leches voy a saber!", porque una parte de mí quería racionalizar todo y reírse de aquel asunto, pero en el fondo mi intuición me decía que aquello era cierto, y desde entonces pienso estás cosas con más respeto.
Mi abuela me pidió que estuviera listo para salir a ver al cura en 5 minutos y yo tenía bastante hambre y sed, y me apetecía bajar a la Iglesia lo mismo que una patada en los huevos. Pero bueno. Bajé al salón y estaban ahí mi madre con mis dos tías y un tío mío dormitando en el sofá frente a la tele, con una peli de vaqueros en blanco y negro. Y hablando entre susurros convenimos entre mis tías, mi madre y yo, que simplemente me había perdido por el bosque y se me había alargado la carrera. Mi madre concluyó su bronca insistiendo en que no tenía que andar por caminos que no conociera. Quedó convencida de aquella hipótesis y mis tías también. Aunque yo, naturalmente, no. Pero la mente necesita creer en algo que le resulte razonable, a fin de cuentas, así que le di un beso a mi madre y lo dejé estar.
Bajé con mi abuela a la parroquia y nos recibió el cura, un señor ya mayor que se llamaba Don Dositeo, que murió a los ciento y pico años hará apenas ocho meses. Era un tradicionalista y un nacionalista gallego de tomo y lomo, bruto como un arado, pero de gran piedad y las gentes de la aldea lo querían mucho.
Mi abuela me puso frente a él y me obligó a contarle lo acontecido, un poco como se lo había contado a ella. Pero, por algún motivo, me dió por decirle lo de la energía protectora. Esa Gracia que me había imbuido para tomar la iniciativa y me había animado a tener esperanza.
El cura, que era brutísimo, insisto, sonriendo me tocó la cara con sus manos como palas y me dió un par de hostias cariñosas. O eso pretendía. Después me dió la bendición y a mí abuela también. Me dijo que había tenido mucha suerte y que tenía que estar agradecido de estar bien (que lo estaba).
Además, aprovechó para pedirme que le hiciera de monaguillo en el servicio del domingo (casi como en deuda) y, con mi abuela delante, no pude negarme. Astuto varón el cura cabrón, pensé. Pero era un hombre muy bueno y muy sincero, a pesar de ser un poco bruto. De niño le temía por una vez que me colé con mi hermano mayor en la torre de las campanas y nos echó una peta infame en el galego más profundo y afectado de la comarca (vamos, que lo entendía a medias), mientras llorábamos porque nos dolían los tímpanos y del susto. Pero ya más mayor, a pesar de que era un adolescente proto-ateo gilipollesco con la cabeza llena de Nietzsche, sentía tremendo respeto por él.
Así que nada, mi abuela y yo nos fuimos tan contentos de vuelta a casa y, por el camino, mi abuela me invitó a un pulpo a feira en el Santiaguiño, y media ración de jamón asado con patatas fritas, y un Aquarius de limón.
Final feliz para una historia sobrecogedora.
Solo cabe añadir que estuve varios días sin salir a correr y dos semanas sin volver por el mismo camino. Por más que busqué, no volví a encontrar el camino aquel y no me apetecía meterme por el bosque a ver si encontraba aquella casa en ruinas de nuevo
De hecho, llevo desde ese verano sin pisar esa pista forestal, y ya van diez años. Solamente fui una vez en moto hasta la entrada de la pista hace dos o tres años. Pero no entré. Solo miré y me di la vuelta, recordando con extrañeza todo aquello.
Hace dos semanas fui a visitar a un amigo que vive al otro lado del monte Armenteira, por la zona de Poio, y me contó frente a una botella de licor café una historia que le sucedió a finales de febrero. Por lo visto, fue a una protesta para impedir la construcción de unos molinos generadores y, al volver, se perdió por el monte. Estuvo ocho horas caminando perdido hasta que comenzaron a fallarle las piernas y tuvo que pararse a descansar, pero pensaba que se quedaba ahí perdido ya. El caso es que encontró uno de los pueblos más aislados del monte y llamó a una casa donde dos ancianas le dieron agua y ya pudo volver por la carretera.
Además, este buen amigo mío compone música ambiental basada únicamente en el monte Armenteira. Y trata sobre brujas, conjuros y todas estas historias. Si me deja pasaros algo, os lo pasaré.
Bueno, hasta aquí llega el relato. Disculpad las divagaciones. Ha sido un placer.