Sir Connor
Shurmano Interestelar
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'Los inmortales' ('Highlander', Russell Mulcahy, 1986) sigue manteniendo incólume los encantos que hicieron de ella un filme de culto y uno de los títulos más característicos de la década de los ochenta.
Como quiera que me niego a que el último tramo de esta entrada sea el que sirva para sacar los colores a un filme tan fundamental en mi trayectoria personal como cinéfilo, dediquemos las siguientes líneas a apuntar a aquellos elementos de 'Los inmortales' que, en contraposición a aquellos que sí han sabido resistir el paso del tiempo, no han sabido soportar las tres décadas que el pasado 7 de marzo se cumplían desde su estreno en Estados Unidos —aquí tendríamos que esperar hasta el 1 de septiembre de 1986 para poder disfrutarla.
Unos apuntes negativos que van a parar a ciertos inconsistentes momentos de los diálogos, a la pobre interpretación de Roxanne Hart, a la no muy superior que Christopher Lambert ofrece en la piel de Connor MacLeod, un escocés que descubrirá que forma parte de una casta de inmortales que luchan entre sí a través de los tiempos para hacerse con el premio tras haber derrotado a todos sus semejantes en singular combate a espada, y a puntuales instantes en la dirección de Russell Mulcahy.
El cineasta, que venía del mundo del videoclip, que contaba con dos filmes previos poco relevantes y que nunca —NUNCA— sería capaz de repetir el calado que lograría alcanzar el presente título gracias a una filmografía lamentable plagada desencuentros —y ahí está la insufrible secuela para demostrarlo— alterna durante el metraje decisiones que se cuentan entre lo positivo por su fuerte personalidad, con otras a las que dicha cualidad no le sienta nada bien. Afortunadamente, son las menos y no empañan un conjunto en el que mucho hay que hablar en cuanto a hallazgos.
El primero de ellos, que nada tiene que ver con la labor de Mulcahy, es aquello que concierne a la extraordinaria música que impregna todo el filme, ya estemos haciendo referencia a aquello que compone Michael Kamen como a 'A Kind of Magic', el duodécimo álbum de Queen y uno de los mejores de la legendaria banda británica en el que se incluyeron los seis temas exclusivos que Freddie Mercury y sus compañeros compusieron inspirándose en diferentes aspectos del filme.
AD
Tan diferentes como los que ejemplifican, por ejemplo, el rock más duro de 'Don't Lose Your Head' o 'Gimme the Prize' en contraposición a los dos temas más conocidos de la película: el que da título al álbum y, cómo no, esa hermosísima balada destinada a puntualizar la historia de amor entre Connor y su querida Heather, que es 'Who Wants to Live Forever', sin lugar a dudas, una de las canciones más hermosas salidas de la voz del añorado Mercury.
Junto a ellas, el tercer trabajo profesional de entidad de Michael Kamen —el decimotercero de su trayectoria— muestra a un compositor que se defiende con la misma soltura tanto en los momentos en que la acción del filme arrastra al mismo a territorios oscuros como en aquellos en los que la luminosidad es su cualidad fundamental. Entre ellos, qué duda cabe, la secuencia del entrenamiento entre Lambert y Sean Connery se alza por méritos propios como uno de los puntales fundamentales de las músicas que Kamen llegaría a escribir antes de su prematura muerte en 2003.
Dicha secuencia es, además, una de las más recordadas de cuantas, en este sentido, acumula un metraje que es pródigo en instantes de esos que se quedan retenidos en la memoria cinematográfica por siempre jamás. Instantes como el arranque en el Madison Square Garden que ya ofrecen una de las constantes en las que más insiste Mulcahy, no siempre con resultados geniales, durante la totalidad del metraje: las transiciones entre presente y pasado.
Con el paso del griterío de la arena neoyorquina a las colinas de Escocia como uno de los más afortunados —el que se lleva la palma es la fusión del rostro de Lambert con una Mona Lisa pintada en una fachada medianera—, es también en esa escena inicial donde se dan cuenta de algunas de las características más destacables de la dirección de Mulcahy, ya sea en lo exagerado de sus primeros planos, ya en el aprovechamiento del formato panorámico con el juego de doble enfocado, ya en esos movimientos de grúa que alcanzarán su paroxismo en el duelo final.
No tan imperecedera
Como quiera que me niego a que el último tramo de esta entrada sea el que sirva para sacar los colores a un filme tan fundamental en mi trayectoria personal como cinéfilo, dediquemos las siguientes líneas a apuntar a aquellos elementos de 'Los inmortales' que, en contraposición a aquellos que sí han sabido resistir el paso del tiempo, no han sabido soportar las tres décadas que el pasado 7 de marzo se cumplían desde su estreno en Estados Unidos —aquí tendríamos que esperar hasta el 1 de septiembre de 1986 para poder disfrutarla.
Unos apuntes negativos que van a parar a ciertos inconsistentes momentos de los diálogos, a la pobre interpretación de Roxanne Hart, a la no muy superior que Christopher Lambert ofrece en la piel de Connor MacLeod, un escocés que descubrirá que forma parte de una casta de inmortales que luchan entre sí a través de los tiempos para hacerse con el premio tras haber derrotado a todos sus semejantes en singular combate a espada, y a puntuales instantes en la dirección de Russell Mulcahy.
El cineasta, que venía del mundo del videoclip, que contaba con dos filmes previos poco relevantes y que nunca —NUNCA— sería capaz de repetir el calado que lograría alcanzar el presente título gracias a una filmografía lamentable plagada desencuentros —y ahí está la insufrible secuela para demostrarlo— alterna durante el metraje decisiones que se cuentan entre lo positivo por su fuerte personalidad, con otras a las que dicha cualidad no le sienta nada bien. Afortunadamente, son las menos y no empañan un conjunto en el que mucho hay que hablar en cuanto a hallazgos.
Música que trasciende el tiempo
El primero de ellos, que nada tiene que ver con la labor de Mulcahy, es aquello que concierne a la extraordinaria música que impregna todo el filme, ya estemos haciendo referencia a aquello que compone Michael Kamen como a 'A Kind of Magic', el duodécimo álbum de Queen y uno de los mejores de la legendaria banda británica en el que se incluyeron los seis temas exclusivos que Freddie Mercury y sus compañeros compusieron inspirándose en diferentes aspectos del filme.
AD
Tan diferentes como los que ejemplifican, por ejemplo, el rock más duro de 'Don't Lose Your Head' o 'Gimme the Prize' en contraposición a los dos temas más conocidos de la película: el que da título al álbum y, cómo no, esa hermosísima balada destinada a puntualizar la historia de amor entre Connor y su querida Heather, que es 'Who Wants to Live Forever', sin lugar a dudas, una de las canciones más hermosas salidas de la voz del añorado Mercury.
Junto a ellas, el tercer trabajo profesional de entidad de Michael Kamen —el decimotercero de su trayectoria— muestra a un compositor que se defiende con la misma soltura tanto en los momentos en que la acción del filme arrastra al mismo a territorios oscuros como en aquellos en los que la luminosidad es su cualidad fundamental. Entre ellos, qué duda cabe, la secuencia del entrenamiento entre Lambert y Sean Connery se alza por méritos propios como uno de los puntales fundamentales de las músicas que Kamen llegaría a escribir antes de su prematura muerte en 2003.
'Los inmortales', sólo puede quedar una
Dicha secuencia es, además, una de las más recordadas de cuantas, en este sentido, acumula un metraje que es pródigo en instantes de esos que se quedan retenidos en la memoria cinematográfica por siempre jamás. Instantes como el arranque en el Madison Square Garden que ya ofrecen una de las constantes en las que más insiste Mulcahy, no siempre con resultados geniales, durante la totalidad del metraje: las transiciones entre presente y pasado.
Con el paso del griterío de la arena neoyorquina a las colinas de Escocia como uno de los más afortunados —el que se lleva la palma es la fusión del rostro de Lambert con una Mona Lisa pintada en una fachada medianera—, es también en esa escena inicial donde se dan cuenta de algunas de las características más destacables de la dirección de Mulcahy, ya sea en lo exagerado de sus primeros planos, ya en el aprovechamiento del formato panorámico con el juego de doble enfocado, ya en esos movimientos de grúa que alcanzarán su paroxismo en el duelo final.
